Al Reselico

Hermanos de sangre. Ecos de memoria histórica

Algunos escenarios bélicos europeos en una nueva entrega de Al Reselico

Hace un par de semanas viajé a Bélgica. Pasé unos días en familia visitando Bruselas, Gante y Brujas. Unas ciudades cosmopolitas, turísticas y culturales. Todo muy europeo, muy bonito y agradable. Sin embargo, lo que en realidad más nos apetecía visitar a mi hermano y a mí era Waterloo y Bastogne. Así que un día del viaje dejamos a nuestros padres danzando solos por Bruxelles, alquilamos un coche y nos fuimos a visitar escenarios de historia.

“Hermanos de sangre”, una serie excepcional

Sobre Waterloo hay poco que pueda explicarles. Ya sabrán, imagino. Última gran batalla de las guerras Napoleónicas. El Emperador empeñado en la eficacia de su artillería. Los franceses que no pueden romper las líneas defensivas de Wellington. La desesperada resistencia en Hougoumont. El Mariscal Ney ordenando una carga de caballería tan impresionante como suicida. Los prusianos que llegan en el momento oportuno. La guardia imperial muere pero no se rinde… y victoria para la Coalición de la pérfida Albión. Waterloo sigue siendo hoy una explanada de campos verdes e infinitos a las afueras de la capital belga sobre los que, un 18 de junio de 1815, más de 200.000 hombres se jugaron a una carta el destino de Europa. Ahora la gente conoce Waterloo por Puigdemont o por ser una canción de Abba.

Bastogne es una batalla bastante más desconocida. La última ofensiva de las tropas alemanas en la segunda guerra mundial comenzó el 15 de diciembre de 1944 en la zona boscosa de las Ardenas, interior de Bélgica. En su rápido avance inicial, último destello de su Blitzkrieg (guerra relámpago), varias divisiones del III Reich cercaron y asediaron la ciudad de Bastoña, importante nudo de carreteras, defendida por alrededor de 10.000 hombres de la 101 división aerotransportada norteamericana. Era pleno invierno y las condiciones para los defensores fueron duras. Escaseaba la comida, los suministros médicos y pronto empezó a faltar munición. Sin embargo el perímetro de la ciudad logró resistir. El jefe de los americanos, comandante McAuliffe, recibió el 22 de diciembre un ultimátum escrito por el comandante en jefe germano, exigiendo la rendición de Bastogne. Tenía dos horas para entregarse junto a sus hombres, de no hacerlo, los alemanes arrasarían la ciudad. La leyenda cuenta que Mcauliffe leyó el ultimatum, sacudió la cabeza y respondió por escrito: “To the german commander, ¡NUTS!”, lo que viene a significar, más o menos, "Para el comandante alemán, ¡UN HUEVO!”.

Los alemanes no pudieron conquistar Bastogne y el asedio se rompió días después con la llegada de refuerzos estadounidenses. A partir de ahí, la propaganda yanqui elevó a Bastogne, McAuliffe y la 101 a la categoría de mitos. Se puede revivir todo este acontecimiento histórico en los capítulos 6 y 7 de la excelente miniserie de televisión Hermanos de sangre” (Band of Brothers) producida por Tom Hanks y Steven Spielberg después de “Salvar al Soldado Ryan”. Es una de mis series favoritas, imprescindible si te apasiona la historia. Tiene escenas bélicas que te dejan atrapado frente a la tele y reflejan de forma espectacular y realista el frente europeo durante la Segunda Guerra Mundial. Basada en las vivencias de los miembros de la compañía Easy de la 101 división aerotransportada norteamericana, cuenta desde su entrenamiento inicial, pasando por su lanzamiento en paracaídas durante el desembarco de Normandía, hasta la conquista de Alemania y el fin de la contienda.

Me quedé sorprendido y maravillado visitando ese día la ciudad de Bastogne y sus alrededores, con el impresionante memorial de Mardasson a los caídos, la sobrecogedora “arboleda de la paz”, los cuidados monumentos alemanes, belgas y norteamericanos, el solitario bosque de Foy donde aún se pueden ver trincheras y fosos de tirador, y sobre todo, su moderno, objetivo, respetuoso y genial museo de la guerra. Admirado y atónito por comprobar que no en todos lados la memoria y la historia se usan de forma repugnante, demagógica, oportunista...

Sin conocer quienes éramos nunca comprenderemos lo que somos

Pero, claro, aquello era el corazón de Europa. Aquí vivimos en el país que vivimos. España es primera potencia mundial en tergiversar su pasado en su propio detrimento, con el único fin de enfrentarnos a unos contra otros. Olvidamos en demasiadas ocasiones que en nuestra tierra también hay muchas fechas, muchos escenarios y muchos personajes que merecen ser honrados y conmemorados. No como elementos para dividir, sino como recuerdos vertebradores de una sociedad más informada y más consciente de dónde venimos. Ojalá tratásemos la memoria y la Historia de esa forma tan objetiva y respetuosa. Porque sin conocer quiénes éramos nunca comprenderemos lo que somos.

Si tienen la oportunidad, antes de hacer su próxima escapada, infórmense de algún episodio histórico ocurrido sobre el suelo que vayan a pisar. Así, cuando se acerquen por nuestro castillo de la Atalaya, las Navas de Tolosa, la Alhambra de Granada, la estatua de Pizarro en Trujillo, las afueras de Almansa, cabo Trafalgar, el oratorio de San Felipe Neri en Cádiz, la puerta del cuartel de Monteleón o el museo del Prado en Madrid, los campos de Brunete o Belchite… cuando visiten esos u otros lugares podrán encontrar, si se fijan bien, las sombras de los hombres y mujeres, de todos los bandos y colores, que vivieron, amaron o combatieron en base a su tiempo y sus creencias, ansiando la libertad, un mundo mejor o porque no tuvieron más remedio. Podrán descubrir en todos ellos los ecos de nuestro pasado. La historia y la memoria de quienes una vez fuimos, de nuevo ante sus ojos.

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