Revelaciones

De todo aquello no salimos mejores

Con esta libertad de la cervecita fresca estamos alcanzando las más altas cotas de la miseria

Domingo tres de agosto del año de gracia de 2025. Dos años y tres meses después de que la Organización Mundial de la Salud decretase el fin de la emergencia sanitaria por el SRAS-CoV2, la pandemia que causó la muerte de más de ciento cincuenta mil personas en España, calificada como la quinta más mortífera de la historia de la humanidad y cifrada en siete millones de fallecidos en todo el planeta.

Aquella pandemia en la que los científicos de todo el mundo trabajaron, a contra reloj, para poner en marcha vacunas que en muy poco tiempo se demostraron eficaces, y que se pudo frenar gracias al buen hacer del personal sanitario al mismo tiempo que ingenieros aeronáuticos, avistadores de ovnis, profesores de tai chi, maestros albañiles y toda clase de Migueles Boseses negaban su existencia y nos aseguraban que aquello era un montaje para ponernos un chip de control y de atontamiento general (como si eso no estuviera ya inventando con las pantallitas grandes y pequeñas, las iglesias, los trabajos forzados hasta los 67 años, las hipotecas que heredarán nuestros hijos, las letras de los coches y los préstamos para irnos de vacaciones).

Parece que aquellas jornadas en los que nos asomábamos a los balcones pertenecen a un pasado remoto. Las tardes en las que el “Resistiré” era el himno nacional y podíamos cantarlo sin tener que pagar los derechos a la SGAE. A las 8 aplaudíamos el esfuerzo de las médicas, de los enfermeros, de las auxiliares de enfermería (que, al igual que Teruel, también existen), aplaudíamos a los transportistas y las cajeras de los supermercados, a los panaderos y a tantos profesionales que hacían posible que la vida continuase en medio de tanta muerte… hasta los rojos que habíamos tenido nuestros mases y nuestros menos con las fuerzas del orden público en los últimos años del franquismo, aplaudíamos cuando pasaba el coche de la policía… Probablemente, en lo más íntimo y en lo más egoísta, aplaudíamos porque habíamos salido a los balcones un día más en el que sabíamos que nuestros seres queridos también estaban en sus balcones aplaudiendo.

Por las redes sociales, aparte de las estupideces normales del “medio” y las recetas de lejía de Josep Pàmies para curar las epidemias, el cáncer y el autismo, se compartían millones de frases de bolsas de azucarillo, de esas que te hartan de buenas intenciones y te entran ganas de hacerte malo. Una que ganaba adeptos día tras día era: “De todo esto saldremos mejores”. De entre todas las chorradas que se decían, esta de que íbamos a salir mejores era la que se llevaba la palma de oro. Había mucha gente convencida de que el hombre se transformaría y dejaría de ser el homo homini lupus, que había sido siempre, para convertirse en un ser solidario, colaborativo, bueno, benéfico y respetuoso con lo público, que es lo que pagamos a escote y lo que les da la oportunidad a los trabajadores de vivir de una manera medio digna…

…Domingo tres de agosto de 2025 en el reino de España y en muchos otros sitios que no son China. He salido para ir a tirar al punto limpio algunas de esas cosas obsoletas, o simplemente excesivas, que cuando te descuidas acaban por dejarte sin espacio en tu propia casa y expulsarte de ella. He pasado cerca de dos contenedores de basura medio rotos, viejos y sin ningún encanto; de los que no se utilizarían para hacer una foto del equipo de gobierno municipal de turno presumiendo de buen servicio de recogida de residuos sólidos. Dos contenedores que si los comparamos con los que están puestos en la calle principal son lo mismo que poner un carro tirado por bueyes al lado de una nave espacial.

Anoche hubo recogida de basura, pero a esta hora los contenedores están tan llenos que es imposible cerrar las tapas. Se ve que muchos ciudadanos han decidido que el horario que les viene mejor para bajar sus deshechos es el de mañana y ejerciendo una libertad absolutamente ayusista obligan al resto de la peña a pasar al lado de sus mierdas y adornan el barrio con ellas y lo glorifican. Me cruzo con un hombre que va a tirar otra bolsita y le digo que la basura se saca por la noche (despacito para que no se enfade); me contesta que el nunca saca la basura por la mañana, pero que anoche estaba blablablá, blablablá y hoy se va de viaje… Vale…Bueno…Adiós…Buenos días…

De regreso del punto limpio paso por la zona de las mesas de picnic del parque del mercado. Esas maravillas que se fabrican en la empresa INTEGRADOS de Villena con plástico reciclado imitando a madera. Dos de las mesas están quemadas y mientras me pregunto qué clase de energúmenos han podido hacer algo así, me doy cuenta que en una de ellas faltan los bancos. Vuelvo a pasar al lado de los dos contenedores que, a medida que avanza el domingo se van pareciendo a una torre de castellers blablablá que guarda un difícil equilibrio. Pasa una señora con una bolsa y la tira al montón. “Señora, la basura se saca por la noche”. Silencio. (No me habrá oído. No me habrá visto).

Me ha dado por pensar en la pandemia, en los aplausos y en aquello de que íbamos a salir mejores. Y aunque me entran ganas de reírme, no me rio. Porque no tiene gracia que cuando andábamos acojonados pusiéramos todos esa cara de buenas personas y ahora, que hemos sobrevivido, hayamos regresado tan velozmente a esas costumbres cavernarias de mirarse cada uno su ombligo y pensar que ese punto es el centro de un universo alrededor del que giran todas nuestras preocupaciones y expectativas.

Y no me rio porque me da por preguntarme a dónde irán los votos de estas personas que no respetan nada, que miran a otro lado cuando hay gente en la calle protestando contra el genocidio de Palestina, que son capaces de lanzarse a detener a alguien que acaba de llegar exhausto a una playa huyendo del hambre o de la violencia, que son capaces de organizar cacerías y enfrentarse a quienes son más pobres que ellos y elevar a los altares del poder a Trump, Milei, Le Pen, Abascal y a todos los señores que les explotan a diario. No me rio porque con esta libertad de la cervecita fresca estamos alcanzando las más altas cotas de la miseria.

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