Opinión

Sí que nos importa (en respuesta al artículo “Todos dijimos…”)

Sr. Leal, ante todo le pedimos respeto, el mismo que le tenemos a Ud. tanto en sus críticas como en sus actuaciones. Cualquier iniciativa ciudadana, por descabellada que sea, es digna de respeto; si en Villena ante cualquier determinación nadie se manifiesta, decimos que somos unos apáticos, que todo nos da lo mismo y que tenemos lo que nos merecemos, pero si surge cualquier idea que pueda mejorar en algún aspecto nuestra ciudad se les descalifica y se mofan. Sepa usted, Sr. Leal, que la torre no le restaría espacio al Centro Joven-Hotel de Asociaciones, simplemente solicitamos poder añadirle una elevación al edificio donde poder albergar un reloj y las campanas que un día pertenecieron a dicha torre civil y que hoy se encuentran en la cornisa de la iglesia de Santa María. Este añadido tampoco sería un obstáculo para realizar cualquier actividad del centro, sino todo lo contrario: aportaría nuevos recursos a las instalaciones.
Referente al “Orejón de las narices” del que Ud. habla, decirle que han pasado más de trescientos años desde su instalación y todavía se recuerda gracias a personas como nosotros, que mantenemos y transmitimos su historia, y a personas como ustedes, que con sus comentarios jocosos no hacen más que consolidar su leyenda. Que ninguno de los que estamos vivos lo hayamos visto no hace más que aumentar su valor por haber llegado hasta hoy gracias a una tradición tanto oral como escrita. Por cierto, ¿ha visto Ud. algún unicornio, un hada o el faro de Alejandría? Creo que no, pero todos nos imaginamos cómo son.

Y ahora, Sr. Leal, le queremos contar algunos de los motivos por los que se debería contemplar la torre: hacia el año 1.500 data su construcción –sin reloj, claro está–, y era conocida como la torre del Concejo, porque a sus pies se reunían los primeros concejales para tratar los asuntos concernientes a la población, algo similar al Tribunal de las Aguas de Valencia. Poseía dos campanas: la de la “Virgen”, que anunciaba la traída de la Patrona, y la de la “Queda”, que invitaba a regresar al pueblo tras la caída del sol. A principios de 1700 se instaló un reloj público fabricado por la famosa escuela de relojería de Villena, que realizó innumerables relojes tanto de sala como de torre para todo el país. Nos cuentan las crónicas que eran muchos los que se desplazaban para ver salir a unas determinadas horas al cada vez más popular Orejón en unos tiempos en que la palabra “turismo” casi no se conocía. Nos preguntamos qué sucedería hoy con la proyección que tiene este sector. El Orejón también era un periódico, una marca de anís y una zarzuela. Esto demuestra la importancia que llegó a alcanzar. También la que se armó cuando se anunció su demolición; muchas fueron las coplillas que reflejaban el descontento del pueblo, que fue engañado prometiéndole una nueva torre y reloj y quedando tal promesa reducida a una tabla pintada en lo alto de Santa María.

Por todo ello, la Torre del Orejón se debería recuperar como homenaje a aquellos primeros concejos, semilla de lo que hoy son los ayuntamientos democráticos, también como recuerdo de aquella escuela de relojería y por ser de nuevo un atractivo turístico, devolviendo a Villena su característica silueta, compuesta por un castillo y tres torres.

Para terminar, Sr. Leal, me entristece que personas como usted no vean en el Orejón un ser entrañable al que dotar de vida, que nos ha sido legado a través del tiempo y que forma parte de nuestra memoria histórica. Ojalá sigamos prolongándole la existencia.

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