Abandonad toda esperanza

Muchos miles de palabras

Abandonad toda esperanza, salmo 14º
No por tópico, lo de que una imagen vale más que mil palabras deja de ser cierto, al menos en la capacidad de las imágenes para perdurar en el recuerdo.

A lo largo del año se leen varios libros y cómics, se escuchan algunos discos, se acude a conciertos, se visita alguna exposición... pero al final, lo que más deja huella, son las imágenes cinematográficas. Ni siquiera el teatro tiene esa capacidad de fascinación de la que disfruta el celuloide proyectado en una sala oscura.

Muchas son las imágenes, y aquí no me caben todas, del casi centenar de cintas vistas que se agolpan en mi memoria: el burro deprimido que intenta suicidarse en La vida es un milagro de Emir Kusturica, un poeta como no había en el séptimo arte desde Fellini; las frases sentenciosas del moderno exorcista Keanu Reeves en la reivindicable Constantine; el triste final de Reencarnación, con una prodigiosa Nicole Kidman; las incendiarias miradas del pasional médico y la joven stripper que encarnan Clive Owen y Natalie Portman en Closer; la capacidad de fantasía del autor de Peter Pan en Descubriendo Nunca Jamás; el abismo en la mirada de ese monstruo humano llamado Hitler en El hundimiento; la historia de amor sin palabras de los peculiares ocupas de Hierro 3 de Kim Ki-Duk; la sentencia "El entrenamiento no es nada; la voluntad lo es todo" que le espeta a Bruce Wayne su mentor en Batman begins, obra maestra del género superheroico; la magistral primera media hora de La guerra de los mundos, o cómo Steven Spielberg filma la calma que precede a la tormenta; el "Vale la pena morir, vale la pena matar" de un irreconocible Mickey Rourke en Sin City, ante la pregunta "¿Crees que vale la pena morir por el cadáver de una puta?"; la triste historia de amor en un mundo aún más triste del Código 46 del camaleónico Winterbottom; el horror visceral de la claustrofóbica (y recuperable) The descent; la valiente humildad del Braddock al que da vida Russell Crowe en Cinderella man cuando pide limosna a los empresarios del boxeo; Bill Murray en el cementerio bajo la lluvia, en Flores rotas de Jim Jarmusch; el trabajo de Eduard Fernández, nuestro mejor actor, en Hormigas en la boca y El método; y Al Pacino, todo él, tan simple como eso, en El mercader de Venecia.

Dejo para el final los momentos más perdurables de las que son, en la opinión del que esto firma, las mejores películas vistas en 2005: esa caja que se abre ante el protagonista de Oldboy y deja al descubierto la cruel broma que es su vida; esos perdedores llenos de verdad a los que da vida Paul Giamatti en la fascinante Entre copas y en American Splendor, esa adaptación de cómic que no se parece a ninguna otra; esos estallidos de ira que jalonan la cotidianeidad de Una historia de violencia, nueva joya (y van...) de David Cronenberg; y, finalmente, esa camarera llena de ilusiones, que guarda las sobras de los clientes para cenar en casa, de la desgarradora Million Dollar Baby de Clint Eastwood, un cineasta tan poético, aunque en otro estilo, como Fellini o Kusturica.

Mis mejores deseos para los lectores de El Periódico de Villena: que el 2006 no les traiga más que satisfacciones. Entre ellas, las de un cine tan bueno como el citado.

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