De recuerdos y lunas

Vaya pueblo

Me lo recordó mi hermano la otra mañana de trajines en el campo. Nos lo contaba el abuelo Mateo, el padre de mi madre. Si pudiera acordarme de todo lo que el abuelo nos decía tendríamos artículos para mucho tiempo. Igualmente si trajéramos sus bromas. Que el abuelo sabía muchos decires y tenía muchas ocurrencias ingeniosas. Pero yo no puedo recordar todo. Por ahí guardo algunos papeles de sus chascarrillos y saber popular. Poco a poco, y si la ocasión lo exige, iremos tirando de ellos. Diciéndolo.
El relato que me recordó mi hermano se refería al frío que hace en Villena. Como se verá, la historieta lo ilustra bien. Mi hermano lo contó en la bienvenida al nuevo Director del Colegio Salesiano. El Director, agradecido con los recibimientos y las muestras de cariño de nuestra población al Colegio, cosa que por parte de Villena no podría ser menos, manifestó su querencia a la ciudad y, al parecer, glosó virtudes que le agradaban de su nuevo destino. Mi hermano le retrucó con broma que esos parabienes que tanto nos enorgullece oír a los de Villena, y más viniendo de quien venían, se le acabarían cuando conociera el frío. Para refrendar la broma, acudió a la memoria del abuelo:

En un tren llegaba de madrugada, en pleno invierno, en medio de las oscuridades rotas acaso por la tenue luz de unas débiles bombillas que salpicaban de largo en largo la calle Circo y un poco más fuertes en la Estación, llegaba –decíamos–, un andaluz. El hombre bajó solo del tren y nadie le esperaba. Pronto el tren siguió sus carriles hacia la costa y el viajero cargado con un bulto grande que se echó a las espaldas se encaminó hacia la población. No había apenas salido de la estación, en medio de las oscuridades, cuando un perro comenzó a ladrarle con rabia. Amenazándole con los colmillos entre ladrido y ladrido. El hombre aprovechando su posición torcida por el peso del hato echó mano a una piedra para lanzársela al chucho que le incomodaba. Mas la sorpresa que se llevó el forastero era que la piedra estaba cosida al suelo por el hielo. Y no la pudo arrancar. Así, el desdichado masculló contra Villena: "Vaya pueblo ezte, donde atan las piedras y zueltan los perros".

Es verdad que hace frío en Villena. Bien lo sabemos. Yo lo echo de menos. No es farol que me permite la distancia. Echo de menos los fríos. Aquellos fríos de madrugada que nos acompañaban helando los charcos camino del Instituto. Aquellos fríos que nos ponían la nariz como roca dolorida. Aquellos fríos que se asentaban en nuestras manos paralizándolas. Aquellos fríos que nos espabilaban el cuerpo para empezar las clases nutridas de compañeros. O, por el contrario, aquellos fríos que nos hacían ser perezosos en la cama recogidos entre las mantas y desechando toda posibilidad triunfante de llegar sin morirse desde la cama a la estufa del cuarto de baño. Pero aquellos fríos que añoro también quemaban los esquilmos en los campos. Y cuando eran muy intensos hasta reventaban las tuberías. Y quemados los frutos, el abuelo Mateo, el de los chascarrillos y el de las bromas, el padre de mi madre, lloraba como un niño. Entonces, la verdad es que no sé muy bien por qué los añoro. Pero me agobian estos calores húmedos de donde vivo. Y me molesta el echar a andar y echar a sudar. En Villena notaba la sequedad del hielo. Su dureza. Como la de la piedra que el viajero no pudo lanzar contra el perro que le ladraba.

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