Estación de Cercanías

Crispación

Seguramente sea esta palabra, seguida de política, uno de los términos que más veces escuchamos en cualquiera de los medidos de comunicación con los que contamos; tanto a nivel local, provincial o nacional y desde cuales quiera de sus ámbitos nos llega a bocanadas adornando el panorama diario de lo que acontece y dejándonos todo un abanico de conductas en que algunos de sus parientes más cercanos, llamémosle indignación y en casos extremos violencia, acuden junto a ella al menor toque a formación.
Con frecuencia la encontramos en las continuas declaraciones con fuego cruzado que se dedican políticos de uno y otro bando, demostrando que sus pretensiones de generar debate y no batalla son nulas. Intuimos la intención de llamada en el vulgar e improcedente video de Juventudes Socialistas –aunque verdaderamente fue más irrisorio que irritante. Contribuyeron a su éxito los delirios de grandeza de Rajoy al mostrar públicamente su orgullo patrio y pedir que todo aquel que se sienta español lo exprese luciendo el símbolo de la unidad nacional, la bandera, en balcones o solapas, justo lo que necesitamos en estos momentos, con el exitoso resultado por todos conocido de silbidos y abucheos que un grupo de exaltados le regaló a Zapatero cuando se procedía a honrar la memoria de aquellos soldados que han muerto en acto de servicio.

Se aprecia en la quema de fotos del Rey, cumpliendo con su destructiva misión en las calles de Bilbao y San Sebastián; está presente en partidos de fútbol, en los cuales campa a sus anchas al mínimo desliz, en escuelas y en los “machos” que hacen de ella escudo de su cobardía para maltratar a mujeres y niños. Yo la viví en primera persona al comprobar cómo el mencionar a Miguel Hernández con la sola pretensión de abogar por sus palabras sobre todas las demás armas, propició un agrio debate que derivó en recuerdos de una guerra que fue vergüenza de todos, pero a la que invocamos cuando las argumentaciones que sustenta una controvertida conversación entre los “rojos” y “azules” empiezan a flaquear; pero esta crispación manifiesta y palpable, esta facilidad que se tiene hoy en día para convertir en violencia una distinta opinión, diferentes criterios o aficiones contrarias, no es la que más me preocupa, para mi sorpresa; esas vociferaciones, esas salidas de tonos o esas medidas de protesta públicas están localizadas por el mero hecho de serlo, y si son meritorias de castigo pueden ser objeto de ello, y si por el contrario se extinguen sin mayor trascendencia todos somos conocedores de los motivos que las generaron y con ello tenemos la posibilidad de poder trabajar para mejorar…

¿Pero qué pasa con las iras y protestas que soterradas bajo la ficticia apariencia que nos quieren dibujar son un perfecto caldo de cultivo para rencores, discriminaciones y justicias de propia mano? Válganme para ilustrar esta pregunta algunas conversaciones que he tenido con familia y amigos sobre el continuo goteo de inmigrantes que llegan a nuestros pueblos y los aparentes tratos de favor que reciben en temas sanitarios, escolares o legales. Quedé perpleja ante la semejanza del sentir discriminatorio que ellos manifestaban ante los que llegan, así como por la vehemencia y la ira que presentes y comunes a la hora de tratarlo alejaban toda posibilidad al razonamiento justo, humano y sensato, quedando esto último lamentablemente absorbido por uno de los grandes agujeros que se están formando bajo nuestros pies sin que nos demos cuenta, y que tal y como sucedió con la hormigonera en días pasados, y si no lo remediamos, abrirán su boca de par en par para mostrarnos una realidad que, alentada por los que deben apagarla, está prendiendo peligrosamente.

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