Una página en blanco es algo que todo escritor conoce demasiado bien. Lo afirma Marq de Villiers en su recomendable libro Agua. El destino de nuestra fuente de vida más preciada. Y lo afirma describiendo la zozobra del arqueólogo Witton en Tanzania, en Olduvai, cerca de donde las pisadas de Laetoli, esas que certifican el incipiente bipedismo de nuestros antecesores.
Por allí el arqueólogo Witton, escritor frente a una hoja en blanco. Frente a una hoja en blanco, escritor y… Cuando me encontré con él –escribe Villiers– tenía la cabeza entre las manos y miraba sombríamente un cuaderno que tenía delante. La página estaba en blanco. Me puse a reír. Una página en blanco es algo que todo escritor conoce demasiado bien.
¡Cuántas veces escribiendo, el reto de la hoja en blanco! ¡Hoja en blanco! Tantas veces desierto y silencio o… O pozo seco. Y hasta precipicio o… O agujero negro. Todo callado.
Y cuando las palabras manan, si manan, como sangre manan a veces. Y a veces son espejo. Y tantas veces insatisfacción pero… Pero también bálsamo y consuelo. Y neceser necesario para mi memoria. Por todo ello escribo. Sí, conociendo demasiado bien las hojas en blanco, escribo. Aun manchándolas.


Mi forma de evitarlas en no poniéndome delante de una hoja en blanco hasta que no prende la chispa que ilumina.
Aunque a veces sea una chispa infructuosa…también sucede
Estimada Pepa Navarro:
Benditas sean también esas chispas infructuosas que igualmente nos aleccionan en la difícil tarea de escribir.
Ojalá que muchas nos sean propicias.
Un saludo.