Editorial

El síndrome del Carmelo

El pasado 27 de enero se cumplió un año del hundimiento del barrio barcelonés del Carmelo, ocasionado por las obras de ampliación de una línea de metro. El desalojo afectó a 84 edificios, 2 colegios y 500 viviendas, siendo un total de 1.054 las personas afectadas, 249 de las cuales aún no han vuelto a sus hogares y siguen viviendo en hoteles y casas de familiares.
Salvando las insalvables distancias, son más de una treintena los vecinos y vecinas de Villena que se han visto obligados a abandonar de manera precipitada sus hogares a lo largo de la última semana a causa de dos corrimientos de tierra que presentan muchas similitudes. En realidad, demasiadas coincidencias para poder hablar de una casualidad, argumento éste que cada vez está tomando más fuerza, pues no son pocas las personas que sospechan de la existencia de una causa única, alguna invisible anomalía capaz de ir minando el ya de por si endeble subsuelo de la parte baja de Villena, aquella que en su día fue huerta y que ahora actúa de colector involuntario de todo tipo de filtraciones y pérdidas de agua.

Por ello, y más allá de la legítima búsqueda de unas responsabilidades que deberán delimitar los técnicos o, en última instancia, la justicia, se impone la inmediata realización de una investigación exhaustiva para conocer qué es lo que realmente está pasando bajo el asfalto de la zona que va desde el Teatro Chapí a la calle Nueva. Si, tal y como sostienen las personas consultadas por El Periódico de Villena a lo largo de estos días, algún tipo de filtración ha ido “comiéndose” el terreno durante las últimas semanas o meses, podemos encontrarnos ante un problema de incalculables consecuencias económicas y sociales.

Sin querer restar mérito a lo sucedido sobre la superficie, donde el comportamiento de las autoridades, los técnicos y las empresas implicadas ha sido digno de elogio, reaccionando con rapidez y eficacia para realojar a los vecinos afectados, asumiendo en primera instancia los gastos derivados y poniendo los medios necesarios para evitar males mayores, lo cierto es que lo verdaderamente importante –más allá del drama personal de los vecinos desalojados– es encontrar una respuesta convincente y definitiva a lo que está sucediendo bajo el asfalto, bajo nuestras casas, bajo el Teatro Chapí y el edificio que ha de albergar en un futuro el Museo Etnográfico Jerónimo Ferriz…

Y también pensar qué vamos a hacer caso de que finalmente se nos dé vía libre al soterramiento, que ésa es otra.

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