Sociedad

Manifiesto contra la tortura de toros en Villena

La Plataforma Animalista volverá a concentrarse el 4 de octubre en protesta por la celebración de una novillada en la plaza

La Plataforma Animalista de Villena remite el manifiesto leído en la manifestación antitaurina del pasado 7 de septiembre, cuyo espíritu se mantiene y seguirá vigente en la concentración prevista para el próximo 4 de octubre, cuando se celebrará un nuevo evento taurino en Villena. A continuación reproducimos íntegramente el manifiesto:

"Hoy estoy aquí con el corazón pesado. Han pasado veinticinco años desde aquellas primeras manifestaciones antitaurinas en Villena. Veinticinco años de voces alzadas, de pancartas, de discursos, de concentraciones que buscaban abrir grietas en este muro de silencio y de violencia. Y sin embargo, veinticinco años después, sigo encontrándome en el mismo lugar, frente a la misma plaza, frente al mismo dolor.

Confieso que me siento cansada. Cansada de salir a la calle, de repetir una y otra vez lo evidente, de mostrar la vergüenza de esta crueldad mientras Villena sigue como si nada. Cansada de la impotencia, de ese vacío que queda después de cada protesta, cuando las paredes de esta plaza vuelven a cerrarse sobre los cuerpos de los toros.

Pero a pesar de este cansancio, sigo sosteniendo una convicción que me atraviesa por entero: la violencia hacia los animales no es una violencia más. Es la primera, la más primitiva, la más reveladora de lo que somos capaces de hacer. Es la semilla que germina después en tantas otras formas de violencia: hacia la tierra, hacia el agua, hacia los bosques, hacia los pueblos y naciones, hacia los propios seres humanos. Por eso creo que erradicar esta violencia no es un detalle menor, sino la raíz de un mundo distinto. Educar en la compasión hacia los animales es aprender la compasión hacia todo lo vivo.

Y sé también que, cuando una persona tiene capacidad de acción, está llamada a evitar toda forma de violencia. Hoy esa violencia se inflige contra unos animales, y no podemos mirar hacia otro lado. No es una cuestión menor ni secundaria: es la primera fractura en la sensibilidad, el primer quiebre ético que normaliza lo intolerable. Educar en el amor hacia los animales —sin distinción de especies—, en la empatía y en la compasión, no es un gesto sentimental, sino una estrategia de transformación social y cultural. Allí donde se cultiva la ternura hacia los más vulnerables, brotan comunidades más pacíficas, justas y solidarias entre sí, con el medioambiente y con toda forma de vida. Lo contrario también es cierto: cuando a un niño se le expone desde temprano a la violencia contra los animales, su sistema de valores se endurece, aprende a banalizar el sufrimiento y lo incorpora como norma en sus relaciones. Así se gesta una cultura de la crueldad que alimenta después tantas otras violencias. Y es por eso que hoy estamos aquí, a las puertas de este espectáculo: porque sabemos que detener esta violencia primera es condición necesaria para que pueda existir un mundo distinto.

Y sin embargo, hoy no he venido solamente a denunciar. Hoy he venido a algo más  íntimo,  más  esencial  para  mí.  He  venido  a  acompañar. En este mismo instante, aquí, a unos metros de mí, seis toros están siendo heridos, torturados, arrastrados hasta la muerte bajo la luz de los focos y las risas de quienes lo celebran. Y no puedo hacer otra cosa más que estar presente. Estar con ellos. Acompañarlos desde mi vigilia, desde mi espiritualidad, desde esa fuerza invisible que nace del amor y del dolor compartido.

Siento la necesidad de entregarles mi energía, de decirles en silencio que no están solos, que alguien está aquí, junto a ellos, llorando con cada gota de sangre que se derrama sobre la arena. Que alguien les ama. Que alguien les ve. Que alguien les honra.

Quiero pedirles perdón. Perdón por nosotros, los humanos. Perdón por quienes desde las gradas aplauden el tormento y convierten su muerte en un espectáculo. Perdón por quienes enarbolan el nombre de Jesucristo y de la Virgen de las Virtudes mientras repiten la misma escena de sacrificio. Porque hoy cada toro es crucificado como lo fue Cristo, rodeado de burlas, de risas, de un público que goza ante su sufrimiento. El eco de los fariseos resuena aquí, en Villena, veinticinco siglos después.

Y yo necesito estar aquí para contradecir ese eco. Para decirle a cada toro, mientras respira por última vez, que existe otra humanidad. Una humanidad capaz de amar, capaz de compadecer, capaz de llorar con ellos. Esa humanidad no se sienta en la grada, ni empuña la espada, ni se mancha las manos de sangre: esa humanidad está aquí, de pie, en silencio, sosteniendo su mirada, acompañando su dolor.

No puedo cambiar el desenlace. No puedo devolverles la vida. Pero puedo estar con ellos, y puedo amarles. Ese es mi acto de resistencia, mi forma de protesta más profunda: amar hasta el final. Amar en cada lágrima, en cada suspiro, en cada gota de sangre que caiga sobre esta tierra.

Hoy, mi manifiesto no es solo un grito. Es una vigilia. Es un abrazo invisible. Es un compromiso silencioso que dice: mientras exista un animal torturado en esta plaza, habrá también alguien que lo ame, alguien que lo acompañe, alguien que no lo olvide".

(Votos: 12 Promedio: 2.3)

2 comentarios

  1. Si piensas que por hablarle a un toro, para pedirle disculpas (como si fuese capaz de discernir entre lo bueno y lo malo), te va a comprender, vamos bien… Antes de eso, y más difícil, es que te deje acercarte hasta él.

    Nosotros también los amamos, los vemos y los honramos. No solo en la plaza, sino en la dehesa. Nunca te vi por allí, ¡qué casualidad!…

    Nosotros no le devolvemos la vida, pero sí contribuímos a perpetuar una especie. Para que muera un toro en la plaza tiene que haber vida en el campo. Esa vida se sostiene gracias al que va a la plaza, no al que se manifiesta (y está en su derecho) fuera. Si elegimos estar fuera, desde luego, sería un genocidio contra el toro de lidia. Desparecerían las ganaderías y con ellas una diversidad de encastes que son un patrimonio genético único.

    Según tus razonamientos, ahora que la fiesta está tan castigada en países como Colombia y México, ¿acabarán los problemas socioestructurales de aquellos países? En Barcelona, donde no se dan toros desde 2012, ¿crees que es más seguro andar por la calle que en aquel entonces? ¿De verdad crees que lo que pasa en la plaza tiene un impacto global a nivel social? Deja que desear mucho el discursito loable que, en el fondo, solo busca imponer una moral única y válida, como los régimenes más totalitarios.

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