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15 - 11 - 2018

Suplementos / Revista de Prensa

Referencia: 56P3Z - Martes, 3 de Julio de 2018

Las zapateras prodigiosas: así son las mujeres invisibles que fabrican tu calzado

“El olor es lo que más recuerdo. La cola que se utiliza para pegar el calzado tiene un olor muy penetrante. También el olor de la piel de los zapatos. Recuerdo además que me gustaba ver a mi madre coser en la máquina de aparar. El ruido me tranquilizaba y me arrullaba las siestas de las tardes de ese mes de colegio que solo íbamos por la mañana. Y también recuerdo las manos y los pies hinchados de mi madre en verano, porque es alérgica a los ácaros y trabajar con la bota, el calzado que se hace en verano, le desencadenaba dermatitis alérgica”. Es lo que le viene a la cabeza a Beatriz Lara cuando le preguntamos sobre crecer en una familia de aparadoras. Su madre, como tantas otras mujeres del sector, trabajaba en casa. Los padres de Gloria Molero lo hacían en la fábrica. “Era mi parque de juegos”.

En la producción de calzado española no hay un par de zapatos en el que no haya intervenido una mujer. Según los datos del INE, las mujeres ocupan un tercio de los puestos de trabajo en esta industria, pero en la práctica el dato es mucho mayor: una cultura empresarial basada en la economía sumergida y que está totalmente normalizada para el 90% de la población de Elche, una de las principales productoras de calzado en España. Es lo que luchan por señalar Lara y Gloria Molero. Ambas periodistas han crecido en el seno de una familia de aparadoras. Son hijas, sobrinas y nietas de trabajadoras del calzado, criadas entre el traqueteo de la máquina de coser y bajo el olor de la cola. Años después y desde Madrid, se han unido para publicar ‘Aparadoras’, el libro que quiere hacer justicia con las ilicitanas olvidadas.
 
Algunas aparadoras comenzaron a trabajar incluso antes de la edad legal para hacerlo. Muchas, que han dedicado su vida a su trabajo, han desarrollado consecuencias físicas y mentales. El 67% de las aparadoras sufre dolor de huesos, columna y articulaciones y el 20% padece trastornos psicológicos como la depresión y la ansiedad, según un estudio de la Universidad de Alicante. Han realizado jornadas maratonianas -en el taller o en su casa- de un trabajo poco reconocido económica y socialmente. Muchas veces lo hacen sin contrato ni Seguridad Social. Los padres y los tíos de Molero han trabajado toda su vida en la industria del calzado, “de sol a sol”. “Cuando llegué a Madrid y la gente me hablaba de jornada completa creía que trabajaban hasta las nueve de la noche”.
 
‘Aparadoras’ pretende ser la voz de las generaciones silenciadas. Todavía no existe pero está a un soplo de hacerlo desde la editorial Libros.com. “Es un gran momento para valorar qué nos ha traído hasta aquí de boca de las propias protagonistas de la historia y que ellas mismas planteen cómo creen que podría ser el futuro”, opina Lara. La autora recuerda las palabras que escuchó de boca de una de las aparadoras: “Quiero regalar este libro a mis nietos para que cuando sean mayores sepan cómo era la economía sumergida en la que trabajaba su abuela. Porque espero que cuando sean mayores la economía sumergida haya desaparecido”.
 
El mes de abril, las aparadoras dijeron basta. Son el principal motor económico de Elche pero también el último eslabón de la cadena. Tomando de referencia a las kellys -las trabajadoras los hoteles que denunciaron precariedad laboral- han constituido la primera asociación de aparadoras de Elche. Que Lara y Molero hayan decidido lanzarse a publicar un libro sobre su situación justo ahora no es casualidad. “En muchas ocasiones se están jugando el pan al destapar algunas prácticas, hay algunas aparadoras que no han vuelto a trabajar tras denunciar”, lamenta Lara. Ahora, el clima de empoderamiento sonaba a bienvenida. “La exposición mediática y la existencia de esta asociación haría sentir a las mujeres más seguras contando su historia”.
 
“Su regalo de cumpleaños fue una máquina”
“Somos las mujeres invisibles que aparan, cortan hilos, envasan... pero no existimos en una industria que nos condena a vivir recluidas y dispersas, aisladas, solas ante la faena, trabajando a destajo para arañar unos céntimos en jornadas inacabables, compitiendo entre nosotras, convirtiéndonos en luchadoras individuales porque saben que juntas somos más fuertes”, es el grito de las trabajadoras del calzado que toma forma en un comunicado emitido a través de su recién estrenada asociación. “Elche es una fábrica”, comienzan antes de pedir lo que les pertenece: “unas condiciones laborales que nos permitan pensar en el futuro más allá de malvivir en el presente”.
 
Sus demandas, aseguran, nunca llegan a las administraciones y a las instituciones. “Hay 7.332 mujeres trabajando en negro frente a 1.542 hombres”, denuncian. Aunque hay hombres trabajando en el calzado, Lara asegura que esta problemática tiene una lectura de género. Las dos autoras han podido hablar con varias de estas mujeres maltratadas por la industria que llegan hasta su círculo familiar. Muchas de las aparadoras comenzaron a trabajar ya de niñas, “con doce años o menos”. “Cuando eran adolescentes, sus regalos de cumpleaños eran una máquina de aparar”.
 
Las aparadoras pueden trabajar desde casa o en el propio taller y ambas prácticas entrañan riesgos. “Las que trabajan desde su hogar lo hacen sin ningún tipo de contrato ni de cotización”, explica Lara. “Tampoco cobran lo suficiente como para darse de alta como autónomas y suelen trabajar con productos químicos sin ningún tipo de seguridad”. Aquellas que trabajan en talleres, sin embargo, no lo tienen más fácil. “En ellos se presiona duramente a las trabajadoras para que lo hagan más rápido. En algunos, todas las aparadoras están dadas de alta, pero en otros algunas cobran en negro. A veces se les deja grandes cantidades a deber”.
 
Los casos de acoso o abuso sexual por parte de hombres en la fábrica, por si fuera poco, también ocurren. “Algunos testimonios de las mujeres más mayores nos han dejado los pelos de punta”. Trabajando en la producción de su libro, se han topado con denuncias de 'mobbing' que no han prosperado, mujeres que han terminado desahuciadas “porque el trauma que les supone este trabajo las bloquea psicológicamente” o talleres con condiciones cercanas a la esclavitud. Aunque Molero tiene a su alrededor algunas trabajadoras que ven como algo positivo poder estar más cerca de sus hijos y criarlos mientras aparan, es tajante: “No recuerdo a ninguna que haya tenido buenas condiciones”.
 
Se conocen las marcas, no la profesión
El sector de las aparadoras ha estado silenciado y oculto, cogiendo polvo en las casas en las que trabajan dejándose la piel. “Es muy complicado alzar la voz, aunque en la zona todo esto es un secreto a voces”, asegura Lara, que lamenta que la normalización de la economía sumergida no deja muchas opciones a la vista. Un sueldo, ayuda del paro, no estar dado de alta y sin contrato significaba cobrar varios sueltos por lados diferentes, algo que “ha venido bien a todo el mundo”. Aunque Lara y Molero se han encontrado testimonios desgarradores, también han dado con amor, pasión y “buenas ideas para mejorar las cosas”. “El trabajo, dentro de lo que cabe, es bonito. Es artesanal, imaginativo, te deja abstraerte. Un arte, por así decirlo”, comenta Molero abrazando otro punto de vista. Sin embargo, insiste en que muchas están desencantadas por lo que ha desencadenado: hacerse aparadora significa renunciar a unos derechos.
 
“La invisibilización ha sido tal que todo el mundo conoce las marcas principales de calzado que se fabrican en la provincia de Alicante, pero no saben cómo se llama la profesión de las mujeres que cosen esos zapatos”. Ambas coinciden en que la nueva organización es un primer paso muy importante. “Juntas han llegado a conclusiones que ya están empezando a convertirse en cambios reales: pidieron a los políticos locales que agilizaran la creación de cooperativas para poder montar sus propios talleres y estar dadas de alta. Ahora esta petición está en Les Corts en forma de Proposición No de Ley”.
 
Si bien Lara ha crecido rodeada del olor de la cola para el calzado y Molero lo ha hecho jugando en la fábrica en la que trabajaban sus padres, entre cajas apiladas y cintas transportadoras, ninguna ha querido continuar la saga familiar. Lara sabía que no quería trabajar de ello, así que, aunque ayudaba a su madre cortando hilos o preparando el material, se negó a aprender. Ahora las dos viven en Madrid. “Si no me hubiera ido, hubiera tratado por todos los medios de no trabajar el calzado, pero sobre todo lo que no quería era trabajar en negro”, admite Lara. Molero piensa lo mismo: “Creo que hasta que no cambien las condiciones, la gente de mi edad no va a sentir ningún tipo de interés hacia ese trabajo.”
 
Impulsadas por la rabia hacia la invisibilización histórica que ha envuelto a las aparadoras y por la emoción de poder homenajearlas, Lara y Molero están a punto de conseguir su objetivo: les falta menos de la mitad para completar el 'crowdfunding' que empezaron hace poco más de dos semanas y que va por buen camino gracias a sus generosos mecenas. “La gente está encantada. A mí me ha sorprendido especialmente la recepción fuera de Elche”, comenta Lara. Si ambas consiguen su objetivo, el sector de las aparadoras saldrá del anonimato en abril de 2019.
 
Autora: Paula Cantó
Fuente: El Confidencial

La noticia en El Confidencial

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Una aparadora trabajando, en un vídeo realizado por Libros.com

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Algunas de las aparadoras de Elche

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Las autoras del libro

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