Cuando un socorrista deja de ser visto como un socorrista
Educar a los hijos, supervisarlos y asumir las consecuencias de sus actos sigue siendo responsabilidad de los padres
Cada verano se repite la misma escena. Piscinas llenas de familias, niños corriendo, chapoteos, risas… y, en medio de todo ello, un joven socorrista con apenas veinte años que carga sobre sus hombros una responsabilidad enorme: velar por la seguridad de cientos de personas.
Sin embargo, hay algo que cada vez ocurre con más frecuencia y que debería hacernos reflexionar como sociedad. Muchos padres parecen haber confundido la figura del socorrista con la de un cuidador personal de sus hijos. No lo es.
El socorrista está para prevenir accidentes, vigilar el cumplimiento de las normas y actuar cuando se produce una emergencia. No está para perseguir constantemente a un niño que sus propios padres han dejado sin supervisión mientras hablan por teléfono, toman el sol o se ausentan durante largos periodos.
Lo más preocupante llega cuando, tras una llamada de atención por una conducta peligrosa —correr por el borde de la piscina, lanzarse donde no se puede o molestar a otros usuarios—, algunos adultos reaccionan con insultos, gritos e incluso amenazas hacia quien solo está haciendo su trabajo.
Resulta paradójico que se exija profesionalidad absoluta a un joven que, muchas veces, cobra un salario modesto y soporta horas de calor extremo, mientras algunos adultos olvidan la responsabilidad que les corresponde como padres.
Las agresiones verbales a los socorristas no son simples discusiones. Son una forma de violencia que genera ansiedad, miedo y frustración. Muchos de estos jóvenes terminan su jornada preguntándose si merece la pena asumir tanta responsabilidad para recibir tan poco respeto.
Conviene recordar una realidad incómoda: cuando ocurre un ahogamiento o un accidente grave, todos miran al socorrista y preguntan dónde estaba. Pero muy pocos se preguntan dónde estaban los padres. La vigilancia de un menor nunca puede delegarse completamente en un profesional que debe controlar simultáneamente toda una instalación. Pretender lo contrario es injusto e imposible.
Como sociedad debemos recuperar el respeto por quienes trabajan para protegernos. Los socorristas no son enemigos de las familias ni policías de la piscina. Son profesionales cuya intervención salva vidas. Cada advertencia que hacen busca evitar una tragedia, no incomodar a nadie.
Quizá sea el momento de recordar que educar a los hijos, supervisarlos y asumir las consecuencias de sus actos sigue siendo responsabilidad de los padres. El socorrista está allí para responder cuando todo falla, no para sustituir a la familia.
Defender a estos jóvenes es defender el respeto, la convivencia y, sobre todo, la seguridad de todos. Porque el día que un socorrista tenga que elegir entre discutir con un padre agresivo o atender una emergencia, todos habremos fracasado.
Por: Ana Soler Ureña

