Opinión

La gripe aviar y la Mahoma a Biar

Esta semana vino a visitarme mi psicoanalista. Hacía meses que no lo veía. La verdad es que no había venido por aquí desde la vez en que lo confundí con un pollo griposo y lo tuve toda la noche disertando sobre el ambiente y las situaciones que se dan los domingos en las pollerías. Aquella vez, para quienes no lo recuerden, intentamos también resolver el enigma de si son más los que prefieren el muslo del pollo a la pechuga, o viceversa. ¿Muslo o pechuga? Esa era la cuestión.
El caso es que cuando llegó me sorprendió realizando algunos de mis ejercicios y prácticas espirituales, completamente desnudo, llevando tan solo puesta una barba de Marrueco isotérmica, en actitud reflexiva y contemplativa, meditabundo, con la mirada perdida en los confines de una ciudad festera, adoptando de vez en cuando la mística postura del borracho en la tribuna (es decir, sentado y con la cabeza entre las piernas). Me dijo que mi aspecto era el de un fakir con michelines, el de un anacoreta con barriga cervecera. No me interrumpas, le dije. Es este momento, mis pensamientos se hallan inmersos en un juego de palabras referente a dos de los asuntos más importantes y actuales para nuestra sociedad: el de “la gripe aviar”, y el de “la Mahoma a Biar”.

El caso es que el pobre hombre traía cara de preocupación, ya que, al parecer, había estado leyendo últimamente mis escritos y había denotado a través de ellos ciertos síntomas de recaída en mi enfermedad (para quienes no lo sepan, padezco una enfermedad denominada psicosis festera o esquizofrenia trabucoide, y un miedo patológico a todas aquellas palabras terminadas en “uz”, como arcabuz o altramuz). Me dijo que debía olvidarme de una vez por todas de todo lo relacionado con las fiestas de Moros y Cristianos, no pensar más en ellas, escribir sobre otras cosas, despejar mi mente y abrirme a nuevos horizontes. Pero él sabía que aquello que me pedía no era fácil. Más bien me estaba hablando de algo imposible, pues vivíamos en una ciudad donde casi todo llevaba incluido la palabra festero: una ciudad con un Museo del Festero, con un Patio del Festero, con un Pabellón Festero, con una Casa del Festero, con una Feria de Artesanía Festera, y, por supuesto, con un Ecuador Festero. Y ahora, por si esto fuera poco y como si no tuviéramos bastante, se nos presentaba un nuevo invento. Un no-se-qué al que le habían dado en llamar ENTREFIESTAS. Y ahora yo me pregunto: ¿Acaso nadie se ha dado cuenta todavía de que en Villena, “entre fiestas”, es decir, de unas fiestas para otras, no hay nada? Entonces, ¿de qué piensan hablar? ¿De la nada? ¿Del vacío? ¿De los agujeros negros? Y para colmo, nos hacen creer que se trata de un espacio para todos los villeneros, salientes y no salientes. Y aquí es donde uno llega a creer que definitivamente se ha vuelto loco, porque, ¿de qué van a hablar las personas que no salen de nada? ¿De lo incómodo que resulta tragarse ocho horas de desfile sentado en una silla de plástico? ¿De que encima te cobren por ello? ¿De lo humillante que resulta acercarse a una carroza para pedir un bocadillo, que no te lo den, y que encima te llenen la cabeza de confetis?...

El caso es que, aun así, mi psicoanalista me animó a realizar otro tipo de actividades. Me dijo que en Villena, aparte de salir de festero, también se podían hacer otras muchas cosas, como por ejemplo ir los jueves al mercado a buscar ropa entre los montones, o comprarse un chándal y unirse a una de esas cuadrillas que van andando los domingos a la Virgen, a paso ligero, dedicándose a criticar durante el trayecto todo lo que se menea.

En fin, os dejo que se me hace tarde. Tengo que ir al Pelailla a probarme el traje de pelota de relleno. Este sábado tengo pensado salir en ese impresionante desfile de Carnaval que recorre nuestras calles todos los años. Me vendrá bien. Después, supongo, terminaré en la carpa del Pabellón, allí, medio borracho, perdiendo los piñones, al lado de la turbina del aire acondicionado, mitigando el frío, quejándome de los precios de la barra, dándole vueltas a lo de siempre, pensando: ¡Lástima de presupuesto!, pero si no hay otra cosa…

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