4 minutos contra 3.000 años
No éramos los propietarios del Tesoro de Villena, éramos solo sus guardianes. Y hemos fallado

Soy Manuel, y Villena es mi pueblo.
Desde que nací, ese conjunto de oro, plata y hierro estelar estuvo ahí. Ese era el Tesoro. Desde niño vi como formaba parte de ese paisaje cotidiano que uno termina por no mirar, precisamente porque lo siente suyo, flotando en el fondo como los muebles del salón o las campanadas de la iglesia, tan cotidiano que se volvió invisible.
Crecí viendo su silueta estampada en carteles de fiestas, en portadas de libros que no abría, en folletos y celebraciones... Era una de esas presencias tan arraigadas que resultaba sencillamente imposible imaginar el pueblo sin ella. Y, sin embargo, tengo
que reconocer que nunca le concedí una importancia especial. De hecho, no le concedí ninguna. En mis 42 años de vida solo fui a verlo una vez, tendría nueve o diez años, en una excursión del colegio. Pensé que siempre tendría tiempo de volver.
Hoy sé que esa era la primera trampa, la soberbia de creer que lo eterno nos esperará siempre. Ahora me arrepiento.
La razón de este desapego no la sé. Quizá el tenerlo tan omnipresente desde que era niño hizo que lo diera por sentado. Quizá porque uno tiende a restar valor a aquello que cree garantizado. Uno visita con admiración los monumentos de otras ciudades, lee con fascinación sobre las reliquias de otros pueblos y escucha con respeto historias ocurridas a miles de kilómetros, pero convive con su propio patrimonio como si nada. Hasta que desaparece.
Desde que me enteré de la noticia del robo me ha invadido un sentimiento extraño, una sensación de pérdida que no sé muy bien cómo interpretar, porque se trata de una pérdida de algo por lo que, hasta hoy, jamás me había interesado. Y es ese desconcierto el que me ha llevado a escribir esto.
Durante 3.000 años aquellas piezas sobrevivieron a todo. Sobrevivieron al paso de generaciones enteras, al derrumbe de civilizaciones, a guerras, epidemias, saqueos, cambios de fronteras, revoluciones, incendios y olvidos. Permanecieron ocultas bajo tierra mientras el mundo que las había creado desaparecía por completo. Resistieron a la humedad, a la presión del terreno y al desgaste implacable del tiempo.
Pero bastaron cuatro minutos para que dejaran de estar con nosotros.
La desproporción resulta brutal. Cuatro minutos contra 3.000 años. Ese es el retrato de lo ocurrido. La sobria paciencia de la historia enfrentada a la imprevisión del presente. Aquello que innumerables siglos de nuestra historia no consiguieron destruir, se ha evaporado en el transcurso de una sola madrugada, en el mismo tiempo que tardamos en escribir un mensaje en el móvil o en preparar un café.
Hace dos madrugadas bastaron cuatro minutos, unos cristales rotos y algunas bolsas cargadas con tres milenios de historia. Mientras el pueblo dormía, el Tesoro se marchaba.
Siento una pena paradójica. ¿Cómo es posible que te impacte la pérdida de algo a lo que jamás le prestaste atención? Quizá porque he entendido que el patrimonio no es solo metal pulido, sino un ancla invisible de un lugar, un hilo que une a quien, hace
treinta siglos, enterró en una vasija de barro en la rambla un trozo de hierro caído del cielo y otros tantos de oro y plata. No sabemos qué lo llevó a hacerlo. Quizá huía de algún peligro, quizá una ofrenda. Quizá quien lo enterró pensaba regresar y nunca pudiera hacerlo. Lo único que sabemos con certeza es que su escondite funcionó: allí permaneció a salvo durante tres mil años. Nosotros lo pusimos tras una vitrina iluminada y nos fuimos a dormir.
Quizá reconforte pensar que hemos sido las víctimas de unos ladrones expertos, pero señalar al delincuente es la forma más fácil de esquivar el espejo. Nos hemos convertido en una civilización de fotocoles, de discursos vacíos y seguridad de utilería.
Creímos que custodiar un legado abrumador consistía en ponerle una plaquita conmemorativa y hacerse una foto en la inauguración del museo. Olvidamos que el pacto con el pasado exige rigor, vigilia constante y una sagrada responsabilidad. El Tesoro no sobrevivió a guerras, epidemias, incendios y revoluciones para acabar evaporándose en la madrugada de un jueves cualquiera.
Lo sucedido esa noche nos dice una verdad incómoda... Durante siglos, el Tesoro no necesitó de nosotros. Pero desde el momento en que fue descubierto y quedó bajo nuestra custodia, su destino pasó a depender por completo de nuestras decisiones. Esa era nuestra parte del pacto, recibir algo que venía de un pasado remoto, conservarlo durante el breve periodo que nos correspondiera en la tierra y entregarlo intacto a quienes llegaran después. No éramos sus propietarios, éramos solo sus guardianes. Y hemos fallado.
Ahora nadie sabe bien qué puede pasar, si se recuperará, si acabará en la vitrina de algún coleccionista con dinero suficiente, o una opción todavía peor, la fundición. Que una mano ignorante meta en un crisol tres mil años de memoria para convertirlos en lingotes, en un manojo de cadenas gruesas o en un rólex de colores, y de un plumazo borre la huella de los artesanos del Bronce. El fuego podría borrar en apenas unos minutos las formas que resistieron intactas durante tres milenios y reducir la identidad de todo un pueblo al peso.
Para quienes las crearon, fueron objetos excepcionales, para Villena se convirtieron en memoria, identidad y orgullo, para quienes las han robado pueden no ser más que mucho dinero apretado dentro de una bolsa. No lo sé. Si me preguntaran, de las posibilidades anteriores, al menos preferiría la segunda. La tercera sería algo demasiado injusto.
Si esas piezas no vuelven, Villena habrá perdido algo más que un puñado de joyas, y yo habré perdido la oportunidad de volver a cruzarme con ellas, esta vez sin la prisa del niño que fui, de que mis hijos y mujer las conozcan, y pedirles perdón por el olvido.
Yo no sabía de mi apego con el Tesoro hasta que he dejado de tener la certeza de que continúa allí. Supongo que esa es una de las formas más humanas (y más tristes) de comprender el valor de las cosas, descubrirlo justo cuando las perdemos. Crecí con él, me hablaban de él, y ahora se lo han llevado.
Ojalá las piezas sean recuperadas. Ojalá vuelvan a Villena y este episodio quede algún día solo como una severa advertencia, y no como el punto final de una historia iniciada hace tres milenios.
Pero, aunque vuelvan y la vitrina vuelva a iluminarse, algo ya ha cambiado. Nunca volveremos a contemplarlas con aquella tranquilidad inconsciente con la que mirábamos lo que creíamos inamovible. Ahora sabemos que la historia puede atravesar milenios y, aun así, desaparecer en cuatro minutos.
Gracias por acompañarme desde que nací.
Por: Manuel Herrero Chalud




El texto de Manuel es el texto de todos.
Me identifico completamente con el artículo.
Muy bien escritas y descritas las sensaciones que nos son comunes.
Después de leer los diversos artículos del asalto al MUVI, la conclusión es clara. Todo el sistema antirrobo funcionó bien. Todo fue perfecto pero… INSUFICIENTE.
El sistema de seguridad, aunque fuese muy bien planificado, falló porque no era suficiente.
Si se tiene un tesoro cuyo valor al peso, supera 1,5 millones de euros y su valor histórico es sencillamente, incalculable no se debe proteger como estaba actualmente.
Un vidrio blindado, que se puede romper » a mano» está claramente fuera de lugar.
¿Por qué falló el vidrio en este tipo de asaltos? Los cristales instalados protegen contra «vandalismo menor» o impactos accidentales (categorías P1A a P5A) o laminados básicos de seguridad. Estos vidrios:Resisten el impacto de una piedra o un golpe fortuito.Sin embargo, ante el golpe seco, repetido y coordinado con barras de hierro por parte de profesionales, la lámina plástica interna cede por fatiga y el cristal termina colapsando en cuestión de dos o tres minutos.
Ningún cristal es «indestructible» de forma infinita si se le ataca con el tiempo suficiente, pero un nivel P8B con policarbonato está diseñado para retrasar el acceso durante decenas de minutos, tiempo más que suficiente para que las fuerzas de seguridad acudan al lugar tras saltar las alarmas, frustrando así la táctica del «alunizaje» o el «robo exprés» de 4 minutos. Si hubiéramos tenido esa protección, el Tesoro estaría todavía con nosotros.
Hay que ver quien o quienes, autorizaron el sistema de protección actual y que empresa lo instaló y si dió algún tipo de garantía. Y, que no pase aquello de «Entre todos la mataron y ella sola se murió». Durante estas fiestas, espero ver sillas vacias en la tribuna de Autoridades, es una cuestión de dignidad
Manuel, has trasladado en tu escrito, de forma muy certera a mi entender, un sentimiento que comparto totalmente. Qué tristes nos vamos a quedar, una y otra vez, cada vez que el tema del tesoro se comente, cada vez que veamos una revista que lo cita, cuando tantas veces lo recordemos, este daño no ha hecho mas que empezar.
Dónde están Los Verdes, que no han salido ni en fotos?
Estamos importando en masa a criminales y a bárbaros que ven a España como un paraíso para la delincuencia.
Tus antepasados, tu cultura y tu civilización no les importa nada. No significa nada para ellos. O peor aún: lo detestan.
Antaño robaban plomo de las tuberías romanas o la piedra caliza de las píramides de Egipto. Ahora roban cobre de infraestructura crítica, e incluso las propias vías del tren para venderlo como chatarra.
Las reliquias de Villena para ellos es eso: chatarra hecha con oro que ya está fundido y vendido.
Y no van a ser las últimas en ser robadas, porque ninguno de los responsables va a sufrir ninguna consecuencia por su incompetencia, ni ninguna lección va a ser aprendida.
Artículo excepcional