Abandonad toda esperanza

La mujer que inventó a las mujercitas

Abandonad toda esperanza, salmo 662º

El año pasado se cumplió el ciento cincuenta aniversario de la publicación original de Mujercitas, uno de los clásicos incontestables de la literatura juvenil estadounidense, y sin duda el título más popular de eso que ha venido a llamarse comúnmente, con mayor o menor propiedad, literatura para chicas. Su autora, Louisa May Alcott, escribió otros muchos títulos, pero ha sido este el que le otorgó su mayor éxito en vida y la gloria inmortal tras su deceso. A ello han contribuido, además de los indudables valores intrínsecos de la novela, las sucesivas adaptaciones que han llegado a la gran pantalla: desde los clásicos dirigidos por George Cukor y Mervyn LeRoy, pasando por la versión protagonizada por Winona Ryder y Susan Sarandon, hasta alcanzar la versión que está realizando la actriz, guionista y directora Greta Gerwig y que se estrenará en navidades de este mismo año.

Las “Mujercitas” del cine, versión 1933

Para celebrar esta efeméride, a finales del 2018 vio la luz una lujosa edición anotada de esas que no pueden faltar en ninguna biblioteca que se precie, y que si recuerdan las que ya les recomendé en su día de Peter Pan, Drácula, Frankenstein o la literatura protagonizada por Sherlock Holmes sabrán muy bien de qué les estoy hablando. En este caso estamos ante una edición a cargo de John Matteson, biógrafo de la autora, que acompaña al texto de Alcott de un suculento aparato de notas al margen y otros textos explicativos. Por si esto fuera poco, este bellísimo volumen cuenta también con más de doscientas veinte ilustraciones y fotografías relacionadas con la vida y la obra de Louisa May Alcott; entre ellas, un gran número de dibujos realizados por maestros de la ilustración de literatura para niños como Alice Barber Stevens, Jessie Wilcox Smith o Frank T. Merrill, este último considerado por muchos como el mejor de todos los que participaron en las sucesivas ediciones del libro. En resumidas cuentas: una joya bibliográfica de las de quitarse el sombrero.

Las “Mujercitas” del cine, versión 1949

Muchos lectores saben que durante su etapa adulta, además de convertirse en escritora y ser la autora de Mujercitas y sus dos secuelas (Hombrecitos y Los muchachos de Jo), Louisa May Alcott fue también una precursora del feminismo, pues abogó por la igualdad de los derechos de hombres y mujeres haciendo particular hincapié en la defensa del sufragio universal. Pero muy pocos saben -al margen de los que hayan leído la introducción de la edición anotada que les comento hoy, claro está- que siendo apenas una niña de diez años fue testigo de una de las muchas aventuras idealistas y fugaces de su padre, Amos Bronson Alcott: la comunidad de Fruitlands, fundada en 1843 por Charles Lane y el padre de la escritora después de que estos hubiesen conocido la experiencia de Brook Farm, una comuna similar entre cuyos responsables se hallaba el escritor Nathaniel Hawthorne. Fue precisamente el autor de La letra escarlata y La casa de los siete tejados uno de los amigos y mentores del padre de Louisa May; otros que hicieron gala de esta misma condición fueron precisamente Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau: como ya sabrán, los autores de Naturaleza y Walden respectivamente -a los que también unió una férrea relación de amistad- son las principales figuras de una filosofía basada en el elogio de la vida natural y el distanciamiento de la urbe, mientras que el primero está considerado hoy nada menos que como el padre del trascendentalismo.

Las “Mujercitas” del cine, versión 2019

El proyecto de Lane y Alcott resultó ser un fracaso estrepitoso: Fruitlands se regía según un reglamento mucho más estricto que el de Brook Farm. Sus habitantes no consumían ningún producto de origen animal ni bebían nada que no fuese agua, e incluso rechazaban los alimentos que crecían bajo tierra; además, no podían vestir ropas hechas de algodón o lana, porque o provenían de un trabajo esclavo o se les arrebataba a las ovejas por la fuerza. La dificultad de cumplir con estas normas, y los problemas consiguientes en la convivencia, acabaron por dar al traste con la comunidad de forma prematura, menos de siete meses después de su fundación.

Museo dedicado a la comunidad de Fruitlands, en la actualidad

Es esta etapa de su vida la que años después Louisa May Alcott rememoraría en las páginas de un relato que acaba de publicarse en nuestro país acompañado de algunos documentos complementarios, así como de una semblanza de la autora y un postfacio, este último a cargo de la escritora Pilar Adón. Subtitulada como “Una experiencia trascendental” y definida también como una aventura utópica en su misma cubierta, esta es una novela de ficción basada en hechos reales donde, al igual que ocurría con las protagonistas de Mujercitas (inspiradas en la propia autora y sus hermanas), los personajes históricos se disfrazan de sosias literarios: los Alcott se transforman en los Lamb, mientras que Charles Lane responde al nombre de Timon Lion. Pero al margen de estas licencias, y de la mirada irónica y casi paródica de quien escribe sobre ello desde la distancia que le proporciona la edad adulta, lo que se cuenta en sus páginas sucedió de verdad y fue uno de los episodios que, pese a su brevedad, más huella dejaría en la personalidad de una autora a la que debemos seguir leyendo en la actualidad. Y no me refiero solo a Mujercitas, por supuesto.

Mujercitas (Edición anotada) y Fruitlands. Una experiencia trascendental están editados por Akal e Impedimenta respectivamente.

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