El Diván de Juan José Torres

Los Nadies

Corren los días, pasan los meses, transcurren los años, y, mientras tanto, los grandes problemas del país siguen sin ser detectados

Rascando en las hemerotecas de mi blog, “El Diván del Desencanto”, ya añejo y lleno de telarañas, encontré este texto también viejo en años, aunque me da la sensación de que, pase el tiempo que pase, es la misma historia y el mismo grito desesperado de siempre. El título es “Los Nadies” y lo publiqué el once de octubre de 2011, recogiendo un profundo mensaje de Eduardo Galeano.

Corren los días, pasan los meses, transcurren los años, tiramos a la papelera calendarios que en un suspiro ya quedaron fuera de juego, colocamos otros nuevos que vamos arrancando casi sin enterarnos y, mientras tanto, los grandes problemas del país, más allá del indigesto asunto de las pensiones, de la prolongación de la edad de jubilación, de los contratos laborales llenos de incertidumbres, siguen sin ser detectados.

Porque antes de que nuestras vidas se obsesionen con temas particulares, familiares, sociales o laborales ya existían los Nadies. Ese impronunciable Primer Mundo, rayado de repetirse de grandes palabras grandilocuentes como protección, seguridad, derechos humanos, democracia y libertad, ya sea por una cosa o por otra, se tambalea y casi siempre nuestra voz está todavía en un estado de afonía que no logra hacerse oír en los importantes despachos de las grandes y trascendentales decisiones. Mucho antes de que civiles del norte de África prendieran su indignación y miraran cara a cara a sus tiranos, muchísimo antes que los nórdicos vikingos, griegos, italianos, holandeses, portugueses, franceses, españoles y norteamericanos, años después, conquistáramos territorios, ya existían los Nadies.

En Europa nunca existió un movimiento, tras la II Guerra Mundial, contra los dictadores. Es tanta la sutileza que ya nos confunde, pues no hay zares, ni caudillos, ni emperadores a los que hay que reprender. Tenemos democracias de las que estamos orgullosos, presumimos de ellas porque costaron guerras conseguir, pero una vez instaladas muchos de sus representantes, ya bien surtidos de buenas mochilas repletas de sueldos vitalicios, puertas giratorias, grandes inversiones privadas, aunque otros les relevan en los cargos públicos, miran para otra parte. Siguen los Nadies existiendo. En las calles, en silencio, buscándose una vida de supervivencia; no como la gran mayoría de los mortales acomodados, que tenemos la tentación de hacer planes de futuro. Ellos no. Los Nadies sólo piensan en el mañana.

Lo corrupto, que parece más contagioso que el Covid-19, se ha generalizado tanto que se ha desatado el estado de alarma, no el del coronavirus y lo que antes eran avances sociales consolidados se están convirtiendo en retrocesos peligrosos. Los colmillos depredadores y ambiciosos del Capital, que sólo entienden, parlamentan y negocian respecto a beneficios, siempre están al acecho. Recogen desechos, esquilman proyectos y roban ilusiones nada más soñarse. Y todo, con el beneplácito de los gobernantes, o de su impotencia, o de su ignorancia, o de su dejadez. Cualquier causa de las nombradas provoca indignación. El caso es que, en nombre de la libertad, la democracia, el Estado de Derecho, demasiados países traicionan la libertad, la democracia, el Estado de Derecho y los principios morales.

Ahora que presumimos de no presumir de nada, salimos a la calle a mostrar nuestra repulsa, a señalar con el dedo que el poder, moral y legislativamente, radica en el pueblo, no en el hábito de que pertenece a los elegidos. Los representantes no deben olvidar jamás a los representados y el político nació para servir, no para ser servido. Así debería ser la relación de los bancos con sus clientes, las empresas con sus trabajadores y los vendedores con los compradores. Y los gobiernos con sus ciudadanos, incluso esos invisibles que no molestan o los que incomodan porque no se le ve. Los que algunos tildan de Menas, peyorativamente, de que están de más porque esta no es su tierra, ignoran que la Tierra, antes de que nacieran, no tenía fronteras hasta que llegaron los dibujantes que las trazaron y sus sicarios vigilantes.

La imagen de la semana pasada, viral en todo el mundo, fue la de esa voluntaria de la Cruz Roja dándole de beber a un joven de color. Mucha gente ya sabe el nombre, los apellidos, la dirección domiciliaria y la vida privada de esta heroína. Fue tan insultada por ese abrazo desinteresado que ha desaparecido de sus redes sociales. Al chico, de color negro, no lo conoce ni Dios; a no ser que Dios exista, porque si existe sería el primero en darle de beber, de comer y de apretarle entre sus brazos. Al margen de discusiones de gobiernos y oposición, de la protección humanitaria que argumentan unos y el despectivo “buenismo” que critican otros, el asunto es tan delicado que no puede tomarse con ninguna ligereza, pues conviene tratarse más allá de las relaciones bilaterales entre dos países.



Antes que nosotros, los Nadies ya sembraban la faz de la Tierra. Ahora, una vez más, comparto con ellos la palabra que siempre existió y que es la más muda de todas las que están catalogadas en los diccionarios: Indignación. Y volviendo a la inspiración de este texto de 2011, retomo la voz del propio Eduardo Galeano, excelente pensador uruguayo, autor de “Los Nadies”. Y, como no me agrada finalizar sin música, les dejo también el tema “Palabras para Julia”, interpretado por Paco Ibáñez y del poeta José Agustín Goytisolo. Pero antes de cerrar les hago una apuesta. Si preguntaran a pie de calle quiénes fueron Galeano y Goytisolo y les dieran respuesta correcta uno de diez, estaría satisfecho. Pero me temo que no. Vivan las redes sociales, el copia y pega, los mensajes traicioneros, los bulos… Sin cultura, ni historia…. ¿Adónde vamos?

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