El Ordenanza

La memoria de las cosas que se olvidan

El Ordenanza. Capítulo 33


Escena 1

–Hijo, tu padre todavía no ha vuelto a casa.

–Mamá, estoy en mitad de la inauguración de la exposición del Memorial. Ahora te llamo.

–Lo siento, cariño, pero es que estoy preocupada. Ya debería estar aquí hace horas.

–Tranquila, seguro que se ha encontrado con alguien. ¿Lo has llamado al móvil?

–Se lo ha dejado en casa... últimamente está muy despistado.

–No te preocupes. En cuanto termine esto, te llamo.

–Vale, cariño. Estoy un poco angustiada.

Escena 2

–Mamá, tranquila. Tú acuéstate, que ya me encargo yo de buscarlo.

–¡Pero hijo! ¿Crees que voy a poder dormir sin saber dónde está tu padre?

–¿Estás segura que no te ha dicho si iba a tardar?

–No me dijo nada. Salió al club de petanca y no ha vuelto. Me da miedo que se haya distraído o le ha dado un mareo por ahí... se oyen unas cosas...

–Mira, tú quédate tranquila. Voy a llamar al retén a ver si lo localiza alguna patrulla. ¿Qué ropa llevaba?

–Pues no sé... imagino que la chaqueta de siempre y los pantalones...

–Bueno, yo les mando una foto. Por cierto, ¿ha comido? ¡A ver si le ha dado un bajón de azúcar!

–Pues... no sé... ¡Ay, hijo! ¡Estoy muy nerviosa!

–Tranquilízate, mamá. Hazte una tila o algo.

–Mantenme informada, por favor.

–No te preocupes.

Escena 3

–Juanjo, me ha surgido una urgencia y he de marcharme.

–¿Es algo grave?

–Mi padre, que no ha vuelto a casa todavía. Mi madre está que se sube por las paredes.

–¿Has llamado a la poli?

–Sí, pero me han dicho que todavía es pronto.

–Ya no hay que esperar veinticuatro horas, ni mucho menos las setenta y dos que se debía esperar. Las primeras horas son cruciales.

–Bueno, dejé una descripción y me dijeron que pasarían la foto a la patrulla, a ver si lo encontrasen.

–¡No esperes! Vamos a organizarnos para buscarlo. ¿Has hablado con quien haya podido estar?

–He hablado con los de la petanca y con los del casinete. Nadie lo ha visto desde las siete de la tarde. Voy a volver a llamar a casa, a ver si ha aparecido.

–Muy bien. López, Avelino, Roque, acercaos un momento.

–¿Qué pasa Juanjo?

–Se ha perdido el padre del alcalde. Vamos a montar una batida para ver si lo localizamos.

–¿Se sabe dónde se le ha visto por última vez?

–Según parece, fue al club de petanca y no volvió a casa.

–¡Joder! ¿De eso hace mucho tiempo?

–Pues unas cuatro o cinco horas.

–Eso amplía bastante el radio de búsqueda. ¿Lleváis todos coche?

–Yo lo guardo aquí cerca.

–Vamos a repartirnos el terreno. Andrés, encárgate de la parte norte. Roque, ve al polígono y yo iré al polideportivo y a los barrios del sur. Avelino, vaya con el alcalde, que está muy nervioso y seguro que usted sabrá calmarlo.

–Llevad los teléfonos encendidos, ¿vale?

Escena 4

–Mamá, estamos haciendo todo lo posible por encontrarle, no te agobies. Luego te llamo.

–¿Seguro que no quiere que conduzca yo?

–No se apure, Avelino, que no nos vamos a estrellar. ¡Uf! ¡Ya no sé dónde buscar!

–Siga por este camino, que sale a la carretera y, una vez en ella, pensamos dónde ir.

–¿Sabe, Avelino? Una vez, siendo pequeño, me perdí en el monte. Como no teníamos coche, mi padre estuvo buscándome durante 5 largas horas con una linterna y Rufa, nuestra perra. Cuando me encontraron, me dio el abrazo más grande que nunca me han dado...

–Si le parece, Señor Alcalde, creo que lo mejor será que vayamos a su casa, a ver cómo se encuentra su madre y, desde allí, llamamos a la policía para que sigan con la búsqueda.

Escena 5

–Papá, ¿dónde te habías metido?

–He estado aquí, en casa, hijo. Me quedé dormido viendo el fútbol después de cenar y acabo de despertar ahora. ¿Ha pasado algo?

–Pero mamá me llamó a las doce y no estabas...

–Hijo, mamá quizá haya olvidado que yo estaba aquí.

–¿Qué quieres decir?

–Mira, hace un tiempo, mamá empezó a tener pequeñas lagunas. Fuimos al médico y le diagnosticaron...

–¿Alzheimer?

–Sí.

–¿Lo sabéis hace mucho?

–Unos siete meses.

–Y... ¿está muy avanzado?

–…

–Me lo podías haber dicho, ¿sabes?

–Hijo, estabas muy liado con lo de las elecciones y nosotros no queremos ser una carga.

–¡No digas bobadas, papá! ¿Ella lo sabe?

–Es bastante difícil saber con certeza lo que sabe y lo que olvida.

–¿Se lo dijiste?

–Sí. Creo que tiene derecho a saber.

–Sí.

–¿Sabes? Cuando la conocí, lo primero que me enamoró de ella fue el brillo vivo de sus ojos castaños. Ahora, cuando me mira, dudo que me vea, porque su brillo se está apagando.

–Te quiero mucho, papá.

–Y nosotros a ti.

Escena 6

Los ágiles ojos de Avelino recorren su amplia colección de vinilos hasta dar con un plástico de 1970, de los californianos Creedence Clearwater Revival: Pendulum. Lo saca de la estantería y, con mimo, lo toma en su mano izquierda mientras limpia los surcos con la derecha. Una vez cumplido este ritual, lo coloca en su giradiscos y acciona el brazo. Un crujido tostado empieza a sonar a través de los parlantes, al tiempo que el ordenanza toma asiento delante de su máquina de escribir. Coge un folio, lo inserta en el rodillo, junta las puntas de sus dedos y comienza a teclear:

CAPÍTULO 33. LA MEMORIA DE LAS COSAS QUE SE OLVIDAN




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