Hambre
Todas las hambrunas, aunque diferentes en tiempo y lugar, comparten un denominador común: el fracaso

El ser humano es imperfecto, no porque yerre y se equivoque con demasiada frecuencia, es sobre todo porque necesita comer para seguir viviendo.
Recuerdo a una maestra de EGB explicando en clase cómo la introducción en las labores agrícolas de maquinaria de tracción mecánica -tractores para arar, por ejemplo- supuso una verdadera revolución para el campo, puesto que al sustituir animales por máquinas aumentó el beneficio. El ejemplo era más o menos el siguiente: el caballo come a diario, si está enfermo sigue comiendo pero no trabaja, por tanto el rendimiento es cero y el gasto el mismo o mayor que cuando sí colabora en las labores agrícolas. El tractor sólo come (combustible) cuando está trabajando, el resto de tiempo o el domingo guardado en el almacén no genera gasto alguno. Simple, ¿verdad?
El ser humano, como el caballo, es imperfecto, estando enfermo aún necesita comer para mantenerse con vida. El hambre es biológicamente la manera que tiene el organismo vivo de asegurarse el alimento. Aunque no siempre lo consigue y el hambre y después la inanición, pueden llegar a convertirse en desesperación y muerte.
Escucho y leo sobre hambrunas en la historia de la humanidad. Algunas provienen de períodos complejos y traumáticos, como las guerras, otros han sido una forma de venganza o de opresión ciertamente deleznables.
Hay muchos ejemplos a lo largo de la Historia. Sólo por citar un ejemplo impactante: la Gran Hambruna China que se produjo entre 1959 y 1961 aproximadamente y que mató a una población de entre 15 y 55 millones de personas. Estableciendo una comparación odiosa: podría haber muerto el equivalente a toda la población española que actualmente se sitúa en algo más de 49 millones de habitantes ¿Inquietante?
Con la ayuda inestimable de la IA les daré algunos datos más: La Gran Hambruna de 1315-1317 en Europa, la Gran Hambruna Irlandesa de 1845-1849, la Hambruna Rusa de 1921-1922, la Hambruna de Ucrania (Holodomor) de 1932-1933 y la Hambruna de Corea del Norte de 1995-1999.
Por supuesto y por desgracia la lista no termina aquí: La hambruna que España padeció entre 1939 y 1951. La posguerra en España estuvo marcada por la escasez y la pobreza, los más ancianos del lugar seguramente alcancen a recordar las tristemente famosas cartillas de racionamiento. La Gran Hambruna Griega de 1941 a 1943. La Hambruna Holandesa de 1944 durante la II Guerra Mundial... y también la Hambruna de Bengala (India), que mató entre 1943 y 1944 a una población de entre millón y medio y tres millones de bengalíes.
Y sin que la IA me lo haya chivado, las hambrunas cíclicas y por lo visto irresolubles que afectan al continente africano como si de un mal endémico se tratase, provocadas por diversos factores como guerras intestinas y climatología adversa y con un mismo resultado: la desnutrición, la enfermedad crónica, la disminución severa de la esperanza de vida y la muerte de la población afectada.
Todas estas hambrunas, aunque diferentes en tiempo y lugar, comparten un denominador común: el fracaso. Las más antiguas y debidas a factores ambientales y/o pandémicos podrían considerarse inevitables por el contexto; las derivadas de las guerras y asedios tendrían carácter de daño colateral vistas con las gafas del cinismo.
Pero en pleno siglo XXI, díganme ¿qué consideración puede tener el panorama de una hambruna que ya asoma en el horizonte y que parece inevitable a la vista de la incapacidad de las instituciones internacionales de frenarla antes de que sea una catástrofe tan enorme que se incorpore a la triste historia de nuestra humanidad defectuosa, que no sólo necesita comer para sobrevivir, sino que es ciega al grito de auxilio de sus hermanos y hermanas que mueren y van a seguir muriendo?
Entre tanto, mientras escribo esta raquítica crónica, camiones cargados con ayuda humanitaria aguardan en cola frente al muro de la vergüenza del siglo más tecnológico de la Historia, mientras Gaza y los palestinos agonizan en el que podría ser, su último verano.
Por: Pepa Navarro Ribera. 17 agosto 2025


