El Ordenanza

El cruzado mágico

El Ordenanza. Capítulo 34


Escena 1

Como cada domingo por la mañana, Aurora asiste al oficio eucarístico mientras Avelino lee el periódico, sentado en el banco en el que siempre calienta el sol. Como cada mañana de domingo, Aurora recorre el camino empedrado del parque hasta que Avelino se pone en pie y la recibe con un suave beso en los labios. No les importó San Valentín. No les hace falta un número rojo en el calendario para quererse, discreta y respetuosamente.

Como cada mañana dominical, la pareja pasea hasta su casa, aunque esta vez no se detienen y pasan de largo. Sus pasos les llevan hacia el casco antiguo, engalanado para celebrar sus conocidas Fiestas Medievales, cada año más prestigiosas y participativas. De hecho, hay un extenso programa de actividades que puede extenuar al más resistente deportista de élite. Cada nueva edición es acogida con agrado por un barrio que, durante tres días, quintuplica su número de habitantes. Los establecimientos de la ciudad multiplican sus beneficios. La población se vuelca en esta festividad que, como es norma en la raza humana (como buenos animales de costumbres), es ya una tradición.

Es por esto que el matrimonio dejó de participar en la organización del evento: demasiados intereses creados en algo que, para los iniciadores del evento, era la oportunidad de sacar unos dinerillos para la rehabilitación de la ermita y su mantenimiento.

Aun así, año tras año, siguen acudiendo a la parada de tortitas de azúcar que fue el germen de todo el jaleo actual. Allí se encuentran, entre otros conocidos, con Pepe y Elena, con quienes van a comer a una de las cuevas que sirven de pie al impresionante castillo que corona la sierra de la ciudad y, entre tanto, echan una ojeada a las variopintas paradas que abarrotan el casco antiguo.

-¡Mira qué llavero más bonito, Avelino!

-No es un llavero, señora, es un pen drive.

-¡Oh! Pensé que esto era un mercado medieval.

-Bueno, señora, nosotros nos adaptamos a los tiempos que corren.

-Aurora, digamos que es un pen drive muy medieval. ¿Cuánto cuesta este pisapapeles?

-Siete euros, caballero.

-¿Y de qué material es?

-Es un canto rodado de la playa de Benidorm.

-¿Pintado?

-Sí, el diseño es genuinamente celta.

-¡Ah! ¡Ahora lo entiendo! Vamos a dar una vueltecita y a la bajada veremos.

-Bueno, ¿y para eso tantas preguntas?

-Sí. Creo que, ni en el medievo ni en la actualidad, se compraría algo así sin mirar por el maravedí.

Escena 2

Recostado en la peña, como un león escrutando el horizonte, se alza el majestuoso castillo de la ciudad, de origen almohade. Desde su estratégica posición se tiene contacto visual con, al menos, tres poblaciones vecinas y, cuando uno sube a su torre del homenaje, es fácil imaginar cómo se sentirían los moradores de la fortaleza siglos atrás.

Las piedras de sus muros retienen el deambular del tiempo, la sangre de las batallas, la pólvora de los cañones y el impacto de la furia de la ambición humana. Así pues, la ciudad vieja se siente amparada bajo la orgullosa y bella figura de su castillo.

Al pie de la muralla, Nuria Moltó avanza enfundada en un elegante vestido nobiliario del siglo XIV, al tiempo que el sol de mediodía impacta en las gemas de su tiara, lanzando un irisado reflejo sobre la paja que cubre el suelo de la explanada del castillo. A su izquierda, su marido, con hábito franciscano, porta, en sendas manos, copas de fino cristal y una botella de la bendita sangre de la vid que se cría en estos lares.

De pronto, el cielo se nubla, casi se oscurece. Un rayo cae sobre una farola y, de la nada, entre dos rodadas de fuego, aparece un DeLorean DMC-12. La paja del suelo, claro, arde como ánima en el infierno y la multitud, alarmada, se apresura a apagar las llamas y rescoldos prendidos por la máquina. A todo esto, ante la mirada atónita de Nuria, baja del automóvil un mozalbete de cazadora carmesí y vaqueros de cintura alta.

Ni corta ni perezosa, Moltó (que ha reconocido en el extraño a uno de los iconos de su infancia) dirige sus pasos al recién llegado.

-Oh my god! The time machine has failed again! This is a wrong year! Fuckin' shit!

-Hello, Mr. McFly. Is a big surprais to me I see you for here! I'm a very much fan of you.

-But, this is not 2020! What year are we in?

-In Spain, this is a party medieval. ¡Paco, tráele una copa al señor Jota Fox!

-Thanks, my lady but, I'm lost in time now! I need to find Doc! I need to come back home!

-Martin, take a relaxing cup of fighting wine in the explanada of the castel.

-Oh, my god! I don't understand a word! Really I'm lost in time...

-Paco, ve a casa corriendo y trae tu traje de cruzado para el señor Fox.

-¡Pero si me lo iba a poner esta tarde!

-Paco, a mí no me contradigas, ¿eh? … ¡vamos!

Escena 3

Desde que el hombre fue consciente de algo tan abstracto como es el tiempo, ha soñado con pasados y futuros distintos a su presente. Todos, en algún momento, hemos deseado tener una máquina que nos transportase a cierto momento, tal y como Martin McFly consigue con su coche futurista, pero nadie imagina que puede acabar como él: disfrazado de cruzado, tumbado panza arriba en el suelo de la explanada del castillo de un pueblo del sureste de un país al sur de un continente del hemisferio norte de un planeta situado en un sistema solar dentro de una de las galaxias de un universo que creemos infinito.

Y, mientras a Martin se le pasa la mona, nosotros vamos a pegarnos un buen baile medieval, a cargo de unos caballeros insignes, que sirven como nadie a su rey.




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