Literatura

«Lo imposible» (Concurso de Relatos Breves San Valentín 2013)

Lo imposible lo propició el abrazo. Yo sé que se le escapó el abrazo. Ángel es de mi gente. Mi amigo. Quizás mi mejor amigo. Mi mejor amigo, sin duda. Los dos éramos unos cinéfilos considerados bichos raros de nuestro género y por tanto poco socializados según la mirada de todos los de nuestra condición. Así que nos conocimos en el único lugar que podíamos conocernos: la cola del cine.
Se tropezó con mi pie. Eso me sacó de mi ensimismamiento y me enfadé. Creo que le llegué a insultar. Se enfadó porque había sido sin querer y me devolvió el insulto. Y me dio la risa. La verdad es que no le entendí. Y él se rió, por simpatía. Y eso hicimos, reírnos. Y eso nos hizo inseparables. Siempre reíamos más que hablábamos. Así que las carcajadas construyeron las curvas que nos unieron. Son nuestro idioma. En realidad, eran nuestro idioma, porque ahora solo nos cubre (y aleja) el silencio. Un silencio sin sonrisa, triste e incómodo.

Todo lo propició el abrazo. Yo sé que se le escapó el abrazo.

Terminábamos de ver por quinta vez “Lo imposible”. Salíamos por la puerta del cine y nos reíamos, claro, aunque era una película trágica donde las hubiera: cataclismo, muerte, desiertos, un superviviente, búsquedas, miserias, pena y tristeza. Para saber que habíamos entendido la película deberíamos haber salido llorando, cabizbajos e incluso con miedo por la posibilidad de que algo así nos sucediera. Pero, pisábamos la moqueta que nos llevaba a la puerta y veíamos que todo seguía igual…y nos daba la risa.

Recordábamos las escenas más espeluznantes, las más desesperanzadas, las más míseras… y nos imaginábamos en esa situación, peleando por sobrevivir… y se nos iba la pinza creando historias muy raras. Cada uno de nosotros inventaba sucesos más disparatados y desternillantes hasta llegar a pensar, incluso, en qué haríamos si fuéramos los últimos habitantes del mundo. A veces, llegaba a creer que me mearía encima con tanta carcajada.

Y así estábamos, riéndonos, cuando de repente y sin necesidad, me abrazó. Le aparté, por supuesto. Y le miré, para dejar de mirarle. Y me puse seria. Y colorada. Él se percató. –¿Qué pasa? –Me he meado encima. Déjame.

Y me fui. Rabiando y desbocada, avergonzada y rechinando. Y no me ha llamado. Ni yo le he llamado a él. Ni me ha escrito. Ni mensaje. Ni corto ni largo.

Y es que cuando las cosas van bien, ¿qué necesidad hay de abrazar a alguien? Si nos reíamos felices, ¿por qué me abrazó? ¿Y por qué le aparté de mí? ¿Qué necesidad hay de apartar a alguien cuando te abraza? ¿Y por qué me puse roja? ¿Y por qué no le dije la verdad? ¿Y por qué no me llama? ¿Y por qué no le llamo yo?

Y por fin…

- Hola
- Hola
- No me hice pis encima
- Ya lo sé
- ¿Vamos al cine?
- Sí, pero cambiamos de peli
- Vale.
- Vale.

Y ahora no estoy roja, estoy blanca. Y ya no estoy ensimismada, estoy fuera de mí y no me encuentro. He salido de casa tres veces y tres veces he vuelto a entrar porque creía que olvidaba algo. Tengo la mente sólo pendiente de una cosa: dar un abrazo a Ángel, en cuanto lo vea. Si lo imposible ha sucedido, ya no tengo excusa para no abrazarle.

(Votos: 0 Promedio: 0)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba