Cultura

Rumores del viento

He oído decir, cerca de las barras de los bares, que ciertas gentes vuelven a frecuentarlas cargados de papeles, que pasan allí largas horas debatiendo entre tachones y cervezas. Así que agazapado en uno de esos turbios bares que nombraba, tras unos botellines del dorado líquido, espero la llegada de los conspiradores. Si acaso la memoria me fallara, tendría que mirar en la primera página del olvidado número 0 de Viento Fresco para redescubrir sus nombres.
Sin duda estos nuevos encuentros deben obedecer a la creación del esperado número uno del magazín. Por lo que continúo la espera entre el hombre de la corbata y don Miguel R. que me habla del engaño que la construcción de la Casa de la Cultura supuso para la calle donde reside. Al fin llegan, son tres, de momento, y sólo uno de ellos lleva el pelo largo, de momento, mientras que la pareja restante muestra sus ideas al aire. No hay duda: papeles y papeles sobre la pulida barra donde sólo debiera haber botellines, copas, tabaco, móviles y ceniceros. No hay duda, parece que construyen la estructura de algo: recuadros y recuadros sobre el papel blanco. No me atreví a acercarme, no me atreví a preguntar, me quedé allí, en silencio, esperando como el lector de labios de la monarquía, a leer en los suyos las palabras esperadas: Viento Fresco.

Tal y como el mes pasado alertamos de la presencia de la nueva publicación, El Barco Ebrio, emplazándoles a conseguirla e instándoles a prestar atención a la siguiente entrega, en esta ocasión no tenemos otra que hacer lo mismo con este magazín. Parece que sí, que va a volver a la calle. Aunque los autores del artificio se hayan tomado tanto tiempo para realizar esta segunda intervención como Ingresó Cadáver para sacar su último disco (parece que incluso hubo una apuesta por medio que perdió, como pueden comprobar, la gente de Viento Fresco), al fin parece que las cabezas vuelven a funcionar y que en un par de meses podremos en estas páginas gritar a todo pulmón: ¡Viento Fresco está en la calle!

Conocedor –como les digo– de la noticia, no me quedó otra que ponerme en contacto con ellos para anunciar mi próximo artículo –éste–, y aunque me rogaron encarecidamente que no lo hiciera público, no he podido más que obedecer a mi contrato, el cual me obliga a poner al día a mis lectores –ustedes–. Sólo me queda rogarles –a ustedes– que no les metan prisa si se los encuentran por la calle, que les dejen hacer ahora que están de racha y que, si pueden, les ayuden en lo que les sea posible. Esperemos que el Viento llegue Fresco.

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