
Por un lado, están quienes que deben gestionar y decidir las medidas a realizar. Numéricamente hablando, son pocas personas, pero ocupan los puestos políticos y administrativos de gran calado por lo que sus decisiones afectarán a toda la sociedad.
Tienen acceso a informes más o menos confidenciales, a documentación precisa de los temas para analizar; incluso reciben presiones externas -de todo tipo- con el objetivo de ayudar a orientar la medida que se implementará. Sobre sus espaldas recae, cierto es, una gran responsabilidad por lo que, quizás, el veredicto se alarga en el tiempo.
Por el otro lado, está la gente que se mueve espontánea y solidariamente con quienes sufren, porque el dolor humano no tiene fronteras y lo hacen suyo. No tendrá nunca alcance a toda esa montaña de datos referidos al grupo minoritario; de todas formas, no los necesita porque tiene muy claro que no hay ideología, religión ni manifestación cultural que justifique el sufrimiento humano deliberado, el bombardeo de hospitales, centros educativos y religiosos, refugios y campos de labranza; el asesinato de más de doscientas personas periodistas; el disparar a la población infantil en ciertas partes del cuerpo según el día, el permitir impasiblemente que mueran de hambre, viendo cómo sus madres y padres abrazan a sus hijas e hijos casi esqueléticos para darles el último calor humano.
Quizás esta gente -en la que me incluyo- no entienda lo complicado que es para las personas del primer bloque tomar medidas con relativa celeridad y, doliéndole la lentitud de sus representantes -hay voces que piensan que es conscientemente- aúnan esfuerzos entre sí y actúan democrática y pacíficamente manifestando a los cuatros vientos -con el corazón encogido- que la dignidad humana no se toca.
Por: Fernando Ríos Soler

