Bien público
Necesitamos vivir con la tranquilidad de que un techo no sea una losa, de que la seguridad y el trabajo no sean un lujo…
Con más claridad que el agua lo definía mi buen amigo, el catedrático Antonio Escudero, un viernes, treinta y uno de mayo de 2024 en INFORMACIÓN:
Un bien público es aquel de cuyo consumo no se puede excluir a nadie, de modo que ninguna empresa privada lo producirá debiéndolo hacer el Estado.
Lo definía arropándolo con argumentos históricos contemporáneos que venían a justificar la valía de la intervención estatal a fin de corregir los fallos de mercado.
No se trata, pues, de constreñir el dinámico mundo de la oferta y la demanda, sino de vigilarlo y subsanar sus excesos y defectos, que los tiene. Porque como personas –sin excluir a nadie– necesitamos vivir con la tranquilidad de que un techo no sea una losa, de que la protección de la salud ni la Educación de calidad ni la Cultura dependan del bolsillo particular, de que la seguridad y el trabajo no sean un lujo. Y así.
Véanse por ejemplo los derechos sociales y económicos de los que habla nuestra Constitución, la de 1978.
Dicho lo cual, es por lo que duele mucho la corrupción. Esa que criminalmente desvía aquellos fondos comunes que debiendo nutrir a los bienes públicos solo sirven a espurios egoísmos singulares.

