Cultura

La Venganza

Se escuchan rumores en los círculos dramáticos que muestran a un Muñoz Seca no demasiado contento de tener “La venganza de Don Mendo” como estandarte de su producción literaria. Este astracán, género inventado por el autor que busca la comicidad a toda costa, fue el elegido por Raúl Sender, actor que busca la comicidad a toda costa, para poner en escena con su compañía hace ya un par de años y Villena fue, casualidad aparte, la elegida para poner fin a la gira que desde hace ocho meses recorre la nación (Cataluña incluida).
La pieza, que satiriza entre otras cosas a las comedias de honor de Calderón de la Barca, se concreta en un juego de ripios y “versos malos” en boca de unos personajes de la corte. Entre ellos, don Mendo es un noble sin demasiados poderes que, descubierto en los aposentos de la joven Magdalena, prefiere quedar como un ladrón ante los nobles y ser encerrado antes que desvelar su romance y comprometer a la dama que, como luego descubrimos, prefiere a su acaudalado pretendiente don Pero.

Lejos de llevar la obra a la escena y dejar que el argumento propuesto por Muñoz Seca sea el desencadenante de las risas del público, Sender nos ofreció toda una serie de bufonadas, burdas en el mejor de los casos, que no sólo se apartaban de sus réplicas sino que rompían el juego de versos y dejaban la trama a un lado para su lucimiento personal. Un desmerecimiento tanto para el texto como para el perfecto trabajo del elenco, donde se vieron interpretaciones más que acertadas cuando la luz del astro no nos cegaba con sus juegos. Muestra de este mal hacer fueron los apartes, convención mediante la que un personaje habla al público sin que el resto de personajes lo escuchen, redundantes en este caso por el énfasis que todos los medios de la escena ponían en la figura del cómico como si por sí mismo no fuera capaz de realizarlos. La dirección del espectáculo fue armoniosa aunque nuevamente esclavizada por el apropiado don Mendo, alrededor del cual giraba el movimiento actoral, la iluminación y demás artilugios escénicos. Destacar la escenografía, obra del genial Mingote, que trabajada a modo de telón pintado representaba los diferentes espacios destacando los personajes sin perder el particular estilo del autor. El vestuario, perdónenme ustedes gentes de Villena que lo realizaron, era fantástico aunque poco apropiado por su falta de relación y unidad con la estética escenográfica. En conclusión, risas para fans de los programas de José Luis Moreno basados en la zafiedad y el humor escatológico, y enojo para quienes quisieron ver en escena uno de los textos más representados del teatro del pasado y presente siglo.

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