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Devaway: una empresa de Villena en el corazón de Silicon Valley

El cierre de la oficina de Eventbrite en Villena, a causa de la pandemia, ha llevado al equipo capitaneado por Carlos Pérez a abrirse paso en solitario en la meca de las empresas tecnológicas

De Telémaco a Ticketea, de Ticketea a Eventbrite… Durante años, hemos seguido de cerca el crecimiento y la evolución de una de las empresas más internacionales de nuestra ciudad, que alcanzó la cima siendo adquirida por la mayor multinacional de venta de entradas del mundo, con sede en Silicon Valley.

La pandemia de coronavirus, sin embargo, acabó de forma abrupta con la oficina de Eventbrite en Villena, pero el equipo ha lanzado un nuevo proyecto para seguir trabajando junto a las mayores empresas tecnológicas del mundo. De ello hablamos hoy con Carlos Pérez, director financiero de Devaway:

Por poner en contexto a los lectores, ¿podemos hacer un resumen de la trayectoria de la empresa?

Telémaco, empresa fundada en Villena, era socio de Ticketea desde 2014, y en 2018 fuimos adquiridos por Eventbrite, la empresa número 1 de venta de entradas en el mundo, que necesitaba aumentar su presencia en Europa antes de su salida a Bolsa. Tras una auditoria muy potente y varias visitas de los americanos a Villena, conseguimos convencerles de que nuestro equipo había hecho cosas muy importantes durante la época en Ticketea y finalmente decidieron mantener las dos oficinas, la de Madrid y la de Villena, convirtiéndonos a nosotros en la oficina de I+D de la compañía, lo cual es algo muy loco, porque un equipo de Villena acabó convirtiéndose en el departamento de I+D de una multinacional de Silicon Valley.

El caso es que empezamos a trabajar y entre 2018 y 2020 fue muy bien la cosa, ampliando la plantilla hasta las 18 personas y con el reto lanzado por la propia Eventbrite de duplicar esa plantilla en 2020, pasando de 18 trabajadores a unos 40, lo que habría sido el mayor crecimiento de cualquiera de las oficinas de Eventbrite en todo el mundo. De hecho, adquirimos el local de al lado para poder ampliar nuestras oficinas con esas previsiones.

Pero entonces llegó marzo de 2020 y la pandemia…

Así es. Comenzó al año, en enero y febrero ya habíamos contratado más gente y llegó marzo. Una empresa que vive de hacer eventos y que ingresaba más de un millón de dólares netos diarios pasa de repente a tener 0 ingresos, y los americanos cortan por lo sano y cierran las oficinas, algo que aquí costó un poco más, aguantando hasta mayo, porque la legislación española es más proteccionista con los trabajadores y hubo que darle forma de ERE a la salida de los empleados. En resumen, no puedes mantener una empresa de 1.200 trabajadores y 15 oficinas en todo el mundo con 0 ingresos, es totalmente insostenible por mucho riñón que tengas.


¿Es entonces cuando decidís seguir adelante vosotros solos?

Sí. El equipo, 22 personas en ese momento, estaba muy tocado, además de por perder el trabajo por el buen ambiente que habíamos sabido crear estos años. De hecho, creo que les dolía más dejar de trabajar juntos que dejar de trabajar para la empresa, y eso es algo que me emocionó mucho, y como no me puedo estar quieto, en ese mismo momento comenzamos a darle forma a una idea que ya llevaba tiempo en la cabeza. Esa idea es nuestro proyecto actual, una consultora para sacar adelante proyectos para, principalmente, Silicon Valley.

El equipo de Devaway

¿Cómo se entra en Silicon Valley sin formar parte de una empresa de ese ecosistema como Eventbrite?

La idea es bastante sencilla: la ingeniería informática en EE. UU. y más concretamente en Silicon Valley es carísima. No hay tanto personal formado como demandan todas las empresas tecnológicas de allí y eso hace que los sueldos sean altísimos, hasta el punto de convertir a San Francisco en la ciudad más cara del mundo. Es decir, que allí hay muchos proyectos, muchas start-ups y mucho dinero para impulsarlos, pero falta personal especializado, y lo que nosotros hacemos es ofrecer nuestros ingenieros para desarrollar esos proyectos a menor coste, algo que ya hemos demostrado de sobra que sabemos hacer después de trabajar más de dos años para una empresa con esa misma filosofía y procesos de trabajo. Es decir, que podemos ser muy competitivos haciendo el mismo trabajo por menos dinero.

Sobre el papel parece lógico y fácil, pero ¿cómo te vendes allí, cómo accedes a nuevos clientes?

¡Rentabilizando todos los arroces y todas las visitas al castillo que estuve haciendo durante más de dos años! (risas). Me ha tocado empezar a tirar de contactos con los americanos y hacer de comercial, pero la verdad es que la respuesta ha sido increíble. La gente nos conocía, sabía los buenos resultados que había dado la oficina de Villena, y empezaron a abrirnos puertas y a llegar proyectos. Literalmente, no habíamos cobrado la indemnización por el despido y ya estábamos trabajando en dos o tres nuevos proyectos.

¿Solo trabajáis con Silicon Valley?

No exclusivamente. Una cosa que hemos aprendido a la fuerza es eso de no poner todos los huevos en la misma cesta, y estamos haciendo cosas también en Europa con otros clientes, pero sí es cierto que la mayor parte de esfuerzos van enfocados a EE. UU. De hecho, nos hemos asociado allí con Embersea, la empresa de unos excompañeros de Eventbrite, Galen Krumel y Tommy Goodwin, que son quienes se encargan de las labores comerciales sobre el terreno en San Francisco, mientras que aquí mantenemos y hacemos crecer el equipo de ingeniería y desarrollo. Además, hay un tercer socio en Australia, Graeme Caplen-Black, que se encargará de hacer esa labor comercial allí.


¿Pero seguís siendo una empresa 100% villenera?

Sí, totalmente, y además en forma de cooperativa, para mantener ese buen rollo entre todos del que hablaba antes y porque encaja muy bien en el modelo compartido y participativo que buscábamos. Somos 7 socios, todos ellos de Villena, y el resto, hasta 21 personas que hay ahora, son trabajadores de la empresa. No obstante, la posibilidad de entrar como socio se la ofrecemos a todas las personas que se van incorporando a la empresa, bien de entrada o bien como una posibilidad de promoción más adelante.

¿Crees que acabaréis llenando esas oficinas para 50 personas que preparasteis en su día?

Esa es la idea. De las 22 personas que nos fuimos a la calle de Eventbrite, 14 pusimos en marcha el proyecto de Devaway. Desde agosto empezamos a contratar gente y estas últimas semanas se está acelerando mucho porque empezamos a tener un nombre y a recibir más encargos, y necesitamos ampliar la plantilla y captar talento, así que invito a quien nos esté leyendo a entrar en nuestra web y ver qué perfiles necesitamos.

Y ese es el plan: crecer hasta donde podamos, traer proyectos de calidad, realizar trabajos de mucha envergadura y crear una industria que apenas existe en España, más allá de algunos casos puntuales en Madrid y Barcelona.



¿Tan diferente es el entorno de EE. UU. al que tenemos en España?

Muchísimo. El modelo americano nos da muchas vueltas en ese sentido y se entiende por qué allí hay tantas start-ups y aquí es tan difícil poner en marcha cualquier proyecto. Tienen una cultura mucho más abierta al emprendimiento, a arriesgar y a meter dinero. En España jamás vas a conseguir un inversor que ponga un millón sobre la mesa para apostar por una idea, sin existir siquiera un producto, pero sin ese millón es imposible que esa idea pueda llegar algún día a hacerse realidad.

Como ejemplo, en Ticketea, después de llevar años trabajando, con un producto que ya era rentable, conseguimos una inversión de un fondo de unos 3 millones de euros para afrontar la expansión internacional. Aquello fue un hito, una de las mayores inversiones en empresas tecnológicas de la historia de España, mientras que con esos 3 millones se producen operaciones a diario en EE. UU. solo para comprar una idea y que empieces a trabajar: si el resultado de ese trabajo me gusta, dentro de un año te daré otros 10, o 15 o 50 millones para seguir creciendo. Esa es la gran ventaja de EE. UU. y la razón por la que salen tantos proyectos adelante, porque hay inversores que los respaldan y los creadores no se ven obligados a jugarse su patrimonio o endeudarse para el resto de sus vidas.

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