El Diván de Juan José Torres

La arcaica jerarquía eclesiástica

Tenía un artículo en la puntica de la lengua y casi preparado para entregar en redacción cuando he cambiado de planes. La columna de hoy es un alegato rabioso e indignado para salir al paso de tantas sandeces y tonterías que preconizan, en ocasiones, relevantes personalidades de la Iglesia. Puede que alguno de ustedes me acuse de anticlerical, pero les aseguro que no soy anti-NADA. Tan sólo reacciono cuando alguien intenta imponerme normas, conductas o ideologías que para nada comparto; y la Iglesia, en estos asuntos, sabe un rato. Publica edictos, anuncia pregones, enuncia intenciones y confunde al personal. Es como si le diera tirria evolucionar como el mundo lo hace, pues todos tienen el derecho, y también la obligación, de actualizarse en los escenarios de la realidad.
Gabriel Amorth, que no sé si su apellido es sinónimo de amor o de muerte, es el exorcista en Jefe del Vaticano y ha practicado más de setenta mil sortilegios. El hombre, espero que sea a causa de una enfermedad senil, afirma que el yoga es una obra del diablo y que la lectura de Harry Potter tiene consecuencias satánicas. Tal aseveración acojona a cualquiera, y me pregunto si los enseñantes de esta práctica ascética son brujos, si J. K. Rowling, autora del best- seller, es una enviada de Satán, si los que se relajan haciendo meditaciones y estiramientos serán poseídos o los adolescentes lectores de Harry acabarán abducidos. Yo, por si acaso, observo con precaución y detenimiento a mi esposa cuando llega a casa después de yoga, más que nada por si le noto algún cambio irreparable.

Recuperado de mi estado de shock y normalizados mis niveles de ansiedad, vuelve a la carga de nuevo el Vaticano, en esta ocasión con la supresión, en las calles de la ciudad papal del número sesenta y nueve (69). Ahora la numeración es 67, 68, 68 bis, 70… Alegan los responsables que cuando los transeúntes, turistas, monjas, sacerdotes, seminaristas y niños inocentes pasaban a la altura del 69 les entraba una risita jocosa, se sonrojaban las criaturas de Dios y susurraban palabritas veniales. Y, antes de que el clero se alborote, peor aún, se revolique o se revuelque soliviantado por la tentación, se elimina el número maldito y pernicioso, para no abrir bocas, que si no entran moscas, nada más se engulle.

Y cuando estoy a puntico de redimirme de la risa, producida por tanta vergüenza e insensatez, me dan otra bofetada celestial. En este caso es Rouco Varela, Arzobispo de Madrid, quien nos envía una demente declaración de intenciones: que la Ley de Dios “vuelva a ser un elemento y un órgano decisivo, no sólo en el comportamiento personal y privado, sino en las actividades públicas que nos afecten a todos”. Es decir que Dios debe regir las conductas, públicas y privadas, de todo hijo de vecino, y la pureza del Estado. Me asalta la duda si el Dios al que se refiere es el mismo que el mío. Arregle su alma y deje las demás tranquilas. ¡Qué susto!

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