¿Lograrán los Moros y Cristianos de Villena ser declarados Fiesta de Interés Turístico Internacional?
No es solo una ambición simbólica; es la manera de proyectar al exterior una tradición que combina devoción, historia, música y un nivel de participación ciudadana poco común

Villena abre sus puertas al mundo del 4 al 9 de septiembre con sus Moros y Cristianos, una celebración que ya cuenta con el reconocimiento de Fiesta de Interés Turístico Nacional y que ahora mira más alto: el objetivo municipal es conseguir el distintivo internacional. No es solo una ambición simbólica; es la manera de proyectar al exterior una tradición que combina devoción, historia, música y un nivel de participación ciudadana poco común.
La ciudad se transforma durante cinco días en un gran escenario donde conviven la pólvora y el pasodoble, las escuadras especiales y las romerías, las embajadas teatrales y la emoción popular. Catorce comparsas, siete del bando moro y siete del bando cristiano, reúnen a miles de festeros para honrar a la Virgen de las Virtudes, “La Morenica”, cuya leyenda se remonta al final del siglo XV. La cifra impresiona: más de un tercio de la población se implica directamente en la fiesta. No es solo un espectáculo; es un patrimonio vivo que pasa de abuelos a nietos, de hogares a comparsas, de un septiembre a otro.
La aspiración internacional no llega por casualidad. El Ayuntamiento, en coordinación con la Junta Central de Fiestas, ha reforzado servicios y proyección exterior. La inversión directa municipal supera los 200.000€ y se ha ampliado el dispositivo sanitario y de higiene con aseos portátiles en puntos estratégicos y puestos fijos de asistencia de Cruz Roja, además de unidades móviles que acompañan los desfiles. Se mantienen campañas de convivencia y uso responsable de pirotecnia, así como iniciativas para disfrutar sin alcohol. Paralelamente, se ha lanzado la web morosycristianosvillena.com y se prepara la cobertura informativa en diversos países: reporteros internacionales visitan la ciudad para difundir la celebración en Latinoamérica, Estados Unidos o Alemania, un requisito clave del expediente para lograr el sello de Interés Turístico Internacional.
El programa combina actos solemnes y momentos multitudinarios. La Romería, el Pregón y la Fiesta del Pasodoble abren paso a la Entrada, un desfile inconfundible en el que primero marcha el bando moro y después el cristiano, al contrario que en la mayoría de localidades. Las Embajadas del Moro y del Cristiano, enmarcadas por el Castillo de la Atalaya y la Iglesia de Santiago, convierten la ciudad en un teatro a cielo abierto. No faltan la Guerrilla, la Cabalgata que se prolonga durante horas, la Alborada, la Ofrenda o el Desfile de la Esperanza con los más pequeños como protagonistas. A la puesta en escena se suman datos que hablan de magnitud: centenares de arcabuceros, cerca de 1.000 kilos de pólvora y un dispositivo audiovisual que permite seguir los actos centrales en directo a través de Intercomarcal Televisión con grúas, unidades móviles y realización multicámara.
Más allá del impacto visual, el valor de la fiesta está en sus capas históricas. Según los estudios locales, la celebración actual es fruto de la fusión de tres tradiciones: la fiesta patronal (romerías, procesiones y misas en honor a la Virgen de las Virtudes), la fiesta militar o alarde (las antiguas soldadescas que ya acompañaban las romerías en el siglo XVII) y el elemento histórico propiamente dicho de “moros y cristianos”, incorporado a inicios del XIX con embajadas, arcabucería y la simbólica pérdida y recuperación del castillo. A todo ello se añade una pieza literaria singular: la Conversión del Moro al Cristianismo, con texto del siglo XVII atribuido a Diego de Ornedillo, un guiño al Siglo de Oro que Villena mantiene en escena como pocas localidades. También es distintiva la Efigie de Mahoma, tradición compartida con Biar y cargada de simbolismo dentro del ciclo de actos.
Quien recorra Villena durante estos días comprenderá que la fiesta es, a la vez, devoción y teatro, música y pólvora, identidad y convivencia. La ciudad entera se vuelca: talleres de costura y artesanos, bandas de música, hostelería, fotógrafos y voluntariado. No es casualidad que muchas escuadras arrastren apellidos centenarios y que el desfile junte generaciones en una misma comparsa. Esa continuidad —la fiesta como forma de vida— es quizá el argumento más poderoso para avalar la proyección internacional.
El reconocimiento, no obstante, exige algo más que emoción. El expediente requiere demostrar promoción exterior sostenida y cobertura en, al menos, una decena de países. De ahí el esfuerzo de estos años por ordenar imagen urbana, engalanar calles, mejorar la accesibilidad, reforzar seguridad y profesionalizar la difusión. El resultado no solo beneficia a la fiesta: repercute en la hostelería, el comercio y el turismo cultural, y consolida a Villena como destino en el calendario festero mediterráneo.
Y si algo define a la ciudad es que la celebración no acaba el 9 de septiembre. Apenas un mes después, en octubre, llega la Feria de Atracciones, con norias, caballitos, montañas rusas, tómbolas y ese ambiente de ocio popular que llena el recinto ferial. Es otro capítulo del mismo espíritu lúdico que acompaña a las fiestas de Villena desde hace generaciones. Hoy, en la sociedad general actual, parte de ese entretenimiento tradicional también tiene su reflejo en los juegos de azar del entorno digital; no es extraño que muchos curiosos busquen información sobre juegos de cartas, ruletas o propuestas actuales similares a las de una tómbola o a la de un bingo popular, propias de las fiestas de barrios y regionales.
La pregunta del millón queda en el aire: ¿lograrán los Moros y Cristianos de Villena el sello de Interés Turístico Internacional? Nadie puede asegurarlo, pero los pasos son firmes. La ciudad ya presume de una de las fiestas más participativas del país, de escenarios históricos únicos y de una comunidad que entiende septiembre como un compromiso colectivo. Si el reconocimiento llega, será la confirmación de algo que en Villena se sabe desde hace siglos: aquí la tradición no se exhibe, se vive. Y esa es, quizá, la mejor carta de presentación para cualquier visitante, venga de donde venga.

