Estación de Cercanías

China

Es tiempo de retorno. Agotada la tregua que julio nos ha concedido, y mientras esperamos la llegada de la nueva que nos traerá septiembre, les contaré lo lejos que me han llevado estos días de descanso. Por casualidad, como se presentan en muchas ocasiones las grandes oportunidades, llegó a mí la propuesta que un grupo de amantes de las estrellas de la vecina Beneixama hacían para ir a ver, en el punto más idóneo y perpendicular del planeta, el eclipse total de sol más largo del milenio, y ese punto fue Anji y su jardín botánico.
Esta localización concreta estudiada por los expertos se encuentra en China, y un arrebato, allá por febrero, nos empujó a aceptar la iniciativa y a acompañarles en esta aventura que ha resultado única, interesante y sorprendente. Para ello fue primordial notar cómo el grupo de 25 atrevidos cuajó al momento y sirvió de perfecta estructura que facilitó, si cabe, el mayor disfrute de las sensaciones y rubricó la experiencia con sobresaliente.

Es difícil resumir diez días en 600 palabras, pero para mí los viajes son estímulo de mis puntos sensitivos y, si bien es cierto que he quedado boquiabierta con los grandes rascacielos de la cosmopolita Shanghai y las hermosas pagodas de Hangzhou, arrebatada con las místicas y magníficas edificaciones de la Ciudad Prohibida de Beijing, que irradian hermosura de techo a suelo y te sumergen en un ayer no tan lejano que se huele todavía, y prendada de la gran muralla china, que bien merece el título de maravilla del mundo actual, porque ciertamente lo es, lo que más despierta mi curiosidad y pone a trabajar mis pensamientos son las historias de la gente, el saber de sus costumbres y tradiciones, entender los porqués de sus conductas, de sus creencias y sus formas de vida, porque sólo embebiendo del fondo puedes entender la superficie, que por desgracia es lo único que puedes visualizar en tan escasos días con tanto programado.

Como ya intuía China me trasmitió paz. Una paz interior que no se aprecia en su forma de vida, o por lo menos en la de las capitales que conocí, porque en ese lugar de Asia todo se suma en grandes cantidades, sus habitantes, su territorio o sus distancias internas, con urbes interminables donde el trasiego y el trabajo de sus millones de habitantes desde intempestivas horas matutinas es constante día y noche, y te regala un tráfico endemoniado e irrespetuoso con las señales que puso a prueba nuestra adrenalina; pero a poco que descendimos esa primera escalera en la que el avión nos dejó, pudimos conocer sus templos budistas, con dioses sonrientes y dorados, enojados o felices, que nada tétrico trasmiten, pues nada saben de pecados carnales o veniales estas deidades que persiguen la superación del torpe conocimiento humano que les suba al Nirvana o estado supremo de sabiduría sin promover el sometimiento por la vía del temor divino.

Y me gustó cómo miman la naturaleza, cómo apuntalan los grandes árboles para impedir su derrumbe o cómo los envuelven con cuerda para protegerles de sus predadores. Me gustó el rojo felicidad en sus interiores, y el azul cielo en sus exteriores, y sobre todo la limpieza mental que sobre el aborto, la ingesta de animales aquí impensables o su restricción de la natalidad aceptan porque son muchos, con los muchos problemas sociales que eso les está acarreando y un comunismo muy atípico que no puedo compartir, pero que evidencia una mentalidad que prioriza lo humano, lo social y lo necesario en pos de la supervivencia de su raza, liberándoles de oscuros estigmas que sólo son pesados lastres para nosotros los occidentales.

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