Cartas al Director

Una reflexión: nos han robado mucho más que un tesoro

Si finalmente no regresa, el vacío que deja será imposible de llenar

Hay sucesos que nos hacen valorar aquello que siempre dimos por sentado. El robo del Tesoro de Villena es uno de ellos. Quizá ahora empecemos a comprender de verdad la inmensa importancia que tiene —o mejor dicho, que tenía entre nosotros— una de las joyas arqueológicas más extraordinarias del mundo.

Hablamos de un conjunto de piezas con más de 3.000 años de antigüedad, elaborado con una maestría que aún hoy sigue asombrando a historiadores y arqueólogos. No es solo un tesoro de oro; es el testimonio de una civilización, de una forma de entender el mundo y de una parte esencial de nuestra historia.

Siempre me he preguntado qué habría ocurrido si un hallazgo de estas características hubiera aparecido en cualquier región de Italia. Estoy convencido de que sería un símbolo nacional, un emblema conocido en todo el planeta, promocionado con el mismo orgullo con el que se muestra el Coliseo romano o cualquier otro gran icono de su patrimonio. Sin embargo, en España nunca hemos sabido darle al Tesoro de Villena el reconocimiento que merece.

No hemos sabido promocionarlo. Tampoco hemos sabido protegerlo. Han fallado todas las administraciones: la Generalitat Valenciana, la Diputación, el Estado y todos aquellos que tenían la responsabilidad de custodiar un patrimonio que no pertenece únicamente a Villena, sino a toda la humanidad.

Lo más doloroso es que, en apenas cuatro minutos, nos han arrebatado algo que cada generación de villeneros y villeneras ha sentido como suyo. Porque el Tesoro de Villena no era simplemente una colección de piezas expuestas en una vitrina. Era parte de nuestra identidad. Era ese orgullo que llevábamos con nosotros cuando hablábamos de nuestra ciudad fuera de ella.

Y, sin embargo, el mejor ejemplo de la escasa promoción que ha recibido lo hemos visto tras el robo. Muchos medios nacionales han hablado del "robo del siglo", pero una gran parte de la población española ni siquiera sabía que existía el Tesoro de Villena. Es una paradoja tan triste como reveladora: hemos perdido una de las mayores joyas arqueológicas de Europa y demasiada gente ha descubierto su existencia precisamente el día en que desapareció.

Ojalá el Tesoro de Villena aparezca algún día sano y salvo. Pero la realidad es que, cuando una obra de esta magnitud entra en los circuitos del crimen organizado, las posibilidades de recuperarla son mínimas. Y eso hace que la tristeza sea aún mayor.

Quizá nunca volvamos a contemplar esas piezas que durante décadas formaron parte de nuestra identidad. Quizá las futuras generaciones de villeneros y villeneras solo puedan conocer el Tesoro de Villena a través de fotografías, libros o réplicas. Si eso ocurre, no solo habremos perdido un conjunto de extraordinario valor arqueológico; habremos perdido una parte irremplazable de nuestra historia y de nuestra memoria colectiva.

Tal vez este robo sirva, al menos, para abrir los ojos. Para comprender que el patrimonio no puede protegerse a medias, que no basta con sentir orgullo por él si no se le dota de los medios necesarios para garantizar su conservación. Y también para que el Tesoro de Villena reciba, aunque sea demasiado tarde, el reconocimiento nacional e internacional que siempre mereció.

Porque el Tesoro de Villena nunca fue únicamente un conjunto de piezas de oro. Era el símbolo de una ciudad, el legado de quienes vivieron hace más de tres mil años y una herencia que teníamos la obligación de preservar. Si finalmente no regresa, el vacío que deja será imposible de llenar.

Por: Gustavo Torreblanca

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