Las primeras adaptaciones literarias del 2026
Abandonad toda esperanza, salmo 917º
Pues a pesar de lo dicho, y debido a obligaciones autoimpuestas como las consabidas sugerencias editoriales para la campaña navideña y el repaso al mejor cine del 2025, las recomendaciones de hoy -que nos van a llevar de la mano a un viaje de ida y vuelta a Madrid pasando por el far west y la Oceanía de un pasado distópico- no acabaron dando pie a una cuarta columna sobre adaptaciones literarias al cómic del año pasado y han terminado siendo la primera de este recién inaugurado 2026 (ya veremos al final cuántas caen).

Sin más dilación, y como siempre en orden cronológico según la fecha de publicación del texto original, paso a destacar que siempre es una grata noticia cuando la historieta española contemporánea se fija en los clásicos de la literatura nacional. Este es el caso de La gota de sangre, el cómic que el guionista Ricardo Vilbor (Objetivo Hedy Lamarr) y la dibujante Ángela Curro han dedicado a adaptar el extenso relato homónimo de Emilia Pardo Bazán, que vio la luz en 1911 para ser después olvidado durante décadas -como el resto de la narrativa breve de la autora, en beneficio de sus obras mayores Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza-, y recuperado desde hace un tiempo como el germen de la narrativa policíaca autóctona como los relatos de Poe protagonizados por Auguste Dupin lo son respecto de la correspondiente ficción de tradición anglosajona. Y es que estamos ante una suerte de novela de detectives ambientada en el Madrid de los años veinte del siglo pasado; cuyo protagonista, Ignacio Selva, es un joven aristócrata que, aburrido por el tedio de una vida acomodada, decide investigar un asesinato del que él mismo se ha convertido en el principal sospechoso para las fuerzas del orden. Así pues, estamos ante un tebeo que se lee con sumo agrado y que, esperemos, acabe proliferando en las bibliotecas de colegios e institutos de nuestra geografía para que -teniendo en cuenta además el suculento apartado de material extra que incluye- se reivindique al fin la figura de Pardo Bazán más allá del costumbrismo decimonónico.

También es un claro ejemplo de literatura de género, o podríamos decir de géneros en plural, la ingente producción de Robert E. Howard, que ha pasado a la historia de la cultura pop como el padre de Conan el cimmerio, pero que también creó a personajes afines como Kull o Solomon Kane; además de escribir relatos pertenecientes a otros géneros como el terror (recordemos “Pigeons from Hell”, que también dio pie a una interesante adaptación en viñetas) o el western. A este último pertenece “Santuario de buitres”, un cuento publicado en su versión original en 1936 y reconvertido ahora en novela gráfica por obra y gracia del guionista Ángel García Nieto y el dibujante Benito Gallego: el primero elabora un relato en el que la información que se le proporciona al lector se va dosificando con gran oficio, generando un incremento paulatino en el interés de aquel durante la lectura; por su parte, Gallego se muestra como un discípulo muy aventajado del maestro John Buscema, que recordemos fue quien (al menos a mi parecer, y no me olvido ni de Neal Adams ni de Barry Windsor-Smith) le dio al mencionado Conan su versión definitiva en unos cómics publicados por Marvel en los años setenta; y dota de gran fuerza y dinamismo a todas y cada una de las planchas, destacando las figuras humanas y los grandes espacios abiertos por igual. Gracias a todo ello, para los amantes de las clásicas historietas de aventuras o géneros afines la lectura de Santuario de buitres resulta una verdadera gozada de principio a fin. Por cierto: si leen esto pronto, igual llego a tiempo de avisarles de que mañana sábado a las doce y media se presentará esta obra en la Casa del Libro de Alicante con la presencia de su dibujante, que dedicará ejemplares a quienes así lo deseen. No se lo pierdan.

Si, o al menos así lo cree el que esto suscribe, las anteriores son las primeras adaptaciones al cómic de los textos que las inspiran, mi tercera recomendación de hoy es la de un clásico indiscutible que ha dado pie a diversas versiones ilustradas: y es que 1984, la ficción distópica por antonomasia con la que George Orwell predijo en 1949 y con doloroso acierto algunos de los aspectos más preocupantes de nuestro mundo actual, sigue plenamente vigente. Así, ya pudimos leer una versión de estética manga, además de las adaptaciones firmadas por Xavier Coste, Fido Nesti o el equipo Jean-Christophe Derrien & Rémi Torregrossa. En el caso que ahora nos ocupa, es el autor checo-japonés Matyás Namai quien ha acabado pariendo una monumental (y muy fiel) novela gráfica que captura a la perfección en un poderoso blanco y negro con toques puntuales de color rojo el ambiente opresivo y la tristeza que destila el texto original, en un momento en el que conceptos como neolengua, doblepensar o el inolvidable Gran Hermano están a la orden del día por culpa de las erratas intencionadas con finalidad de clickbait y las funestas fake news que tratan de reescribir la realidad. En definitiva: este nuevo 1984 en formato de novela gráfica es un trabajo verdaderamente admirable. Dicho sea de paso: de este mismo autor la editorial Blume ha publicado al mismo tiempo otras dos obras, una de carácter biográfico y otra un reportaje de investigación... pero de ellas daremos buena cuenta en columnas venideras.

Precisamente cambiamos de tercio por completo al acercarnos a la adaptación de otro reportaje de índole social, y mucho más actual que el resto de novedades comentadas: Macarras interseculares es el ensayo que el periodista Iñaki Domínguez dedicó en 2020 a relatar cómo distintas tribus urbanas comenzaron a formarse dentro de las fronteras de Madrid desde la década de los sesenta y su evolución hasta llegar a la música electrónica y las drogas de diseño del siglo XXI, pasando por la epidemia de heroína en los ochenta, la revolución cultural que supuso la Movida y la importación del rap y el hip hop a lo largo de los noventa. Un lustro después, este valioso testimonio se ha convertido en una novela gráfica de manos de su responsable en colaboración con la ilustradora Marina Cochet, que logra captar a la perfección las diferentes estéticas de todos los grupos sociales recogidos en sus páginas. El resultado es una forma de acercarse a la capital tan castiza como la de los "barrios y estampitas" de los Entresijos de Víctor Coyote; con un dibujo por parte de Cochet que evoca por igual la línea chunga de El Víbora como el cómic estadounidense de corte indie, y que hará las delicias de los amantes de la cultura popular patria. Un cómic, en definitiva, a no perderse; como las otras tres adaptaciones que les recomiendo hoy.
La gota de sangre, Santuario de buitres, 1984. Novela gráfica y Macarras interseculares están editados por Grafito, Cartem Cómics, Blume y Astiberri respectivamente.





