Cartas al Director

Luego diréis que no lo habíamos advertido

No ha transcurrido una semana desde que empezaron las vacunaciones y ya habéis podido constatar cuánta razón teníamos los negacionistas

No ha transcurrido una semana desde que empezaron las vacunaciones y ya habéis podido constatar cuánta razón teníamos los negacionistas, los adictos a la lejía, los “avisadores” de conspiraciones cósmicas, los neo jipis, la gente de extremo centro y, en general, todos aquellos a los que nos ha sido reveladas las claves seculares con las que se descifra el universo y no necesitamos ir a las universidades, ni leer muchos libros, ni todas esas tonterías que luego hacen que te estalle la cabeza de tanto pensar.

En estos escasos siete días los hechos confirman hasta qué punto estábamos acertados los que os venimos advirtiendo de que todo lo que nos conviene a nosotros es lo bueno y de que lo que nosotros afirmamos son certezas irrefutables que no necesitan de estudios ni de ensayos porque están basadas en las verdades del barquero de toda la vida y tienen la fuerza que da decir las cosas mientras se mastica un palillo de dientes.

Ved, si no, como ya han empezado a nacer niños con branquias en muchos hospitales. Observad, los descreídos, esas mutaciones genéticas que han convertido muchos labios de mujeres en auténticos morros de cerdo que les impiden hablar con claridad. Mirad con atención, esos enormes cuerpos masculinos sostenidos por endebles canillas del grosor de un sedal de pesca. Atended, con horror, a las noticias que nos llegan desde Turquía con las nefastas consecuencias del micro chip del 5G inoculado culpable de que a tantas personas sin un pelo de tontas les nazca pelambrera abundante en cualquier parte del cuerpo a excepción de los globos oculares y las uñas. Imaginad, si aún os queda energía, el panorama de esos países en los que la inyección ha convertido a sus habitantes en seres anodinos que, en los ascensores, los supermercados y las colas de las panaderías, solo hablan del tiempo.

Capítulo aparte merece la previsión para nuestra amada patria. De sus cuarenta y siete millones de habitantes (poseedores, por tradición, de un amplio bagaje cultural y científico y aficionados al ajedrez y la filosofía) se calcula que más del noventa y cinco por cien quedarán inhabilitados para cualquier destreza intelectual por culpa de la vacuna. Hay doctos parroquianos fijos de las terrazas de algunos bares que afirman que serán unos pocos cientos de miles (aquellos que se niegan a ser vacunados y para ello han huido a los bosques de las hadas protegidos por la bandera con la gallina) los que quedarán con el discernimiento y el vigor sexual necesario como para perpetuar nuestra raza y repoblar los pueblos y ciudades.

Este es el panorama al que nos enfrentamos por culpa de los chinos, de Venezuela, de los científicos locos, de Bill Gates, de los gobiernos comunistas de toda Europa y de la derechita cobarde que les baila el agua. Pero, sobre todo, por culpa de la ignorancia de una sociedad que prefiere hacer caso de personas que no tienen vida porque llevan treinta o cuarenta años metidos en laboratorios estudiando e investigando y están tan amargados que sólo desean que el mundo se vaya al carajo. Otro gallo nos hubiese cantado si la gente hiciera caso de los seres de luz y de ciencia infusa que con un par semanas de cursillos son capaces de comunicarse con los espíritus que les transmiten la infalibilidad y el conocimiento.

¡Un desastre! Pero ahora os tengo que ir dejando porque veo que ya se acercan las naves que nos trasladarán, a quienes nunca nos creímos esta patraña del Covid-19, a un planeta en el que podremos comenzar de nuevo. Todos hemos puesto en nuestros equipajes un buen cargamento de palillos para que nuestros nietos puedan creer esta terrible historia del fin de la civilización. También nos llevamos los planos de las máquinas de fabricar palillos para que, en el futuro, todos puedan contar esta catástrofe, de generación en generación, a sus descendientes en la manera que la recibieron de sus ancestros; así, con el palillico bien mordío y en un lao de la boca, como ha sío siempre.

Por: Felipe Navarro

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Un comentario

  1. La vacuna es fundamental, pero a su tiempo. No va a ser un bálsamo repentino.
    Además de las dudas existentes por la celeridad:

    * ¿Cuánto dura la inmunización de la vacuna?
    * ¿Se puede seguir contagiando a otros una vez vacunado?
    * ¿Qué más efectos o reacciones pueden haber además de los casos anunciados hasta ahora?

    Sigamos con mascarilla hasta que avancen más en la investigación, independientemente de ser vacunados o no.

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