El Ordenanza

Canción de Navidad II

El Ordenanza. Capítulo 75

Escena 1

Para empezar, había conseguido librarse de todos aquellos trabajadores que tanto le atormentaban. A él, que había logrado todo aquello que se había propuesto. ¡A base de tesón! Cuando se propuso aprender a tocar el saxofón, lo hizo a los pocos meses y, no solo eso, se convirtió en el saxofonista estrella de la Banda.

Pues bien, se había quitado de encima a aquella cuadrilla de gandules, que salían al patio a fumar un cigarrillo en mitad de su turno y, luego, hablaban airadamente de la dignidad de la clase trabajadora… y, además, había sacado provecho de la incertidumbre que se había generado ante la urgencia causada por un repentino virus y las improvisadas acciones del Gobierno de su (recuerden) no tan lejana nación.


Así, le llovieron unos buenos caudales, los cuales no dudaría en disfrutar junto a los suyos en Navidad. Incluso podría permitirse repartir cierta cantidad de calderilla entre los indigentes. Eso siempre conseguía hacerle dormir todas las noches. Era un buen tipo.


Aquella Nochebuena, condicionada por las restricciones impuestas por Sanidad, había sido maravillosa: los villancicos se alzaban sobre el calor de la chimenea encendida, los dulces llenaban las fuentes y los licores espirituosos danzaban al son de los brindis.


Si bien no habían podido reunirse todos familiares, los asistentes recordaron a su hermano Gerardo y a los suyos, que habían renunciado a cenar con ellos. De todas maneras, de haber venido, Gerardo no hubiera podido correr con su parte en el coste de la cena. Era un fracasado. Por eso lo había tenido que despedir junto a los demás.

Ya era tarde. Su familia dormía, plácidamente, al abrigo de su idílico hogar. Mientras dudaba entre seguir viendo la tele (los programas de vídeos musicales de los 80 siempre le ponían de buen talante) o apagar los últimos rescoldos que ardían en el hogar, tuvo la sensación de no estar solo en el comedor familiar.

Instintivamente, buscó en su smartphone la aplicación “Linterna” y, seguro de sí, recorrió todos los rincones de la estancia. Ante sus ojos, una silueta se recortó de entre las sombras y, sentándose en la butaca más cercana al ostentoso árbol de Navidad, se dirigió hacia él con un marcado acento dublinés.

  • Muy buenas noches, Blas.
  • ¿Quién anda ahí? ¿Quién eres?
  • Papá Noel, Jajajaja. No, no, es broma. Soy el fantasma de las navidades pasadas… Jajajajaja
  • ¡Dime quién eres y qué haces aquí o te reviento con el atizador!
  • Soy Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde o, como Queensberry ladró, el que presume de ser sodomita.
  • ¿Qué?
  • ¿Qué esperabas? ¿A Dickens? El pobre bastante tiene con lamentar a lo que ha llevado la malinterpretación de su Canción de Navidad.
  • ¿Qué quieres decir?
  • Mira, Blas: resulta que las navidades se han convertido en un tejemaneje insufrible. La gente se ha tomado las cosas por donde no son y, claro, para un tipo tan moralizante como Charles, no es fácil reconocer que su obra es la elegida para abanderar un comportamiento totalmente opuesto a la intención con la que fue escrita. Así que el Ministerio de Asuntos Navideños me ha enviado a darte el toque y yo, como me aburro soberanamente entre los muertos, he pensado que podría ser gracioso tener una “charlita” contigo.
  • ¡O sales ahora mismo de mi casa o llamo a la policía!
  • ¡Oh! ¿Y qué les vas a decir? Señor agente, resulta que Oscar Wilde ha aparecido en mi casa y quiere ponerme las peras al cuarto… ¡no digas tonterías, anda! No pretendo hacerte ningún daño. Ni a ti ni a los tuyos.
  • ¡No pienso repetirlo! ¡Fuera de mi casa ya!
  • Llama, llama. Beetlejuice me enseñó a aparecer al otro lado del teléfono para ver la cara que pone la gente cuando se le asusta. ¡Me voy a partir la caja torácica, amigo!
  • ¡Está bien! ¡Dime lo que me tengas que decir y márchate por dónde has venido!
  • ¡No tengas prisa, hombre! Hace mucho tiempo que no hablo con ningún humano… vivo. Los muertos son taaaaaaan aburridos…
  • Pues resulta que me han enviado para decirte que, este año, has sido un niño malo.
  • ¿Yo? ¡Pero si soy un triunfador! ¡Tengo mi propio equipo de balonmano!
  • ¿Sabes que Trabajo ha atrapado a casi 3.000 empresarios que han hecho trampa con los ERTE?
  • ¡Yo no he hecho nada ilegal! ¿Me estás comparando con ellos?
  • No he dicho que seas igual: ¡tú eres peor! Tú te has refugiado en la Ley para dejar sin recursos a más de veinte familias.
  • He tenido que hacerlo para no tener pérdidas. Es muy peligroso ser emprendedor. ¡Arriesgas tu capital!
  • ¿Más peligroso que quedarse en el paro sin comerlo ni beberlo? ¡Eso el que tiene paro!
  • ¡Seguro que salen de esta, hombre!
  • ¿Has pensado en lo que hubiera sido tu Nochebuena sin cigalas, sin turrones, sin champagne, sin decoración, sin regalos e, incluso sin calefacción, porque no tienes un céntimo en el bolsillo? ¿Qué le dirías a tus hijos si no pudieras darles ni un mísero regalo?
  • Yo no soy responsable de la economía mundial, ¿sabes?
  • ¡Menos mal! Contrataste a toda esa gente que, en un principio, trabajó duramente para que tu empresa despegase; los trataste como si trabajasen en Tailandia cosiendo balones; los despediste argumentando que había un bajón temporal en las compras, dándoles la esperanza de volver a trabajar para ti (a sabiendas de que era falso) y, no contento con ello, les pediste que renunciaran a su finiquito en tu favor… Muchos te creyeron. Confiaron en tu palabra.
  • ¡Los negocios son los negocios!
  • Claro, claro. ¿Sabes cómo llamaban a los que actuaban como tú en el siglo XIX?
  • ¡Estamos en 2020!
  • ¿Y qué cambia? ¿Que ahora la mezquindad es achacable a un virus microscópico?

Escena 2

  • Te ha quedado un cuento de Navidad demasiado reivindicativo, cariño.
  • ¿Tú crees, Avelino?
  • … un poco sí…
  • Pues, que sirva de algo que Papá Noel sea rojo.

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