Testimonios dados en situaciones inestables

Mis ideas revolotean todo el día alrededor de mi cabeza como avispones ponzoñosos

Estoy harto de mis ideas. Revolotean todo el día a mi alrededor como avispones ponzoñosos. Qué digo revolotean. Se me pegan al cráneo como sanguijuelas a comisión. Las ideas que tienen que ver con desigualdades sociales y todas esas monsergas son un verdadero incordio, siempre pinchándome para que me adscriba a tal o cual causa absolutamente injusta.
Las que tratan de política y esos rollos de poder son como un caos de contrariedades, retorciendo las frases hasta el vacío del sentido. Las que tienen que ver con asuntos privados como el dinero o el amor o la amistad se balancean en una cuerda floja de angustia e integridad, con el persistente peligro de hacerme caer al abismo del abandono y la culpa. Y las que le dan vueltas al proceloso mundo del trabajo ya son para volverse loco, pura neurosis persecutoria y esclavista, masticando hasta el aburrimiento las cantinelas de que no está pagado el tiempo de mi vida que les estoy entregando a estos chupasangres o de que debería mandarlos a la mierda y arriesgarme por mi cuenta y explotar sin grilletes todo mi evidente talento fosforescente. Es un palmario sinvivir. Pero he aquí que veo una oportunidad de poner las cosas en su sitio y actúo. Me explico. Estoy plantado en la puerta del sótano como un pasmarote, porque se supone que mi intención inicial es bajar a por algo, pero me he quedado en blanco y se me ha olvidado el qué. A todo esto, las ideas siguen acosándome sin prestar atención a nada más que no sea yo. Entonces, de forma completamente sorpresiva y brutal transformo mi cara en una imagen tan atroz que Saturno devorando a su hijo de Goya resulta la viva representación de la paz universal, y grito: ¡¡Masticaré y engulliré vuestras vísceras!! Se quedan paralizadas un instante, pasmadas por mi reacción. Y aprovecho esta ventaja fugaz para espolsármelas como un perro mojado y empujarlas violentamente escaleras abajo. Mientras cierro la puerta las veo rodar con cara de pavor e incomprensión. Mi sótano es un absoluto fortín, oscuro y frío como la mente de un fiscal general del estado. Le aseguro que no querría pasar allí más tiempo del estrictamente necesario. Me quito toda la ropa y la utilizo para tapar la rendija de debajo de la puerta, porque temo que sea el único resquicio quizá vulnerable. A través de la robusta madera de roble reforzado las oigo volver a subir atropelladamente balbuceando una sopa de exclamaciones de súplica y rabia. La suerte está de mi lado. No encuentran rendija por la que salir. Y además recuerdo que en el garaje tengo varias garrafas de gasolina. Desnudo y con alegría, rocío la casa entera y le prendo fuego. Me alejo de la inmensa hoguera, y a unos veinte metros, inocente como un bebé, me siento sobre la hierba. Aunque parezca imposible, desde esta distancia todavía oigo a mis antiguas ideas pidiéndome que las perdone. No me afectan sus gritos. Digamos que no siento nada. O lo que siento quizá se parece, conforme se van consumiendo entre las llamas y se acallan sus voces, a ser acariciado por una brisa de cándida esperanza, el presentimiento de un recomenzar limpio y primigenio. No sé qué pensar, y eso me hace completamente feliz. Me levanto y comienzo a caminar sin plantearme hacía dónde, con algunas briznas de hierba pegadas a mi trasero, y tal vez con el ánimo de encontrar más gasolina, pero no como una idea, sino más bien como quien limpia insectos del parabrisas.

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