Cartas al Director

Descartes

De una noticia triste y perturbadora, en la que un recién nacido de bajo peso se considera un “descarte”, nació este relato de ficción basado en la dura realidad

Nota introductoria

La invasión de Gaza amparándose en el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 continúa más de 650 días después. La situación para el pueblo Palestino replegado en la franja de Gaza es insoportable. A los bombardeos y ataques continuos, se unió más recientemente la retorcida forma de aniquilarlos mediante el hambre. Si van a por la comida que una pseudo ONG reparte, les disparan y les matan. Entretanto, los bebés mueren porque sus madres están secas. Las madres lloran sin lágrimas y se mueren de hambre también, como sus niños, que parece cadáveres vivientes en una pesadilla. ¿Nadie va a hacer nada? ¿Es creíble que la comunidad internacional no pueda hacer frente a este genocidio? No me lo creo. La igualdad no existe y la fraternidad tampoco. El mundo contemporáneo ha devenido en un lodazal donde lo único que prima es el interés económico. Gaza, Palestina, Palestinos… son pobres, sin patria, no existe el Estado Palestino y por eso Israel, con la connivencia de EE.UU. y su presidente a la cabeza, pueden hacer lo que les venga en gana. La mal llamada Comunidad Internacional tiene que intervenir YA. Mañana es tarde. Y la Historia nos recordará esta infamia.

Hablaban el otro día en una emisora de radio de la importancia de las incubadoras en los hospitales. En los lugares como Gaza donde la guerra es el pan de cada día, aunque no haya pan, los niños muy prematuros no tienen posibilidad de sobrevivir, se consideran “descartes”, no pueden malgastar sus mermados medios en intentar mantenerlos con vida. El cuerpo a cuerpo con la madre es inútil en la mayoría de los casos. De esta noticia triste y perturbadora, en la que un recién nacido de bajo peso se considera un “descarte”, nació este relato de ficción basado en la dura realidad.

Descartes

La noche es clara. La noche de verano, cálida, iluminada por una miríada de estrellas indulgentes que alumbran el oscuro horror de la guerra. Unos niños juegan afuera, sus madres dormitan agotadas de cansancio y hambre, buceando en sueños inconexos de patatas cocidas y paz duradera.

Una radio suena melancólica, emite un torrente de palabras de ánimo o de fúnebres designios. El hospital parece una cueva desvalijada en la que apenas quedan provisiones ni medicinas, en la que los cuarenta ladrones saquearon desde el aire su más delicado tejido: los quirófanos.

La mujer entró con fuertes contracciones a las cuatro, con el sol candente como un hierro al rojo arañándole la espalda. Vino con su niña de la mano, la ayudaron a entrar entre dos enfermeras, les costó que la pequeña se soltase de su mano, estaban pegadas por el sudor y el miedo.

El padre no está, ya se fue para siempre, hace tres meses. Ella intenta no recordarlo, le han dicho las viejas que es malo para el bebé, que nacerá tarado o loco porque el ruh de su padre que murió en combate se le meterá dentro para siempre.

La pequeña colorea un cuaderno con unas ceras de colores, después se duerme un rato sobre el suelo y sueña con patatas cocidas y con naranjas dulces. Le chorrea el jugo por la barbilla cuando la despierta el ajetreo redoblado.

Ya nació, dice una voz alegre.

Pero es muy pequeño, no podrá sobrevivir, replica otra voz dolorida.

Has tenido un hermano, le dice la mujer que la despegó de su madre.

La niña se levanta, va a buscar a su madre, la encuentra tumbada en la camilla, la están limpiando entre las piernas.  A su lado un cuerpecillo inmóvil, como un muñeco de cera.

¿Y el niño? Pregunta la madre sin fuerzas.

Es demasiado pequeño para sobrevivir en Gaza, no tenemos incubadora...habrá que descartarlo, le dice la que parece ser allí la médica.

Dádmelo, implora, es todo lo que me queda en esta vida...

La niña agacha la cabeza, pero la madre añade:

Sólo me queda el hijo de su padre y mi pequeña Leyla.  ¿Qué será de nosotras sin un hombre?

Una enfermera coge al bebé descartado, le golpea con delicadeza las nalgas, le frota suavemente el cráneo, el torso, los brazos, los pies...se oye un maullido de vida...lo pone sobre el pecho de la madre, que lo acaricia y que canta bajito una nana que de repente ha venido a su memoria. Nota la boquita exangüe de su hijo, le acerca el pezón, lo aprieta y extrae una mísera gota de espesa leche.

Mi sangre toda tuya, piensa.

Al rato ambos duermen, afuera caen bombas, lejos retumban los ecos asesinos, cerca lamentos como canciones mortuorias.

Mañana el niño descartado tal vez aún viva.

Por: Pepa Navarro. Julio 2025

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