Apaga y vámonos

Así a ojo

Así a ojo los de Villena somos la hostia, viva la madre que nos parió, que diría el otro. Sólo así se explica que a la hora de valorar la afluencia de público a cualquier evento o el coste de cualquier chapuza nos la pintemos solos y nos salgan paisanos hasta de debajo de las piedras y euros vaya a saber dónde. Y es que, a poco que rasque uno, la cosa tiene mucha guasa, casi tanta como el recuento de asistentes a una manifestación según lo hagan los organizadores, la policía o la subdelegación del gobierno. Vean si no.
La última edición del Mercado Medieval se salió, literalmente, de gente. Y uno, que es de natural vago, se hizo el ánimo de subir al castillo a ver qué se cocía por allí, aunque tuvo que desistir porque la subida estaba colapsada. Pero resulta que pone la radio y escucha al bueno de Ángel Giner decir que la afluencia ha sido similar a la del año pasado. No sé en qué datos se habrá basado para afirmar tal cosa, pienso yo, aunque pronto salgo de dudas: “Se han vendido las mismas tortitas de San José que el año pasado”, sentencia el presidente. Y por si esto fuera poco, otro dato demoledor corrobora la estadística: se han repartido más-menos los mismos folletos en el chiringuito de la concejalía de Turismo, como si no pudiera llevárselos alguien para encender la lumbre o no se escondieran cajas y cajas de cualquier cosa en los sótanos de la Casa de la Cultura o las cámaras del ayuntamiento. Estadística pura, como ven.

Casi tan pura como los romeros que van a por la Virgen a finales de agosto. Que cada año nos sorprenden más con las cifras, y si el primer año de vigencia del cambio nos hablaron de 20.000 (imagino que sumaron el número de pañuelos vendidos) el segundo la cosa ya alcanzó los 25.000 (¿contaron sombreros de paja, quizá?), con lo que intuyo que este año pueden ser 30.000 los peregrinos, como sin duda alguna demostrará la disminución del censo de hormigas comunes habitantes del vial ecológico, pues las pobrecitas morirán aplastadas de tanta pisada devota y dominguera.

Estas cosas sólo podían pasar, claro está, en el pueblo de los profesionales: Que llamas al litri, pues así a ojo y sin salir del bar te presupuesta un riñón y parte del otro por cambiar tres apliques y hacer un empalme, por ejemplo. O te vienen el albañil o el del derribo y te dejan helado. “A ver, maestro, ¿cuánto costaría derribar esta casa?”. Y el maestro, a falta de mejor tecnología, mira el edificio poniendo cara de intelectual, estira su brazo en paralelo al suelo y abre su encallecida mano, en plan radar, mientras la mueve a modo de abanico y señalando al chollo en cuestión sentencia: “6.000 euros”. Con lo cual, a mí, que soy de letras, me entran ganas de sacar mi “radar”, hacer el mismo movimiento y preguntar, no exento de ironía, “¿y por qué no 4.000?”. Pero claro, a uno no le llaman maestro así como así, cuando seas padre comerás huevos y si no te gusta lo que te ofrezco tengo quince clientes en cola, así que tú verás, chato.

En fin... que podríamos seguir poniendo ejemplos o haciendo preguntas tal que ésta: Si en el ayuntamiento hay dos concejales de Los Verdes, ¿a cuántas toneladas de escombro de las vertidas en el paraje de Las Cruces sin que ningún político se haya escandalizado toca cada uno? Aunque igual, por lógica inversa, nos dicen que sólo son unos gramos. Vaya usted a saber.

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