Abandonad toda esperanza

Ballardiana

Abandonad toda esperanza, salmo 177º
Como suele decirse, no es solo que la vida imite al arte, sino que la supera con creces, la agita y tambalea a su gusto, la engulle para regurgitarla después: la muerte de J. G. Ballard me pilló leyendo su autobiografía, Milagros de vida, en la que acaba confesando a modo de golpe de efecto y como colofón memorable que padece un cáncer terminal. Como el espectador impertinente que al salir del cine cuenta el final de la película a los que están haciendo cola para entrar, la muerte se llevaba a uno de los escritores más lúcidos y visionarios de nuestro tiempo y de paso me chafaba el final del libro.

A Ballard, como a tantos otros, lo descubrí en la pantalla grande: con el rostro de un juvenil Christian Bale en El imperio del sol, film de Steven Spielberg que contaba buena parte de la infancia del escritor británico como prisionero de un campo de concentración japonés durante la Segunda Guerra Mundial. Años después David Cronenberg estrenaría su adaptación de Crash, en la que Ballard describía un mundo deshumanizado donde el hombre, en busca de sensaciones y emociones perdidas, se excitaba sexualmente viendo y provocando accidentes de coche. Un libro y una película verdaderamente difíciles de olvidar.

En los días que siguieron a su muerte, convertí un par de clases de 4.º de Secundaria y 1.º de Bachillerato en un homenaje póstumo al autor de Rascacielos. Para ello los alumnos y un servidor leímos, además de un provocador ensayo sobre la Coca-Cola y sus connotaciones como símbolo de colonización, algunos de los relatos de Fiebre de guerra, su último libro -ahora, ya para siempre, al menos en vida- traducido al español.

Algunos de estos jóvenes lectores se entusiasmaron con la prosa alucinatoria de Ballard, un autor tan original como para ser capaz de crear todo un universo de ficción a partir de las cien respuestas a un cuestionario que el lector nunca conocerá o del índice onomástico de la autobiografía, también perdida y por tanto desconocida, de un hombre con complejo mesiánico que influyó en personajes clave del siglo XX. Hasta relatos más convencionales como "El espacio enorme" o el que da título al volumen revelan a un narrador privilegiado, cuya obra, lejos de números malabares tan atractivos como huecos o trucos de magia fascinantes pero irreales, dignifica con su sola presencia la literatura inscrita en eso tan ambiguo, provocador y peligroso que se ha venido a llamar postmodernidad.

Sus quince novelas, sus muchos relatos, son ya parte del mejor legado cultural del siglo pasado. Y ensayos como los recogidos en Guía del usuario para el nuevo milenio o el mismo Milagros de vida son el complemento perfecto a una obra imperecedera que supera el paso del tiempo y se muestra invulnerable a la corrupción de la carne. Lean pues a Ballard, un autor capaz de haber dado lugar a un adjetivo -ballardiano- recogido en el Collins English Dictionary, y uno de los pocos capaces de avisarnos de lo que va a ocurrir mañana, o en apenas unas horas, cuando menos nos lo esperemos y estemos mirando hacia otro lado.

James Graham Ballard falleció en 19 de abril de 2009 a los 78 años; Milagros de vida y Fiebre de guerra están editados por Mondadori y Berenice respectivamente.

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