Cartas al Director

Otra vez las vacas, y ya van…

Matando las vacas quedaría alguna gente contenta creyendo resuelto el problema del metano…


Hace tiempo que escribí sobre esto, y jocosamente llegaba a la conclusión de que matando las vacas quedaría alguna gente contenta creyendo resuelto el problema del metano, ese gas de potente efecto invernadero, cuya acción dicen que es treinta veces superior al del gas carbónico, y en el mismo tono humorístico decía, y sigo diciendo, que además de las vacas y resto de rumiantes, más los équidos con sus ciegos intestinales fermentando piensos y forrajes, nosotros, los humanos, que cada vez somos más numerosos, también contribuimos eficazmente a la producción metanera con nuestras pedorretas -perdonen la broma-, y quien no se lo crea, suelte una de ellas sobre una llama o chispa eléctrica y verá la llamarada que se produce en su trasero con el consiguiente depilado y chamuscado. Y en lo de defender las vacas, los animalistas, tan atentos a oponerse a las corridas de toros y al deporte de la caza, que yo sepa, hasta ahora no han dicho ni muuú.

Puede parecer un chiste lo dicho en el párrafo anterior, pero es cierto, y como cierto, vamos a tratarlo así, y en serio.

En los medios de comunicación se está comentando estos días un informe de la ONU sobre el calentamiento global que parece en parte calcado del que hace años elaboraron un grupo de científicos ingleses, al parecer para llevarlo entonces a la reunión del protocolo de Kioto, y en el que se acusaba a las vacas de producir y expeler por sus traseros nada menos que el veinticinco por ciento del metano de toda la actividad humana, ganadería incluida. En este nuevo informe, la ONU nos aconseja hasta lo que tenemos que comer para producir menos metano, y se dice, según cuentan, que solo con el que producen las vacas se supera el que genera todo el transporte europeo. Pues claro, hombre, ¡qué listos son ustedes! Hasta yo, que no soy científico, aprendí en química orgánica elemental que el metano, el primero y más ligero de la serie de hidrocarburos saturados, con solo un átomo de carbono y cuatro de hidrógeno, se quema en cualquier motor, sea de uso terrestre, marino o aéreo, y se transforma en gas carbónico y agua, y eso les lleva a pensar que las inmensas caravanas de vacas con ruedas que llenan nuestras ciudades y carreteras, más las naves que cruzan los cielos y mares, son inofensivas, pero no dicen que sus motores, además de mucho gas carbónico producen también monóxido de carbono, óxidos de azufre y de nitrógeno, y que además escupen por sus tubos de escape hidrocarburos pesados sin quemar para contribuir a envenenar el aire que respiramos. Y no entro aquí, que lo dejo para otros, en el resto de vacas como los vertederos de basuras donde cada noche descargan los camiones que se las llevan de nuestras calles, las explotaciones petrolíferas y gran parte de la actividad industrial, aunque no se las acuse de producir metano, que lo producen en abundancia.

Pero hay otras fuentes de metano, además de las dichas hasta ahora (y reservo para el final el de la gran supervaca, que hasta tiene nombre propio). El metano también tiene otros nombres muy raros que nuestros científicos no nos dicen, ni falta que hace, aunque debieran hablarnos de otros más familiares. Por ejemplo: como se libera también en las minas de carbón, y explotaba matando mineros antes de inventarse la lámpara de seguridad, se le llama grisú a la mezcla de aire y metano; y para los que amamos la Naturaleza, vacas incluidas, también se le llama gas de los pantanos, pues en las aguas estancadas, donde abunda la materia orgánica, se produce de modo natural por la fermentación anaerobia de la celulosa. Aquí podemos incluir algunas de estas especiales “vacas” como la Albufera de Valencia, el Hondo de Elche, las lagunas de Ruidera, Doñana y otras muchas en España y resto del mundo, que no creo que estemos dispuestos a matarlas. Por cercana, citaré la laguna de Villena, que sí que fue muerta a causa de la construcción de una acequia de pomposo nombre, la del Rey, que vertió (y vierte) sus aguas al Vinalopó. Y ya que cito a Villena, a esta ciudad la conocí en otros tiempos con una cabaña ganadera de unas mil quinientas reses de vacuno de carne y leche, aparte de gran cantidad de ganados de ovejas y cabras, y también, por proximidad y origen de nacimiento, citaré la Vega Baja, donde prácticamente en todas las fincas había ganado vacuno de labor y engorde, y nadie hablaba del metano, pero ahora que todo este ganado, la laguna villenera y varios otros humedales han desaparecido, el metano es un problema; y la culpa, de las vacas.

Como no quiero alargarme y echar mano de repetir demasiadas cosas publicadas hace tiempo, y que no sirvieron de nada, me limitaré a recordarles la gran vaca, la supervaca, la inmensa vaca que les anuncié antes, cuyo nombre propio, que lo tiene aunque algo raro, es permafrost. Esta vaca creo que no la nombran para nada los doctos asesores de la ONU y autores del informe, y no me cabe la menor duda de que la conocen muy bien, por supuesto mejor que yo, y también saben que esta vaca es la fuente de metano que supera con creces a todas las demás con la producción de miles de toneladas diarias, pues su tamaño es de miles de kilómetros cuadrados de superficie y varios metros de profundidad. El permafrost, para entendernos, es algo así como una mezcla de barro y de hielo congelado de depósitos submarinos y de fondos de pantanos de las zonas próximas al Polo Norte, formados antes de la última glaciación, y que ahora, al calentarse el mar y los pantanos, se libera el aprisionado metano fósil, el cual, por saturación, no puede mantenerse disuelto en el agua y sale irremediablemente a gran velocidad hasta la superficie burbujeando y emigrando después hacia la alta atmósfera para contribuir eficazmente al calentamiento global.

Pero a esta supervaca, miles de años dormida y a la que no se nombra en los medios de comunicación, no la han despertado los mugidos de las humildes vacas que nos dan carne y leche, además de cuero para hacer zapatos, sino los millones de vacas a motor, los vertederos, la industria y todo aquello que quema combustibles fósiles sin control acelerando el cambio climático y derritiendo los casquetes polares, y de eso somos responsables los humanos, no las vacas, algo que, como dije más arriba, saben muy bien los doctos -y seguramente bien pagados- asesores de la ONU, pero que se callan -ellos sabrán por qué- como si no lo supieran.

Por: Rafael Moñino Pérez

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