En el camino (2)
La humanidad parece experta en destruir cuanto toca y la tan cacareada paz parece, vista hoy, pura entelequia

El viaje se termina antes todavía, finaliza en el preciso momento en el que tomas conciencia del regreso. Quizá sólo sea un pensamiento práctico –¿Hay leche en casa?–, o una mirada sin ver ya el paisaje que te circunda porque tu mente ya ha emprendido la vuelta a tu lugar de origen.
En estos caminos recorridos en la primera semana de agosto por tierras aragonesas, Huesca concretamente, además del hermoso paisaje prepirenaico pese al calor del estío que no perdona ni por equivocación, y la constatación de que las personas somos como termitas incansables que nos metemos en todos los territorios inimaginables, me he encontrado con puentes diversos.
Sobre varios ríos más o menos caudalosos, pequeños pasos sobre arroyuelos de caminos de montaña y sotobosque, pero también restos antiguos de puentes en desuso, vestigios de otros tiempos que los pueblos conservan como elementos patrimoniales, históricos y turísticos, para que nos fotografiemos en el pretil posando para nuestro álbum familiar o también, y más probablemente, para nuestras redes sociales.
Puentes de piedra y hierro perdurables, puentes provisionales hechos de troncos reutilizados, cualquiera sirve para continuar andando y salvar así las distancias. Un puente medieval llamó mi atención por su buen estado de conservación y admirable aspecto. Me imaginaba a sus constructores orgullosos de verlo listo para su uso: el paso de un lado al otro del río de las bestias y las personas, las carretas cargadas de provisiones para la venta en el mercado, las comitivas reales que de paso llegaban al pueblo camino a otro destino.
Y me he preguntado entonces cuántas historias atesorarán en su memoria mineral esos puentes centenarios y cuánto dolor y alegría habrán observado con sus ojos centinelas sin pupila. Es imposible saberlo, pero sí imaginarlos testigos de la historia cotidiana y también de la extraordinaria de tantos pueblos de España.
Pero también me he preguntado cuántos otros se han perdido en las guerras que hemos soportado siglo tras siglo, porque la humanidad parece experta en destruir cuanto toca y la tan cacareada paz parece, vista hoy, pura entelequia.
Una cosa ha llevado a la otra y entre bosques de arañones y matas de moras silvestres que ya empezaban a estar comestibles, me he preguntado qué clase de restos arquitectónicos van a quedar en Gaza el día en que, por algún milagro divino que no humano –por lo que se ve y escucha no parece posible esto último– termine la destrucción y la barbarie.
¿Quién dijo aquello de que "No dejéis de atacar hasta que no quede piedra sobre piedra"? Parece que esa es la consigna ahora. Me pregunto si en los caminos de ese territorio tan pequeño en el mapa y que tan enorme abismo ha ocasionado entre dos pueblos, existe hoy la remota posibilidad de poder cruzar un puente pequeño, humilde, pero lleno de esperanza.
Ojalá quede algún vestigio al que aferrarse y por el que seguir con vida para el pueblo palestino.
Por: Pepa Navarro Ribera. 12 agosto 2025.


