Calle Mayor

Navalón

No es hoy día de respuestas. Sólo de callar y llorar y abrazar a una familia tan querida

Ha fallecido Luis Ramón Navalón Marcos, mi amigo festero de cabecera. Y no me lo puedo creer. ¿Con quién echaré mis primeras lágrimas el día 5 por la mañana, con la fresca? Porque, como muy bien definió Alfredo Rojas en la revista ‘Villena’, en nuestra ciudad decir “es día 5, y es por la mañana”, es decir muchísimo.

Para mí, un día 5 por la mañana era encontrarme con Navalón en la Corredera, en la calle Mayor o en la plaza de Santiago, abrazarnos, mirarnos la piel de gallina, vernos los ojos enrojecidos, y poco más. Sobraban las palabras. Su pasión por la música festera, por una buena banda pegada a los riñones, me llevó una vez a compartir con él la Entrada de Muro de Alcoy. Le pedí el favor de que pasara a recogerme por la redacción de ‘La Verdad’ de Elda, años 90, y allá que nos fuimos a disfrutar de un verdadero concierto en la calle. Navalón me ayudó mucho a entender aquello que no se puede explicar con palabras. Hasta qué punto las fiestas de moros y cristianos pueden mover lo mejor que hay dentro de nosotros. Haciéndonos transcender de lo terrenal hacia lo inasible.

Se nos ha ido Navalón, el hijo de Amado y Amparín, una bellísima persona, un amigo noble y leal. Nacimos el mismo año, y apenas cumplimos los 6 compartimos aula en las Escuelas Parroquiales de los hermanos Sánchez Griñán. Desde aquel curso han pasado 50 años, que parecen muchos, pero que son demasiado cortos para que alguien con un corazón tan enorme haya dejado de latir y de sentir. ¿Dónde irá a parar todo ese cariño todavía inédito hacia la escuadra de Jenízaros, en las vísperas de sus días grandes; dónde todo ese torrente de amor del bueno? No es hoy día de respuestas. Sólo de callar y llorar y abrazar a una familia tan querida.

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Un comentario

  1. Mi querido amigo Luis. Nos has dejado sin habernos despedido. Todavía me acuerdo de la conversación que tuvimos por teléfono y me conmovió hasta el último poro de mi piel. Llorabas y me explicabas tu nefasto diagnóstico e intenté tranquilizarte conteniendome mis emociones sabiendo de la fatalidad que conlleva el mismo. Me faltó ir a verte o llamarte muevamente… pero fui cobarde. Tenía mucho miedo. Ahora me arrepiento de haberte dicho lo mucho q te he apreciado por lo generoso que siempre has sido conmigo. Besos para Mari y un abrazo para Jorge.

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