Apaga y vámonos

Noche de paz

En estos días fraternales de paz y amor, regalos y polvorones, es tal el empacho que uno pilla que al final lo que le pide el cuerpo es salirse por la tangente y soltar una rajada de esas históricas, de las que hacen que se le atragante a uno el pavo y le dure la acidez de la cena de Nochebuena hasta bien pasada la cuesta de enero.
Entonces te planteas quién puede ser la víctima y anda que no se te ocurren nombres. No hace falta más que rascar un poquito en cualquier concejalía para descubrir que no es oro todo lo que reluce y que podría meterse el dedo –en ocasiones el brazo entero, en plan fist-fucking depravado– en cualquier llaga para alegría de la oposición, escándalo de las mentes bienpensantes que consideran que todo lo que hacen suyos es bueno y cabreo del concejal –o concejala– aludido –o aludida– por los dardos de quien suscribe.
O puestos a mantener la fama de “marciano” que algunos me adjudican (esos que no entienden que un día pueda criticar a uno y al siguiente al de la acera de enfrente; pobres infelices a los que les rompes los esquemas cuando ven que no pueden colgarte una etiqueta que diga blanco o negro) podría meter ese dedo en la llaga de la oposición, que tampoco anda sobrada de alegrías últimamente, con un portavoz que dimite –o lo dimiten–, una renovación que llega –o que no llega– y unos cuantos palmeros que van a volverse esquizofrénicos ya que, a fuerza de no saber a quién reírle las gracias, andan más perdidos que algún concejal –o concejala– en una biblioteca.

También se me ocurre dejar por un día el ayuntamiento y girar la vista a la casa de al lado, la de la Junta Central, donde alguien ha dejado olvidados en los balcones unos altavoces enchufados que no hacen más que repetir villancicos para indignación de quien les habla, que no entiende estas cosas. Si yo pongo la música que me gusta a toda leche seguro que viene la Policía y, con razón, me reprende. Pero en cambio permitimos que entidades como la propia Junta Central o comerciantes sin respeto por los oídos del prójimo llenen nuestras calles de una música que no hemos pedido y que, en la mayoría de los casos, resulta irritante, por lo que aprovecho la ocasión para exigir desde aquí el mismo respeto que los fumadores pasivos: si ellos no tienen porqué tragar mi humo, yo no tengo porqué aguantar los villancicos de otros. Dicho está.

Total, que finalmente decides tener la fiesta en paz y no meterte con nadie, o lo que es igual, decides meterte contigo mismo, que eso de dejar de rajar una semana es peor que dejar de f... umar unos días. Como acertadamente dijo la otra noche un señor tras la presentación de la Revista Villena, “El Periódico de Villena está muy bien, pero no puedo entender cómo el director permite que escriba en sus páginas el tal Aureliano Buendía ese”. Sí señor. Estoy con usted. Es inadmisible que se permita escribir aquí o en cualquier otro lugar a alguien como yo, que no tiene respeto ni por los partidos políticos, ni por la Santa Madre Iglesia, ni por las fiestas de Moros y Cristianos ni por la madre que me parió. Despídame, señor Director. Libéreme de esta carga. Mándeme al paro y permítame así descansar, olvidarme de políticos, curas y festeros y tener, por primera vez en unos cuantos años, una auténtica noche de paz… la misma que ahora les deseo a todos ustedes. ¡Feliz Navidad!

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