Estación de Cercanías

Queridos Reyes…

No se me asusten, que no voy a enviar ninguna misiva a la Zarzuela, bastante tienen allí con tanto nieto a los que regalar en estas fechas (obviaré la fotito navideña, que tiene tela). Mi carta va dirigida a otros reyes, los de Oriente, a los cuales hace años perdí la maravillosa costumbre de escribir por estas fechas, y digo maravillosa porque me inyectaba una dosis de euforia hasta ahora jamás recuperada, y como creo que rectificar es de sabios, y necesito un buen subidón de esa sensación, desde este año vuelvo a ponerme manos a la obra. Y lo hago porque creo que ilusiones como ésta no deben abandonarnos nunca, porque no debemos renunciar a esos espacios donde todavía nos encontramos con el niñ@ que un día fuimos, y porque, lamentablemente, sólo me quedan ellos como magos que son para recrear esas esperanzas –en muchos casos utópicas–, pedir todo lo que quiero este año y creer por unos días que se van a cumplir –ignorante de mí–, pero como los sueños, sueños son… ¡allá voy!
Lo primero y más importante, no más niños trabajando cuando deberían estar jugando, ni más niñ@s como juguetes de mentes depravadas, no más niños escalando montañas de basura cuando deberían estudiar, ni más niños llorando de hambre cuando deberían reír, ni uno más de ellos sufriendo por un plato de comida para que otros, los nuestros, puedan presumir de sus zapatillas de marca, de su balón de cuero perfectamente acabado, de sus consolas con la última tecnología y de tantas otras cosas que me hacen sentir vergüenza por este nuestro llamado primer mundo. Traigan por favor para nosotros un poco de cordura; nos hace mucha falta.

Sería maravilloso que sus sacas llevasen una buena dosis de valores como el respeto, la tolerancia y la no violencia para regalar a nuestros jóvenes, [email protected] en su mayoría muy válidos, con unas ideas muy claras, pero víctimas de una educación marcada por un cambio social que ha dejado esos guiones de conducta sepultados por padres que trabajan todo el día fuera de casa y delegan sus obligaciones en abuelos y educadores, familias rotas que canjean la presencia y el afecto con regalos y concesiones nada beneficiosas, y que les llevan a estar perdidos en medio de actuaciones y comportamientos que en muchos casos dan al traste con sus planes de futuro.

Añadan a sus alforjas perseverancia para todos aquellos científicos e investigadores que mantienen una lucha incansable contra enfermedades que año tras año acaban con muchas vidas, que no cesen en su lucha. Valor para todos aquellos que tengan que padecerlas o vivirlas de cerca. Y fortaleza para las familias que entre sus seres queridos cuentan con un enfermo.

Traigan la Luz para que sirva de resplandor a los gobiernos, que les ayude a ver claramente cuáles son las prioridades de sus pueblos, necesidades que en ninguno de los casos pasan por enfrentamientos religiosos, ni por luchas de los poderosos contra los oprimidos, ni por trenes que explotan y aviones que chocan, ni por tantos otros tipos de guerras como tenemos hoy en día.

Aunque llega el 7 de enero, son las ocho de la mañana, Tele5 me dice que hay 20 muertos en un atentado, el SIDA no cede el paso, la noche pasada un joven ha fallecido en una reyerta, los niños mueren de hambre, mi carta llegó tarde… Pero hay algo para mí: el convencimiento de que tenemos en nuestras manos la posibilidad de hacer llegar las cartas a tiempo.

Y ciertamente, ¡ha sido fantástico imaginar por unos días que podría suceder!

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