Abandonad toda esperanza

Un hombre llamado Don Johnston (con una T en medio)

Abandonad toda esperanza, salmo 7º
Cuando en una película nos encontramos con una interpretación actoral que opta por un registro sobrio y comedido, en muchas ocasiones cercano a lo inexpresivo, resulta difícil distinguir entre un gran trabajo del intérprete y una considerable limitación de las posibilidades del mismo.

Hace unos días tuve la oportunidad de ver un trabajo de este cariz en Flores rotas, comedia dramática independiente donde el antaño popular actor cómico Bill Murray -proveniente del popular show televisivo Saturday Night Live y uno de los nombres más conocidos de la comedia de los 80- interpreta a un supuesto seductor en horas bajas al que su última novia abandona, y que opta por realizar un homérico viaje en busca de las mujeres de su vida.

Siempre pensé que, para mí, Bill Murray sería por toda la eternidad el doctor Venkman de Los cazafantasmas... cinta que, sin ser nada del otro mundo, hace gala de algunos de los gags verbales más marcianamente memorables de mi educación sentimental (y no soy el único de mi generación), de los cuales deduzco que muchos son fruto de la improvisación de los actores. Pero después de años de sequía, donde dejando a un lado algunos secundarios interesantes sólo se salvaba Atrapado en el tiempo (una de las comedias más inteligentes de la pasada década, dicho sea de paso), Sofia Coppola recuperó a Murray para el cine dramático con la deliciosa Lost in translation, donde la no menos deliciosa Scarlett Johansson y nuestro hombre se encontraban y se amaban -a su manera- en un Tokio que no es de este mundo.

En Flores rotas, Murray recupera el gesto de la película de Coppola y vuelve a crear un reflejo memorable de la soledad en nuestros días, pero si allí la atracción de dos desconocidos en una urbe extraña dejaba un poso de esperanza, la nueva película de Jim Jarmusch se convierte -más allá de los momentos humorísticos que provocan las extrañezas del ser humano- en una visión llena de tristeza y desolación.

En el recuerdo queda el encuentro con una de esas conquistas del pasado, la pequeña Michelle Pepe, que yace bajo tierra tras fallecer en un accidente de coche. Murray, desolado, se sienta bajo un árbol y observa la lápida mientras las primeras gotas de un chaparrón mojan el poco pelo que le queda. Sólo por esa breve secuencia, sin palabras, ya vale la pena ir a verla. Pero no lo hagan en un día de bajón.

Por cierto: la cinta está dedicada a Jean Eustache, malogrado cineasta francés, poeta y suicida, cuya La mamá y la puta ya tardan las distribuidoras españolas en editarla en DVD. Señores, no nos hagan esperar tanto...

Flores rotas se proyecta en cines de toda España.

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