El Ordenanza

El Ordenanza. Capítulo 0

Escena 1

                                               “Los hombres no tienen naturaleza, sólo tienen historia”. (José Ortega y Gasset)

En mitad de un estanque, una carpa dorada flota panza arriba cerca de una bolsa de plástico blanco. Una joven pareja, con una niñita, se aproximan al banco donde Avelino disfruta de la lectura de su periódico. El sagaz padre atisba la criatura acuática y la señala con el  dedo índice, mientras reclama la atención de su pequeña:

–¡Alba, mira! ¡Un pececico naranja! ¿Lo ves?

La azarosa madre interviene, mientras aleja con un  gesto molesto a su hija:

–¡Ese pez está más tieso que tu abuela, Juan Luis! ¡Venga, deja de hacerte el “de la Cuadra Salcedo” y vámonos, que mi madre nos estará esperando con la mesa puesta!

El marido la mira con cara de idiota y opta por reemprender, en silencio, la  marcha en pos de las dos féminas. Al pasar por su lado, Avelino sonríe a la pequeña y, la madre, halagada y orgullosa, le corresponde con un tímido saludo. Es domingo y, sin embargo, hace calor.

El impecable ordenanza del Ayuntamiento de la ciudad, como todos los domingos, ha acompañado a su mujer a la puerta de la iglesia y la espera en aquel parque, en su banco. No es un hombre de creencias. Prefiere esperar allí. La religión no le interesa en exceso: “es cosa de otros”. Así está bien.

Consulta su reloj de pulsera mientras un pato juguetea con el cadáver flotante, pero se cansa y lo deja estar. Sin prisa, pliega su diario y se pone de pie: por un caminito empedrado se aproxima una elegante dama que, al verle, ilumina la vegetación lindante con una tierna sonrisa. Al llegar a su altura, él le da un corto beso en los labios, al tiempo que ella le toma por el brazo. Se dirigen algunas palabras de complicidad, pero están demasiado lejos y no las podemos descifrar.

Eso forma parte de su vida privada.

Escena 2

 "La Historia de España es como la morcilla de mi pueblo: se hace con sangre y se repite” (Ángel González)

Los datos que desprende el escrutinio de votos se reciben con frialdad en el cuartel general del partido liderado por la Nuria Moltó, quien todavía no ha llegado. Ya hace una hora  del cierre de los colegios electorales y se confirma que han perdido la alcaldía y que el partido que va a gobernar, lo hará en mayoría absoluta.

Los minutos pasan lentos, densos. En todos los rostros se refleja el cansancio del rotundamente derrotado. Las malas lenguas de la facción hostil del partido, comienzan a especular contra la candidata. En la oficina, el teléfono no deja de sonar, aunque no con mensajes de aliento de los más altos mandatarios del Comité Regional. Prendida de un muro, flanqueada de carteles electorales, una enorme pantalla muestra incesante información sobre resultados y gráficos de colores.

Un murmullo de rabia contenida se extiende entre los asistentes cuando, la imagen reflejada en la pantalla, cambia para ilustrar, a través de la televisión local, el ambiente de fiesta que se respira en la sede del partido vencedor. Allí, el barullo y la algarabía reinantes apenas permiten la conexión: el esforzado enviado especial es literalmente asaltado por un embriagado y joven espontáneo, que lo fuerza a saltar mientras lo sujeta por los hombros y vocea “¡Hemos ganaaaaao, hemos ganaaaaao!”.

La proyección ha conseguido captar la atención de los mudos vencidos cuando, por fin, uno de ellos explota:

–¡En este pueblo nos hemos vuelto gilipollas!

Un coro amargo secunda la feliz ocurrencia, con un murmullo que impregna a todos los reunidos, aunque ya nadie agite su banderola.  Repentinamente, la puerta principal se abre y una oleada de silencio colapsa el gélido vocerío: Moltó ha llegado.

Los asistentes van dejando espacio a su líder para que se aproxime al atril y les dedique unas palabras. Nadie dice nada. Nadie levanta los brazos. Nadie sonríe. La tez de la alcaldesa en funciones es perlada; su andar es afanosamente medido. Sabe que la ilusión (y la devoción) de todas aquellas almas depende de sus palabras, pero es firme y se dirige al estrado. Al alcanzarlo, apoya sus manos nerviosas en el metacrilato y apenas puede articular sonido alguno. Es entonces, cuando sus adeptos cierran filas en torno a ella y le regalan una atronadora e interminable ovación, lo que le recuerda que ningún político perdió jamás unas elecciones.

 Escena 3

–En cuanto llegues, me llamas, ¿vale?

–No te preocupes, mamá.

–No te acuestes tarde, que ya sabes cómo te levantas luego...

–¡Vaaaaale! Lo de hoy es un tostonazo: mogollón de gente en demasiado poco espacio. Hoy no se me hacen más de las dos.

–Bueno, pues eso. Cuando veas a tu padre, lo mandas para casa, que lleva todo el día fuera. ¡Y dame un beso, hijo!

(Se aproxima)

–¡Vaaaa! ¡Que llegaré tarde! ¡Ya es tarde! (La mujer susurra mientras su hijo se zafa como puede)

–Suerte, cariño. Te quiero.

–Y yo a ti, mamá.

*   *   *

… no debería haber cenado cordero.

*   *   *

Unas cincuenta personas aguardaban en la sede aquella noche. El éxito arrollador en los resultados, dejaba claro que las cosas iban a cambiar en el municipio. Los gritos de júbilo y las botellas vacías, atestiguaban la celebración de una victoria clara y meridiana: el partido iba a gobernar el consistorio en mayoría absoluta. Al abrir la puerta de cristal amarillento y aluminio sucio, un coro de gargantas curtidas le vitoreó a grito de “¡Alcalde!”.

Se sintió un poco abrumado e indeciso, no era persona de muchedumbres desbocadas, pero se sobrepuso y avanzó hasta el centro del salón, recibiendo abrazos, apretones de mano, golpecitos en la espalda, besos y felicitaciones verbales, que agradeció con una sonrisa discreta y sincera. Un grupúsculo enfervecido intentó, sin éxito, encaramarle a una mesa, para que diese un pequeño discurso, pero él se negó levantando una mano. El griterío reinante se fue diluyendo hasta quedar en un leve murmullo, que se sofocó cuando el alcalde electo comenzó a hablar a afiliados y simpatizantes del partido:

–Compañeros, hoy el pueblo nos ha dado su confianza para que gobernemos con mayoría absoluta, lo cual no va a ser fácil. Espero contar con vuestra ayuda para poder llevar a buen fin nuestro programa.

Una cerrada ovación se apodera del cálido ambiente. La próxima primera autoridad municipal vuelve a levantar las manos pidiendo silencio, que no tarda en envolverle de nuevo, a la espera de sus palabras:

–Tenemos cuatro años para hacer que nuestro municipio sea el lugar que todos esperamos que sea. Por cierto, si veis a mi padre por aquí, decidle que se vaya a casa, que mi madre lo está esperando. ¡Muchas gracias a todos!

*   *   *

Definitivamente, no debí cenar cordero.

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