Cartas al Director

En el camino

Conocer el futuro podría ser inquietante, incluso aterrador; es mejor vivir el presente

Si algo bueno me trae el verano, son sin duda las vacaciones, la desconexión positiva de la rutina diaria para tomar aire y reemprenderla después con más ánimos.

Aprovecho algunos días para salir a caminar por el campo, preferentemente temprano, antes de que el calor apriete. Me calzo las deportivas, pantalones cortos, camiseta ligera, protección solar. Mochila con agua y el móvil, para poder fotografiar alguna curiosidad o parar a tomar nota de una idea o de un verso suelto que se desprende de una rama y me cae sobre la cabeza sin hacerme daño, sólo rozándome.

He salido a caminar hace rato, llegué hasta una zona de recreo con bancos y agua y ahora regreso por donde vine, desandando el camino cuando miro la hora y decido que ya es el momento de volver. A la vuelta me cruzo con más andariegos que a la ida; mujeres corriendo, solas o en compañía, hombres andando en pareja o solos, ciclistas, personas con perro incluido. Es un camino concurrido, natural pero arreglado para la ocasión, que sale desde el casco urbano y se adentra por zona de huerta; algunos frutales y también terrenos baldíos que pronto serán campos de placas solares porque las empresas ya se han apuntado a esto de las energías renovables para seguir ganando dinero, que para eso existen (las empresas, digo).

Miro hacia el horizonte cuando me siento al borde del camino a la sombra de un árbol cuyo nombre desconozco, como casi todo. Mi ignorancia fundamental no ha mejorado con el paso del tiempo, si acaso sé algo más, poco en realidad, respecto a lo que sabía al nacer o  cuando alcancé a tener eso que antes se llamaba “uso de razón”. Pero este árbol que me acoge es frondoso, sus hojas ayudan a regular la temperatura, tiene unas bellas flores rojas y como estoy un poco alelada, se me olvida fotografiarlo para ilustrar este texto. Sentada ahí, miro hacia el horizonte, donde se proyecta la ciudad y sus edificios, el Castillo de la Atalaya presidiendo como centro y se adivinan las torres de las iglesias pero no se ven, en realidad las intuyo porque sé ubicarlas. Los edificios civiles, los pisos más o menos altos, y más al fondo aún, la sierra, recortándose como una espuma grisácea porque está pelada de vegetación y se asemeja a una peineta de esas que usan las mujeres cuando se visten “a la española”. Pienso en el horizonte, lejano, y se me antoja que está a la misma distancia que cuando yo era joven, como esa chica que pasa corriendo por delante de mí, recta, segura, con sus piernas fuertes y entrenadas, con auriculares inalámbricos escuchando música seguramente, sin mirar hacia los lados, sin desviarse de su camino.

Cuando yo era joven, no hace tanto, pensaba que el horizonte —es decir, el futuro— quedaba todavía muy lejos, que la juventud era una especie de carta de naturaleza, un salvoconducto que no se agota, como los pases de uno de esos abonos que comprábamos para La Troya y que duraban desde el dos o el tres de septiembre hasta el nueve, y que el primer día te parecían que no iban a agotarse nunca, pero cuando gastabas el primero, enseguida estabas entregando en la puerta el último, y la música, la diversión y la fiesta se acallaban y se había terminado todo, como sucede en la vida que dejas atrás la juventud sin enterarte, porque la sensación de que tienes por delante todo el tiempo del mundo es engañosa y torticera, quizá porque en esas edades, cuando te miras al espejo  sólo alcanzas a  ver lozanía, y porque los golpes, con pocos años, duelen menos, no porque no los sientas, sino porque eres fuerte, resistente, incluso un poco engreído si me apuras.

La muchacha sigue y se pierde de vista detrás del polvo que levantan sus zapatillas. Miro las mías, y me miro las piernas, todavía son fuertes, quiero pensar, y han de caminar mucho aún, aunque ese mucho sea bastante menos, porque el crédito se va agotando, y menos mal que no tenemos una cartilla de crédito vital que nos diga exactamente el saldo que nos queda, nos podríamos asustar. Es mejor la ignorancia de no saber, conocer el futuro podría ser inquietante, incluso aterrador; es mejor vivir el presente, disfrutar el soplo de aire fresco que se ha levantado y que seca el poco sudor que me perla la frente estando aquí sentada por un rato. El horizonte sigue a la misma distancia si continúo caminando, no voy a alcanzarlo por mucho que me afane, entonces caigo en la cuenta de que quizá las personas seamos como un hámster metido en una jaula que corre y corre sobre una rueda con la idea de llegar a alguna parte. El hámster parece un tontorrón corriendo en esa rueda que no termina de dar vueltas y que lo agota supongo, pero él continúa para llegar… adónde. Vaya usted a saber si su cerebro piensa algo o soy yo la que imagina que el hámster piensa, igual nos pasa a nosotros andando en pos de algo que no sabemos bien qué es.

Me levanto y continúo el camino, la ciudad se va a acercando, el camino va quedando atrás. Las primeras naves se ven claramente, y la ciudad parece engañosamente grande cuando te acercas, siendo en realidad pequeña, mucho más pequeña que el camino, que los caminos que se entrecruzan por los campos, los montículos cubiertos de maleza, los cultivos, los olivares, los frutales, las pequeñas huertas de pimientos y coles, las cebollas y toda esa riqueza que nos va a alimentar como un maná que cae del cielo. La ciudad es pequeña, y nosotros nos conformamos con vivir en nuestros cubículos existiendo el ancho mundo, terreno suficiente para vivir con amplitud y respirar hondo, en lugar de ser como hormiguitas afanosas que cumplen su papel en el organigrama de la comunidad, correteando de un lugar a otro para cumplir nuestra tarea y morir cualquier día sin que importe mucho, porque hay muchas más hormigas en el hormiguero, en los muchos hormigueros en los que nos organizamos como sociedad humana, por tanto somos insignificantes, somos reemplazables además de tener desde que nacemos, fecha de caducidad. Sin embargo, pese a todo nos afanamos como el hámster y tenemos esperanzas y sueños, somos humanos. Si otros seres mayores nos ven desde arriba, desde otro planeta u otro universo alternativo, nos verían así como os digo: como hormigas pequeñas e insignificantes a las que podrían aplastar con un dedo si quisieran. Quizá no quieran hacerlo, y por eso nos dejen en paz, o puede que en algún momento se comporten como niños que a la vista de un hormiguero lo queman, lo ciegan o aplastan a las hormigas que están saliendo o entrando a él.

Quizá sea eso mismo los que les pasa a algunos humanos con respecto a otros, que creen que pueden aplastarlos impunemente como si fuesen hormigas y no seres humanos. Un día prueban, y no pasa nada. Han matado en nombre de la ley —la suya—, en defensa de la patria —la suya—, para proteger a los ciudadanos —los suyos— o porque simplemente pueden, y como pueden, lo hacen, y si nadie les pide explicaciones, lo repiten. Y si tienen que masacrar niños, no va a ser a ellos a los que les tiemble el pulso. Y pueden hacerlo de muchas maneras, retorcidas maneras, terribles maneras de matar. Pienso en esas guerras y en esas invasiones y en esos genocidios que están cociéndose a fue lento en el planeta y se me quitan las ganas de escuchar cantar a esos pajarillos que me van acompañando todo el camino, porque me he puesto de pésimo humor.

De tanto elucubrar asuntos terribles y también pequeñas estupideces mientras continúo el camino, he llegado sin darme cuenta a la zona donde unos chicos negros trabajan el campo. A la ida les había saludado, buenos días, ellos han respondido igual. A la vuelta me siento un poco tonta si les vuelvo a decir lo mismo, y veo que están agachados, trabajando, sólo se ve la parte de arriba de sus sombreros de paja, que les protegen del sol. Uno de ellos, sin embargo, está en cuclillas, mirando hacia el camino. Al pasar le saludo con un gesto de la mano, él me devuelve el saludo y me sonríe. En su rostro oscuro solo se ven las córneas blancas y sus dientes al sonreír. Le sonrío, respiro, aprieto el paso y pienso sólo en volver a la vorágine de la ciudad y sus habitantes porque de repente, se me ha abierto un voraz apetito.

Por: Pepa Navarro. 1 de agosto 2025

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