Estación de Cercanías

Callejeros

Es descorazonador verles desgastar suelas y aceras con estos fríos. Observar sus narices enrojecidas, sus cuerpos ateridos por la humedad de esta Villena. Son muchos, y a poco que nos fijemos los encontremos en bancos, en los parques de nuestra ciudad, en portales al resguardo del invierno y a la sombra del estío.
Se hacen presentes en cualquier oquedad a pie de calle que les haga las veces de cobijo, para transformarla desde su atalaya de vida en esa techumbre bajo la cual dar rienda suelta a sus conversaciones, a sus penas y alegrías, espacios a la intemperie que a modo de confesionario urbano albergan tantos secretos como gozos, tantos amores y desamores, tantos besos, tantas amarguras y pesares… que al final acaban siendo el espacio en el cual deciden pasar sus momentos alejados del calor del hogar, de la mirada de su familia; porque en él se respira libertad, y cimentación del yo interno que acaban de descubrir, y se huele a nueva vida, a nuevas experiencias, y cuando les miras resulta todavía más conmovedor ver la alegría reflejada en sus ojos, en sus expresiones, porque sientes que todavía les quedan arrestos para reír en este escenario, para plantar cara a la lluvia o al frío, para hacer de esa fuerza interior –que se añora sobre manera años después– el refugio inhibidor de un exterior al que han pasado a pertenecer sin quererlo, y del que forman parte empatados con farolas, papeleras, contenedores y otros enseres urbanos, porque les hemos transformado entre todos en decoración callejera.

Y duele reconocer la culpabilidad, escuece pensar que hemos sido instigadores de esta situación que les ha condenado a errar por las calles. Por activa o por pasiva, desde la política con poder o sin poder, desde las asociaciones ciudadanas, desde la iniciativa privada y desde el conformismo que está carcomiéndonos sin dolor, pero con deuda. Yo me pregunto qué ha podido suceder en estos años para que tan abrumador abandono se haya instalado con toda su corte entre nosotros y haya secado entre minucias, renuncias, giros de cabeza e intereses personales o políticos aquello que en otras épocas no muy lejanas era normalidad.

En verano es menos patente la condena, el calor es más benévolo con las calles, la luz gana a las sombras, salimos de casa con mayor frecuencia y entramos más tarde, somos compañía y no están tan solos, tan olvidad@s, la calle somos muchos más y puede que se le vea menos. Pero están, y muy a mi pesar lo van a seguir estando, para nuestra vergüenza, y para recordarnos con su presencia que le hemos fallado, que no hemos sido capaces de conservar lo que había para su ahora, que nos hemos olvidado de ellos y ellos lo harán irremediablemente de nosotros y del pueblo que le ha visto nacer y crecer o que les ha recibido entre sus casas.

Y tan solo basta con ver las peticiones que desde los partidos y las asociaciones se hicieron y se vuelven a realizar para la distribución del nuevo plan E, y nos daremos cuenta de que son los grandes olvidados y olvidadas, de nuevo han quedado fuera de lo que se considera necesario en un macabro juego de desagravio comparativo con los vagabundos reconocidos y conocidos que también hacen de la calle su hogar, ellos en ocasiones tienen una alberge y unos servicios sociales a los que acudir. Porque sus compañeros errantes, nuestros hijos e hijas, a los que hemos condenado a vagar por las calles, no tienen donde llamar, donde entrar ni donde poder ejercer de lo que son, adolescentes, si no es en locales que cual dispersos guetos les confortan la reunión.

(Votos: 0 Promedio: 0)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba