Cita con las Citas

En nuestro corazón

Doy gracias a quienes año tras año, con su pericia y delicadezas, urbanizan mis sueños con sus belenes fabulosos

A la Asociación de Belenistas de Villena

Respecto a Belén, José Luis Martín Descalzo en su estimable obra Vida y misterio de Jesús de Nazaret advertía: Todos los que nos llamamos cristianos tenemos un rincón de nuestro corazón para esta ciudad. Se diría que hemos vivido en ella de niños, conocemos sus calles, sus casas. En nuestro corazón hay un belén nevado, con ríos alegres de papel de plata, con pastores que se calientan en torno a rojas hogueras de celofán. Tal vez por eso se decepcionan todos cuantos llegan, viajeros, a la ciudad. El Belén de la realidad no es el de nuestros sueños.

Efectivamente el Belén real no es el entrañable Belén de mis sueños. Pero desde niño, maravilloso lo imagino; alimentada mi percepción por la labor de las mañosas manos de los belenistas, hacedoras de un escenario ilusionante. Un teatro que, paulatinamente más sofisticado, sustituyendo el papel de plata por circuitos cerrados de corrientes de agua, el celofán por luces titilantes de color lumbre y otras virguerías, o no necesariamente, sigue enterneciéndome.

Ya lo sé, el belén de mi corazón no es Belén. Pero es mi belén. Porque sigo apreciando el musgo natural o artificial en las umbrías del belén. Y la nieve de espray o corcho sobre los tejados de las casas y en las cimas de las montañas del belén. Y esos caminos y sendas obrados con pequeñas piedras, arena o serrín y… Y todo.

Sí, ese lugar que me embelesa no es Belén. Porque el Belén real, tantas veces, demasiadas veces, es ciudad cercada por la guerra donde, por ejemplo, no caben pastores que locos de contento por el nacimiento de Jesús rompan sus postizas, como canta eufórico un popular villancico andaluz: cuando los pastores vieron / que el Niño quería fiesta, / hubo pastor que rompió / tres pares de castañuelas. Ese Belén de alegrías no es Belén porque en el Belén de verdad se nos rompe el alma. De penas.

Es por lo que por amortiguar esa real pesadumbre, doy gracias a quienes año tras año, con su pericia y delicadezas urbanizan mis sueños con sus belenes fabulosos. Esos belenes que aun no siendo Belén son mi belén, escenarios donde todavía se canta el Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres... A ellos, a ellas, belenistas, les doy las gracias. Las gracias y… ¡Feliz Navidad! A todo el mundo, ¡feliz Navidad!

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