Cartas al Director

El ciclo de la historia

La invasión de Rusia de Ucrania no es más que otro capítulo de una serie histórica que está muy vista, lo que no nos exime de sacar algunas consecuencias

La invasión de Rusia de Ucrania no es más que otro capítulo de una serie histórica que está muy vista, lo que no nos exime de sacar algunas consecuencias.

La Historia nos enseña que la violencia -en sus múltiples facetas- no surge de improviso, sino que es un proceso de gestación; un país no ataca a otro de la noche a la mañana; en un plazo más o menos largo en el tiempo, hay un país agresor que está “calentando el ambiente”. Para que se llegue al punto culminante es importante -muy importante- que el país agresor sea nacionalista y que el amor a la patria sea indeleble. La clase dirigente manipulará al máximo sus recursos persuasivos: bandera, himno y símbolos serán utilizados para que la ciudadanía los haga suyos, pero -y ésta es la clave- desde la sinrazón, desde la apelación a la irracionalidad, al sentimiento, y nunca desde la información contrastada y objetiva. Y si en algún momento, tocara mentir, crear noticias falsas, se haría sin mostrar rubor moral alguno.

Una ciudadanía sometida por los Poderes político, económico y periodístico es una ciudadanía ignorante, indiferente y temerosa por lo que no realizará ningún acto contrario a las decisiones de sus dirigentes. De hecho, deja de ser ciudadanía y es degradada al convertirse en una masa de personas súbditas, con mentalidad servil, que es el primer interés de quienes dirigen el país.

Así, la siempre minoría gobernante ondea banderas, emociona con el himno nacional y comienza a preparar la última decisión, el ataque que suele ser preventivo porque el mensaje es claro: bien porque la nación lleva mucho tiempo vilipendiada por territorios vecinos que nos pertenecen históricamente, bien porque existe un complot internacional contra la nación -en abstracto, sin precisar detalles- y hay que responder o, simplemente, porque existe un Gobierno en el país que busca hundirlo -¿?- y debe ser depuesto -sin ir más lejos, recordemos cómo terminó la democracia republicana en España-. En todos estos casos, tenemos el victimismo como justificación para adelantarse y comenzar a atacar, antes de que se produzca la irremediable ofensiva enemiga.

Llegado el terrible momento, la movilización del Ejército es inmediata; se ponen en marcha todas las unidades militares -llevaban tiempo preparándose para la batalla- con sus correspondientes soldados que, en su gran mayoría, pertenecen al estamento degradado -súbditos- y que van a luchar, matar y morir.

Los dirigentes son quienes han pergeñado el clima de tensión bélica con sus discursos patrioteros y han colmado de odio sus irrupciones en las -controladas- televisiones y demás medios informativos, pero no acudirán a luchar. Se quedarán en la retaguardia. Y no solamente ellos, sino también sus miembros familiares más directos. Otros serán quienes queden mutilados, reventados en las refriegas.

Si la dinámica de la guerra es favorable, sus pechos se hincharán de orgullo nacional; en caso contrario, volverán a enviar más gente súbdita -al fin y al cabo, prescindible- bajo represión si fuera necesario aplicar.

¿Cómo será el fin de la guerra cuando llegue? Leído todo lo anterior, es más que previsible: tratado de paz, reajustes territoriales, miles de personas fallecidas, muchas de ellas sin que sus familias jamás lleguen a saber dónde están enterradas; miles de traumas, sobre todo, infantiles y adolescentes lo que equivale a decir que llegarán al proceso de madurez personal de la peor de las maneras.

Finalmente, no olvidemos que la guerra es un negocio y de los más grandes: todo lo destruido se reconstruirá por lo que crecerá la producción industrial y también el empleo -aunque en menor medida-, al tiempo que se incrementará la inversión en el sector armamentístico que también crea empleo, aunque lo destruya posteriormente.

Por: Fernando Ríos Soler

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