No hace falta ser un experto en cualquier disciplina artística para poder disfrutar de la misma, pero disponer de cierta información y conocimiento al menos somero a propósito de su técnica y su tradición a lo largo del tiempo ayuda a valorarla como se merece. Así ocurre con la música, la literatura, el cómic o el cine (por citar aquellas que personalmente más me interesan, en orden más o menos cronológico); pero la pintura o la escultura, por citar otras dos, no son desde luego ninguna excepción. Por ello, un libro como Descifrar el arte resulta sumamente recomendable para cualquiera que se interese por su objeto de estudio de una u otra forma: en sus páginas, el educador e historiador del arte Matthew Wilson analiza cincuenta creaciones artísticas que resultan fundamentales para acabar de entender qué elementos hacen de una propuesta de sus características eso que se ha venido a llamar una obra de arte.

El recorrido que realiza el autor de Los símbolos en el arte en este su nuevo libro abarca un extenso período temporal: desde hace unos treinta mil años, fecha aproximada en la que se han datado las primeras imágenes creadas por seres humanos de las que tenemos constancia (como el Panel de los rinocerontes dibujado con carbón y ocre en la cueva Chauver en Ardèche, Francia); hasta alcanzar a Migrantes, pícnic al otro lado de la frontera, una instalación del artista JR ubicada en la frontera entre México y Estados Unidos y realizada en 2017. En su recorrido, Wilson se aproxima a cada una de las calas seleccionadas desde una perspectiva -como no podía ser de otra forma- particularmente visual: para estudiar cincuenta obras, todas ellas clasificadas por períodos históricos, se ha recurrido a más de ochocientas cincuenta imágenes, todas ellas comentadas con detalle y con una clara finalidad divulgativa.

Como era de esperar, en este Descifrar el arte su autor incide especialmente en las formas artísticas tradicionales; esto es, la pintura y la escultura; pero no renuncia a analizar también dibujos, fotografías, grabados, ornamentos, máscaras o carteles propagandísticos. De este modo, en su interior encontraremos obras tan conocidas como El hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci, La muerte de Marat de Jacques-Louis David, La gran ola de Kanagawa de Katsushika Hokusai o La noche estrellada de Vincent van Gogh; junto a creaciones que quizá supongan un gran descubrimiento para el lector profano, caso del Autorretrato con sombrero de paja de Élisabeth Vigée-Lebrun, La carta de Mary Cassatt o la impactante Guerra de Paula Rego (qué casualidad, todas ellas realizadas por mujeres). Así, hasta alcanzar el medio centenar de obras que son tratadas de un modo que no solo nos llevará a valorarlas en su justa medida, sino que promueve que acabemos contemplando también cualquier otra creación artística con bastante mayor atención de la habitual.

Uno de los cuadros recogidos en el libro de Wilson, El descendimiento de Rogier van der Weyden, puede ser contemplado en todo su esplendor en una de las salas del Museo del Prado de Madrid. Pues precisamente a esta institución está dedicada otra novedad editorial que también funciona como guía, si bien desde una perspectiva menos academicista y más artística en sí misma. Porque este es precisamente el caso de Cuaderno del Prado, libro ilustrado con el que la dibujante y ceramista madrileña Ximena Maier deja constancia de sus visitas habituales al museo más famoso de nuestro país: a medio camino entre el libro ilustrado y el cómic, este cuaderno de notas y bocetos propone una mirada subjetiva sobre la colección pictórica que alberga el lugar, recomendando rutas concretas y comentando las obras favoritas (y también las menos) de su autora; a la vez que recoge de paso las reacciones de los visitantes y el funcionamiento interno del museo, área de restauración incluida.

En esta obra, que ya tuvo una edición primigenia hace ocho años pero que ahora se recupera en versión revisada y ampliada, Maier se detiene particularmente en sus dos artistas predilectos de entre todos los presentes en el museo, y que para sorpresa de nadie son Velázquez y Goya; pero también comenta obras de otros pintores (como la citada El descendimiento de Van der Weyden), propone una suerte de atropellada Historia de España y hasta reflexiona sobre la educación artística y visual de los más jóvenes a través de la experiencia compartida con sus propios hijos. Todo ello se ve acompañado de ilustraciones de acabados diversos, incluyendo pequeñas galerías temáticas de los motivos más peregrinos (perros, sombreros, libros, hasta cabezas cortadas) que dotan a la obra de una gran frescura y cuyos textos hacen gala de un sentido del humor muy de agradecer cuando se trata de un tema como la Historia del Arte, por lo general tratado con un exceso de solemnidad. Por tanto, este Cuaderno del Prado resulta una lectura sumamente recomendable; tanto como la otra novedad que les he presentado hoy.
Descifrar el arte y Cuaderno del Prado están editados por Blume y Lumen respectivamente.



