Fuego de virutas

Accidente

Hace tiempo viví un accidente. Hace tiempo y, como siempre en los accidentes, se me confunde con otras imágenes de accidentes que no quiero. Porque no quiero los accidentes. Pero este que recuerdo hoy lo viví en primer plano. Fue por una pequeña carretera de las que me llevan a mis caminos de huerta. Fue un hombre que iba en una motocicleta. Fue que lo arrolló un vehículo todoterreno. Potente. Fue un arrollamiento de un golpe seco. Contundente. Derrotado, al hombre lo acomodaron en un ribazo mientras esperábamos a la ambulancia. Con urgencia. Le salía sangre por el oído. No se movía. ¡Dios! Que no se movía.

Por viajar con frecuencia hemos vivido accidentes, pero yendo en coche o en autobús nos ha bastado con no mirar para eludir el escenario de la tragedia. Y ha sido como un flash de sirenas. Alguna retención. Y siempre frío. Siempre mucho frío. Y como de madrugada húmeda. Cuando algún siniestro, los coches que circulan frenan por prudencia o necesidad, pero también están quienes parecen frenar por olisquear el desamparo. Entre la chatarra meten sus narices y aguzan sus ojos líquidos. En estas circunstancias, por soportar mal el dolor ajeno, prefiero mirar para otro lado. Cuando se nos cruza en el camino algún percance nos santiguamos e invocamos a Dios, a la Virgen, a los santos, para que no sea nada. Y si podemos no mirar, no miramos. Pero aquella vez que hoy recordamos -acaso porque esta semana leímos uno en una carretera próxima- no hubo más remedio que ver, porque fue ver en primera fila. Porque podíamos haber sido nosotros los arrollados. El hombre en motocicleta. Nosotros en bicicleta. Cuestión de metros. De casualidad.

Desde entonces hay noches en las que cerrando los ojos aún veo a aquel hombre tendido en el ribazo. Veo su sangre y su inmovilidad. Y su piel de muerto sin estar –creo– aún muerto. Y me veo paralizado sin saber qué hacer. Suerte la gente con reflejos que se crece en estas adversidades. Porque crecidos, con las prudencias que aconsejan los primeros auxilios, actúan con diligencia. Suerte los malditos móviles porque ahora sí que sé que sirven inmediatos. Pero yo no estoy, porque no estaba. Yo no estoy porque yo podría ser el hombre del ribazo. Su sangre mi sangre. Su inmovilidad mi inmovilidad.

Vivido el trago, durante unos días tuve miedo a leer las esquelas en la prensa provincial y comarcal, pero las leía. Durante algunos días, con recelo y también con miedo, leía las páginas de sucesos en los periódicos de la provincia y de la comarca. Y recuerdo respirar con alivio cuando nada decían de un hombre y una motocicleta y un todoterreno por una carretera de las carreteras de mis caminos de huerta. Y aún vivo aliviado de aquello porque quiero creer que nada pasó aun mis desvelos en algunas noches cuando cierro los ojos. Como en estos días que recuerdo acaso porque he leído otro accidente. Éste mortal.

Cuando niño, en una casa de campo, pasábamos la tarde. Al día siguiente nos esperaba la playa. En aquellos años la playa era mucha ilusión. Atardeciendo, a media luz de la luz, mientras mi madre preparaba la cena nos sobresaltó un gritar desmedido. Una vigilia lastimera de una voz ida: "¡Lo he hecho polvo! ¡Al otro lo he hecho polvo! ¡Lo he destrozado!" Yo era niño y fue mucho susto. Suerte que el otro era un tractor vacío precipitado en una rambla al querer cargar en su remolque un pequeño tractor oruga. No obstante, la noche fue insomnio. Vela en la espera de mar.

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