Cartas al Director

Diario

Este «supuesto» diario es un homenaje a los hombres, mujeres y niños que han muerto y a día de hoy lo siguen haciendo, por culpa de la codicia y el ansia de poder de unos pocos. Hoy se cumplen 48 años de la explosión de la Fábrica de la Pólvora en Ibi donde murieron 33 personas.
16 de agosto de 1968. Me llamo Luisa Sánchez Moral y ustedes me disculpen si en estas torpes líneas no disfrutan de una literatura muy pulida. Aprendí a leer en periódicos viejos que los señoritos llevaban a «Los Ciberos» cuando iban a vigilar el crecimiento de sus cosechas y a comerse las mejores viandas de la despensa. Después, muy poco a poco, fui garrapateando y ahora puedo escribir este diario con la intención de ir poniendo en él todo lo que me pase en esta nueva vida que se me presenta.

De muy chica, he pasado una guerra de la que no hablaré porque da mucho miedo y una posguerra luego, de la que callaré mi sufrimiento. Aprendí muy deprisa a vivir con lo justo, las tareas del campo y del corral, la comida a su hora, el friegue, la ropa… la resignación… y a ocupar el sitio de una mujer en un mundo que era, como decían los curas, como un valle de lágrimas.

Cuando correspondía, me casé con un hombre huraño y derrotado que en otoño hace planes para la primavera y al llegar el invierno se percata que las cuentas no salen. Entre tanto he lavado sus miserias y he tratado de terminar lo más pronto posible las cosas de mi casa para sentarme en la máquina de coser y ganar algunas pesetas con las que sobrellevar mejor estas penurias.

Pero llegó un día en el que no tenía ni cuartos ni posibilidades de que el tendero me siguiera fiando, le eché valor y me vine del pueblo, como tantas personas que decidieron probar suerte en sitios industriales que se llenan de andaluces y manchegos en busca de un jornal más seguro. No fue fácil porque mi marido no quería, pero la realidad sólo era una, no podíamos seguir viviendo de esa manera. No teníamos futuro y menos nuestros hijos.

No han sido fáciles aquí los comienzos, pero parece que las cosas empiezan a arreglarse. Mi hija tiene dieciocho años y trabaja en Paya, la fábrica más grande de este pueblo, y mi hijo que, a lo primero, tuvo que ir a Don Álvaro, lleva un curso metido en el colegio; diez años tiene ahora. Yo he seguido cosiendo, en casa como siempre, vestidos de muñecas; echando muchas horas para ganar un duro... Ahora me he colocado en la fábrica de la pólvora donde se gana bien, según me han dicho.

Hace un calor tremendo en esta tarde. Acabo de fregar los platos, la sartén y los vasos que hemos utilizado en la comida y me voy enseguida a la faena. Tengo cuarenta años y con esta alegría del trabajo estrenado parece que regresa la fuerza de los veinte. Es mi tercera tarde en MIRAFÉ, y cuando sean las ocho, como es viernes, me traeré en el bolsillo el primer sobre.

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