El Ordenanza

La Dama del Alba

El Ordenanza. Capítulo 56

Escena 1

  • ¿A qué has venido?
  • Eres mi hermano, ¿no? La familia ya se sabe: bautizos, bodas, comuniones y…
  • …entierros…
  • Sí…
  • ¿Por qué no te vas?
  • No lo sé, la verdad... Igual porque soy el alcalde y ella era la líder de la oposición, además de ser mi única cuñada... es mi deber estar aquí.
  • Ya has cumplido. Puedes marcharte cuando quieras.
  • No seas tarugo, Juan Manuel. Aunque no lo creas, te quiero mucho... y a ella también la quería, ¿sabes?
  • No tienes ni puta idea, hermanito.
  • … ya…
  • ¿Sabes? La autopsia ha desmentido que muriera de coronavirus…
  • ¿Cómo?
  • Sí: murió desangrada.
  • ¿Cómo? ¿Que murió desangrada?
  • No sé lo que pensar... no me hago a la idea de no volver a verla.
  • ¿Estás seguro de que murió desangrada?
  • Eso ha determinado el forense…
  • Vaya... qué mal rollo da eso…
  • Sí…
  • ¿Vais a incinerarla?
  • No... ya sabes…
  • Ya... “porque sonará la trompeta y los muertos resucitarán incorruptibles”, ¿no?
  • Sí…
  • ¡Hay que ver cómo sois los del Opus!
  • ¡No me jodas, alcalde!
  • ¿Sabes, Juan Manuel? Creo que, de alguna manera, Nuria estará con nosotros para siempre…
  • … sí…
  • ¿Me das un abrazo?
  • No deberíamos... por el Covid-19…
  • Ya, pero nos han hecho la prueba y estamos limpios…
  • ¡Anda, ven! ¡Tontolpijo!
  • ¡Enga!

Escena 2

La oscura y profunda bóveda celeste, salpicada de estrellitas que parecen semillas de sésamo, se muestra magnífica a través del doble cristal de la ventana de la habitación del reciente viudo. Han sido unos días convulsos para él: la enfermedad de Nuria, su muerte, el velatorio, el reencuentro con su hermano, el resultado de la autopsia y el entierro han conseguido que su quebradizo sueño sea inquieto y efímero.

Fuera, en el estival perímetro del chalet adosado, el cual ha compartido veinticuatro años con la ex-alcaldesa de la ciudad, deben haber casi treinta grados centígrados, pero un frío extrasensorial turba su descanso. Es un frío atroz... inhumano.

Una neblina ultraterrena avanza sobre el cuidado césped del jardín hacia la casa, hasta la ventana de la cámara conyugal. La pálida silueta evanescente de una mujer, de vestiduras blanco Iberia, levita, aproximándose incorpórea al cristal, que se congela rápidamente desde las esquinas hasta el mismísimo centro.

Empujado por no sabe qué extraña fuerza abismal, Juan Manuel se incorpora en el lecho marital, al tiempo que la recién aparecida dama, araña con su mortuoria manicura francesa, la superficie transparente y helada, susurrando (con mucho reverb)

  • Juanma... Juanma…
  • ¡Nuria! ¡Mi amor!
  • Juanma... abre la ventana…
  • Pero... es que tengo el aire acondicionado puesto, Nuri…
  • ¡No me llames Nuri y abre la ventana de una vez! ¡Quiero ir a misa!
  • Pero Nuri, esto no puede ser... estás…
  • ¿Y tú qué sabrás cómo estoy? ¡Y no me llames Nuri!
  • ¡No te pienso dejar pasar, engendro del demonio! ¡El poder de Cristo te obliga! ¡El poder de Cristo te obliga! ¡El poder de Cristo te obliga!
  • Mira que eres absurdo, Juan Manuel. Pareces el exorcista del seguro. Adoro las cruces. Me pasaría horas contemplándolas. ¡Quiero ir a misa! ¿Entiendes? ¡Quiero ir a misa!
  • ¡Esto no me puede estar pasando a mí! ¡No vas a entrar!
  • ¡Te arrepentirás de esto!¡Grrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr!

Una catarata de sudor frío se desliza por la espalda de Juan Manuel, mientras observa como aquella criatura, medio Nuria, medio monja malrollera, se desvanece en la veraniega oscuridad del jardín del chalet adosado que compartiera durante tantos años con Nuria.

Da un par de pasos hacia atrás, sosteniendo todavía la cruz dorada que pende de su cuello en su mano derecha. Como puede, mientras recobra el aliento, se sienta en la cama y descuelga el auricular del teléfono fijo.

Escena 3

  • Debemos encontrar la manera de acabar con ella.
  • Pero sin deformarla mucho, por favor, que todavía no he asimilado todo esto.
  • Tranquilo, Juan Manuel: sólo hay que clavarle una estaca en el corazón, cortarle la cabeza y echarle una cerilla.
  • No seas bruto, Andrés. Esto no es una peli de vampiros. ¡Es la purísima realidad!
  • Pero por algo tendremos que empezar, ¿no? Y no creo que, después de clavarle una estaca, cortarle la cabeza y pegarle fuego, siga teniendo muchas ganas de ir a misa…
  • ¡Y dale, Perico al torno! Avelino, ¿ha encontrado algún descendiente de Van Helsing?
  • Todos son pistas falsas, señor alcalde…
  • ¡Vaya por Dios!
  • Sabemos que las cruces no le afectan... ¿y el ajo?
  • Desde que Victoria Beckham dijo aquello de los ajos y España, no volvió a probarlo.
  • ¡Pero si es antibiótico natural!
  • ¡Cuanto daño, mamma mía!
  • ¡Hey, chicos! ¡Creo que tengo a la persona adecuada!

Escena 4

  • ¿Cómo supo usted qué herramientas utilizar para acabar con Nuria, señor Tristanbraker?
  • ¡Es evidente! No le afectaban las cruces, quería ir a misa, no toleraba el ajo... esta criatura es, como llamamos los expertos, un V.U.D. o vampiro ultra derechista, aunque hay quien les llama V.N.L. o vampiro neoliberal. De ahí, sólo nos faltaba concretar qué es lo que más puede perjudicarles: el color rojo y, en lugar de estacas, una hoz y un martillo.
  • ¡Es usted un hacha, señor Tristanbraker!
  • Gracias, gracias…
  • Y... ¿cree usted que el alma de Nuria descansa definitivamente en paz?
  • Pues... esperemos que sí, porque de lo contrario, van a tener ustedes V.U.D. hasta aburrirse.
  • ¡Qué gusto da encontrar buenos profesionales!




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